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Una fábula urbana 2

Luego de las explicaciones dadas en mi post anterior, continúo con la historia que comencé a narrar en Una fábula urbana 1. A modo de aclaratoria y para evitar malos entendidos, los personajes que se mencionan, así como las situaciones descritas son producto sólo de mi imaginación. Cualquier similitud con situaciones o personas reales es sólo coincidencia.

Hecha pues la aclaratoria, les hago entrega de la segunda parte de esta historia.

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A dos cuadras de donde mataron a Camilo, desayunaba en un puesto de empanadas, el sargento Luis Méndez. Cuando escuchó el disparo instintivamente llevó su mano hacia el revolver que colgaba en su correaje atado a su pierna. Tomó un último bocado, dejó un billete de cinco mil bolívares y se dispuso a caminar hacia donde oyera la detonación.

Mientras andaba, informaba a la comandancia, través de su radio portátil, su ubicación, lo que había escuchado y lo que hacía. Del aparato de radio una voz deformada por la estática le respondió: - Afirmativo agente, copiado el . Se envían refuerzos.

Al llegar a la escena del crimen, un círculo de curiosos y morbosos rodeaba el cadáver de Camilo. Los apartó y volvió a radiar: – Cadáver, hombre de treinta años aproximadamente. Solicito técnicos forenses, ambulancia y apoyo para operativo de búsqueda -. Sonó un ruido en su aparto radiotransmisor y de inmediato la voz de una operadora del otro lado: – Afirmativo copiado el 10-4. Unidad móvil en camino con refuerzos, espere instrucciones.

Un poco aburrido por las órdenes recibidas, el sargento Méndez no esperó a la patrulla que se dirigía hacia él, pensando en que sólo estaba a pocos metros de lo que escuchara hacía sólo unos minutos, decidió hacer caso omiso a las órdenes y caminó directamente hacia donde estaban ya reunidas un grupo de personas rodeando al cadáver de Camilo Pacheco. Cuando llegó detrás de las personas que se encontraban en la parte externa del círculo de gente, empezó a apartar a los más próximos abriéndose paso hacia el centro del círculo. Algunos se molestaron, pero al ver que se trataba de un policía sólo hacían mala cara y terminaban de quitarse del camino del agente del orden.

En medio de la gente se encontraba un cuerpo rodeado por un gran charco de sangre que empezaba a formar costras coaguladas. Su rostro estaba desencajado por la sorpresa de la muerte. La posición en que se hallaba sobre el suelo era algo fuera de lo normal – por lo menos para quien no esté acostumbrado a ver cadáveres –. Con las rodillas sobre el suelo como si estuviera rezando, Camilo se hallaba volteado sobre si mismo, su espalda sobre el suelo, un brazo encima de sus genitales y el otro a un lado de su cabeza. La sangre que brotaba del agujero por donde saliera la bala empezaba a secarse, una extraña mueca que parecía más una sonrisa adornaba la cara del muerto por último, sus ojos entrecerrados miraban al vacío, sus pupilas dilatadas sin ver nada, sin observar nada. El sargento Méndez empezó a levantar la voz pidiéndole a la gente que se alejara de la escena. No quería que aquellos estúpidos civiles alteraran la escena de ese asesinato. Era extraño, pero el policía ni siquiera se sorprendió un poco cuando se encontró con los restos de Camilo Pacheco. Estaba tan acostumbrado a la muerte que aquel cuerpo era sólo uno más en el gigantesco montón de muertos que habían pasado frente a sus ojos.

Algunos voluntarios, todos hombres de cierta corpulencia, empezaron a ayudar al oficial de policía a apartar a la gente. En todo caso ya habían transcurrido más de cinco minutos desde que Camilo Pacheco abandonara intempestivamente este mundo. La gente ya había visto lo que deseaba ver. La mayoría siguió su camino, otros se quedaron en las cercanías comentando lo ocurrido. Unos hablaban de lo que habían visto, otros sólo escuchaban y la gran mayoría, acostumbrados ya a la violencia de la ciudad olvidaron todo algunos minutos más tarde.

Méndez estaba nervioso, alguno que otro curioso seguía mirando de soslayo la escena y la patrulla estaba a punto de regresar. Necesitaba actuar rápido si deseaba obtener algo de aquel estúpido que le había interrumpido el desayuno. Gritó en dirección a los obreros de la construcción, los que hasta hacía sólo pocos minutos eran compañeros de Camilo. Pidió que le trajeran un trapo, un pedazo de tela, algo que permitiera cubrir el cuerpo de la víctima.

A los pocos minutos un hombre se acercó con algo parecido a un encerado. Ese material utilizado en la industria para cubrir materiales. El hombre ayudó al policía a cubrir el cadáver y luego se retiró por pedido del uniformado. Apenas se hubo alejado el obrero, Méndez levantó el encerado y se acomodó de tal manera que nadie pudiera verle. Con la mano libre revisó rápidamente los bolsillos de la chaqueta, la camisa y los pantalones del difunto. Empezaba a perder esperanzas cuando tocó algo que de inmediato le sacó una gran sonrisa. En el bolsillo trasero del pantalón el oficial Méndez encontró un gran fajo de billetes. Sus ojos brillaron de alegría. Rápidamente metió el dinero entre la camisa de su uniforme y la sudadera que llevaba puesta. Del otro bolsillo del pantalón retiró la cartera, la revisó, sólo había siete mil bolívares. Esta vez no hubo sonrisa, sólo una gesto que pareció de burla y desprecio. Revisó luego los documentos de identificación y se dijo a si mismo: – ¿En qué estabas metido pajarito? Ese plomo no fue de gratis.

Méndez dejó caer el encerado nuevamente sobre el cuerpo y cuando se incorporaba vio como la unidad móvil que le enviaran de refuerzo se estacionaba frente a él. Habían llegado con las sirenas apagadas, algo fuera de lo normal, pero que en ese momento no notó. De la patrulla se bajaron tres uniformados, el chofer, un hombre algo gordo y de una pronunciada barriga, más parecía un vendedor de fritangas que un policía, era el distinguido Francisco Ramírez. Del lado del copiloto bajó el sargento Francisco Rosales, un truhán que no era amigo de nadie, con la mala intención siempre presente y de costumbres tan bajas que hasta sus compañeros rufianes sentían hacia este caballero una notoria inquina. Por último, apareció desde atrás del vehículo oficial un agente bajito, luciendo un gran bigote, se trataba de Francisco Casorla, un individuo de mirada torva, sonrisa de roedor y de una crueldad que ya era famosa en todo el cuerpo policial. Incluso se contaba en las tertulias que acostumbraba a afilar el lado interno de las esposas para causar excoriaciones y cortes en las muñecas de los detenidos.

Continuará...
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Una fábula urbana 1

Hace tiempo que no hago un pequeño intro para muchos de mis escritos y a veces siento que es necesario hacerlos. Como sabrán quienes me leen, he venido presentando una inconsistencia bastante acentuada en los últimos dos meses. Esto se debe a mis nuevas ocupaciones, sin embargo, he tratado de mantener el blog vivo. Sobre todo porque siento un grato sentimiento de empatía con quienes me comentan y aún con quienes no lo hacen.

Bloguear se ha convertido en una catarsis en una relajación de sentidos y sentimientos.

Espero ahora, que éste nuevo relato, que publicaré en dos partes, sea de vuestro completo agrado.

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El papi cogió la nueve milímetros firmemente y la dejó caer con todas sus fuerzas sobre el rostro del muchacho frente a él. Se escucharon algunos huesos rotos y de inmediato una gran mancha de sangre cubrió la cara del hombre que gemía y lloraba. Calló sobre la acera desnuda y otro golpe rompió su frente al chocar contra el duro concreto.

Wilson miraba a un lado mostrando una desdentada sonrisa. Su pequeña mano sostenía un revolver calibre treinta y ocho lo bastante grande y pesado como para dificultarle al niño su manipulación.

El sujeto en el suelo tosía escupiendo sangre y algunos pedazos de sus destrozados dientes. El golpe que le diera el papi le había roto la quijada y algunos dientes. Trató de decir algo, pero una patada en el estómago le hizo perder el conocimiento. Calín, el tercero de los atacantes rió de buena gana por la agresión a la que estaba siendo sometido el enemigo común.

Los tres chiquillos se miraron los unos a los otros y se sintieron felices. Tenían el poder, sus armas, el alcohol y la droga que corría en su sangre les daban a los tres esa sensación. Con un pie descalzo Wilson tocó el rostro ensangrentado del hombre en el suelo.

– Éste pajúo se tiró tres – dijo sin mucha emoción mientras hacía un gesto levantando ambas manos. – ¿Y ahora, nos piramos? – concluyó. Sus ojos miraron al papi, quien era el jefe.

El papi contaba sólo con dieciséis años, pero tres muertos encima le convertían en el jefe de la banda más peligrosa de La Bombilla, peligroso barrio del éste de Caracas. La prensa les había bautizado como los piedreros. Unos doce muchachos entre los nueve y los diecisiete años formaban la banda. Eran los mayores distribuidores de crack del municipio y los más violentos también. Doce asesinatos en el último año y medio, innumerables atracos, hurtos y muchos heridos eran parte del currículo de ese grupo de niños y adolescentes.

En el suelo se hallaba el tuerto, un mozuelo de piel negra como el azabache, un corte de cabello al mejor estilo regueatonero. Un jean algo roído por el uso, unos zapatos deportivos de una conocida marca, de esos que usan los jugadores de básquetbol y una franela con un motivo también deportivo eran su vestimenta. Fue sorprendido saliendo de la casa de la tía, una conocida jovencita de costumbres bastante liberales con los varones de la comunidad. Era el jefe de una banda rival y cuando el papi, Wilson y Calín lo vieron ni siquiera lo pensaron. Lo encañonaron y sin darle tiempo a nada lo desarmaron. La pequeña pistola siete sesenta y cinco que portaba fue el premio que recibió Calín por haber sido quien lo avistara, además, fue quien lo enfrentó sin más armas que su valor y el montón de droga que hacían bullir su cerebro y su corazón.

– ¿Tu eres gafo? Dijo Calín algo molesto. – No ves que’l guevón ese se desmayó. Vamo’a esperal pa’terminá e’ jodelo.

La ventana de la tía se abrió un poco y tres cañones apuntaron en esa dirección. – ¡Epa tranquilos, tranquilos pues! – les gritó nerviosa pero sin miedo. La tía sabía que por muy fuerte que fuera la pálida no la lastimarían. Todos los malandros del barrio sabían que la tía además de darles sus favores íntimos, les protegía. Además, conocía a muchos pacos y sabía como hablar con ellos para quitárselos de encima. Esas cualidades hacían de la tía una mujer que a sus veintidós años era respetada y apreciada por los malhechores y pillastres de toda la barriada. – ¡Si lo van a quebrá denle rápido!, no dejan dormir -. Dicho esto cerró su ventana y se acostó como si nada.

– ¡Cuando le guindemos el flux a éste vamos a echalnos unas culdas contigo tía, no te duermas! – Exclamó Calín emocionado por lo que la tía podía ofrecerles. - ¡Ok, ok! – fue la respuesta que se escuchó desde el interior del rancho de la tía.

Los tres chicos se sentaron entonces alrededor del tuerto a esperar que despertara. Luego de algunos minutos, algo apurado por lo que deseaba de la tía, el Calín se levantó mientras decía: – Nojoda, vamo’a dale. Vamo’a quebrá a éste marico y vamo pa’onde la tía -. Wilson que también estaba aburrido dijo a su vez: – Coño el mío, vamo’a soná a este mamagüevo y nos rumbeamos la dura con la tía.

Papi miró a sus dos compinches y puso cara de pocos amigos. Quería matar al tuerto tanto como ellos, estaba tan apurado y deseoso como ellos, pero quería que la muerte del tuerto fuera una señal para otros, incluyendo a su propia gente. Ser jefe era excelente, pero mantenerse en ese puesto no sólo era difícil sino muy peligroso. Tenía que hablar con mucho tacto para que el par de drogadictos que le acompañaban no reaccionaran contra él. Dejó que pasaran unos segundos sin siquiera mirarles, segundos que se hicieron una eternidad. Luego, pausadamente, sin prisa y con un movimiento bien estudiado apuntó al Calín directo a la cara con su nueve. Luego, hablando casi para si mismo les dijo a ambos: - Vamo a esperá un pelo más. Si no se levanta lo paramo nosotros y luego lo quiebro. ¿Hay peo con eso? – Concluyó, esta vez mirando fijamente a los ojos de sus amigotes.

Estos no dijeron nada, Calín no pudo evitarlo y empezó a temblar. Volvió a sentarse y bajó el rostro. Odiaba al papi, pero sabía de lo que éste era capaz. Wilson en cambio no le dio la menor importancia al asunto. Sólo quería tirarse a la tía y sabía que sin importar la hora, ésta les estaría esperando con unas cuantas botellas de anís. Metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó un cigarrillo, lo encendió y empezó a fumar mientras imaginaba las cosas que haría con la tía.

Frente a ellos, el cuerpo del tuerto seguía completamente inmóvil, sólo un leve movimiento de sube y baja en sus costillas permitía darse cuenta de que respiraba.

Después de pocos minutos, el papi tomó la decisión. Poner a esperar a sus compinches no era bueno, además, el también empezaba a aburrirse. Se levantó y preguntó: – Calín, ¿quieres tirar con la tía?

Calín miró a su jefe con ojos brillantes y una gran sonrisa. – ¡De bolas! – exclamó como respuesta.

- Güeno, tonce, échale una meada al marico ese a ve si se levanta de una vez. Me tiene medio arrecho ya con la güevoná de estar durmiendo. Vamo’a sonalo de una.

Como impulsado por un resorte, Calín se levantó y bajándose un poco los pantaloncillos que cargaba dejó soltar un grueso chorro de orina sobre la cara del tuerto.

La reacción del caído no pudo ser más ridícula para quien hacía sólo unos minutos era uno de los hombres más peligrosos del barrio La Bombilla. Empezó a buscar el líquido que caía sobre su rostro tratando de beberlo, las heridas en su boca ardían y la conmoción de los golpes le hizo pensar que era agua. Sólo cuando escuchó las risas de sus ejecutores escupió.

El Wilson no paraba de carcajearse y lo mismo le ocurría al Calín. Sólo el papi mantenía una actitud seria aunque hubiera podido reír de buena gana.

El papi hizo un gesto con la mano a sus compinches y estos callaron sus risas de inmediato. Luego, casi parsimoniosamente, se levantó. El tuerto supo que estaba ya muerto, miró al papi directo a los ojos y un gesto de mucha soledad se dibujó en su golpeado y sangrante rostro. Quiso decir algo, pero su mandíbula fracturada sólo le hizo emitir un quejido gutural.

Más de veinte disparos rompieron el silencio en el callejón nueve. Luego el silencio. Aunque los vecinos de las viviendas junto al sitio donde asesinaron al tuerto escucharon todo lo ocurrido, nadie dijo nada. Sólo el llanto de un bebé se escuchó durante algunos minutos. Después de un rato más del más puro silencio, el sonido estridente de un regueatón llenó toda la zona. En casa de la tía se celebraba con anís, marihuana y crack. Esa noche Wilson hizo con ella todo lo que se le ocurrió, aprovechando la borrachera del Calín, el papi abrazado a dos jovencitas de unos quince años dormía la borrachera y al día siguiente, bien entrada la tarde, Calín despertó tendido en el piso de tierra del rancho, pegado el rostro a sus propios vómitos.

--- o ---

Eran las cinco de la mañana cuando Camilo Pacheco fue despertado por su mujer para ir al trabajo. Era Camilo Pacheco un negro alto de unos treinta y tantos años, trabajaba como albañil en la construcción de un nuevo centro comercial. Aún cuando su casa quedara sólo a unos cincuenta metros de donde mataron al tuerto, en casa de Camilo nadie se dio por enterado. Se desayunó un par de arepas rellenas con fiambre frito tomó su acostumbrada taza de café negro y se despidió de su mujer. Al salir de su casa, unos pocos escalones más abajo, Camilo Pacheco encontró al tuerto, un fuerte olor a orina, un gran charco de sangre y un montón de casquillos adornaban la escena. Pacheco miró en todas direcciones y algo temeroso se agachó, revisó los bolsillos del muerto y sacó de allí una faja de billetes que le hicieron sonreír. – Se armó un limpio – pensó. Guardó el dinero en su bolsillo rápidamente, miró nuevamente a todos lados y se alejó.

Bajó las escaleras, esperó unos diez minutos hasta que pasó el vehículo Toyota chasis largo de la ruta local que le llevaría hasta la parte baja del barrio, ahí tomaría una camionetica que lo dejaría en la estación del metro para luego marchar hasta la construcción donde trabajaba. Salió de la estación del subterráneo, estaba deseoso de llegar a la construcción para poder contar el dinero que le había quitado al malandro.

Mientras caminaba pensaba en lo que haría con el dinero. Armaría una rumba, donde hubiera mucha caña, algo de bazuco, le echaría un tremendo polvo a su mujer y luego, con lo que sobrara compraría un aire acondicionado nuevo o un equipo de sonido más grande y más potente. Siguió caminando y pensando, cambió de idea. Mejor buscaría una excusa para irse con Soledad, la hija del dueño de la bodega a pasar un fin de semana en la playa. Esa carajita estaba bien buena y él sabía que ella le tenía tantas ganas como las que el le tenía a ella. Si, eso haría, además, tirarse a esa geva era algo que muchos en el barrio envidiarían el culo de soledad era un trofeo muy deseado por los varones en la barriada. Camilo sonreía mientras todas esas cosas pasaban por su cabeza, estaba tan concentrado que no se dio cuenta de que al pasar por el terreno baldío que estaba más abajo de la construcción un zagaletón empezó a seguirle con paso rápido. Cuando lo escuchó ya era muy tarde, sintió el frío acero sobre su nuca, detrás de él una nerviosa voz le ordenó: - ¡Quédate quieto güevón, esto es un atraco! Si volteas te sueno. Dame todo lo que tengas.

Camilo sintió que un sudor frío recorría toda su espalda. Trató de decir algo pero su voz no le salía. Quiso llevar sus manos a los bolsillos para entregar al malandro todo lo que tenía pero estas no le obedecieron.

El malandro insistió: – ¿Qué pasa pue’? ¿Te la das de arrecho es la vaina? O me das todo o esta noche toman café en tu casa pajúo. Su voz quería sonar feroz pero el temor podía ser percibido claramente. Camilo siguió sin moverse, el terror le tenía paralizado. No pasaron más de uno o dos segundos, hubo un estruendo y luego silencio. La bala atravesó la nuca de Camilo, chocó contra uno de los huesos de la quijada y salió por su pómulo izquierdo. El cuerpo sin vida calló al suelo como un fardo lleno de arena. Cuando los obreros, sus compañeros de trabajo, salieron de la obra a ver que ocurría sólo vieron el cuerpo tendido en el suelo. En su bolsillo aún estaba el dinero que horas antes perteneciera al tuerto.

Ya Camilo no poseería el trasero de Soledad, tal y como iba a ocurrir ese fin de semana y nunca conocería a Jhonny Camel, el hijo que su mujer llevaba en el vientre y que llegaría a ser, por cuestiones del destino, el alcalde más joven del municipio y luego, cambiando la historia de la nación, el primer servidor público importante preso por delitos de corrupción.


Continuará...
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Una conversación entre mujeres

Luego de la descarga de mi último post, vuelvo a lo mío, a lo que me gusta. Le dejo aquí una nueva historia, espero que la disfruten.

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– Él siempre está hablando, habla muchísimo. Habla sobre sus cosas, sobre lo que siente, sobre lo que le ha ocurrido, sobre sus aventuras, como le gusta decir al referirse a sus vivencias. Habla sobre sus hijos, sobre sus anhelos, sus sueños, sus amores pasados –. La joven mujer hizo una pausa para tomar un trago del café que humeante reposaba frente a ella en una taza tan caliente como la infusión que contenía. Luego, mirando a su amiga directo a los ojos continuó:

– De verdad habla mucho. Debo decirte en su favor, eso sí, que no es tedioso, al contrario, resulta divertido –. Mientras hablaba gesticulaba, su rostro mostraba muchas expresiones, sus manos no dejaban de moverse. – Por otra parte, siempre está diciéndome que me ama, eso me turba. Admito que me hace sentir bien, ¿a qué mujer no le gusta que le digan que la aman? – La amiga sonrió por toda respuesta.

La que hablaba prosiguió: – Me halaga, pero me desconcierta. Constantemente me expresa sus sentimientos y las cosas que provoco en él. Lo único que me sale de dentro es sonreírle. Según él, sólo eso gesto le hace feliz –. Calló y tomó otro sorbo de café. Un corto silencio pareció detener el tiempo por un instante.

– Sabes que no soy complicada, que no me dejo enrollar por tonterías. Pero no se que hacer –. Dijo la mujer rompiendo el silencio. Su amiga la interrumpió un momento: – ¡Hay amiga! Estas más enredada que quien sabe que cosa. Además tú eres casada, recuerda eso.

La otra pareció no prestar mayor atención al comentario de su amiga. Simplemente se limitó a seguir con su descarga: – No se si será un conformista, no lo creo, pero es que cualquier tontería que hago le llena de una alegría tal que parece falsa –. Luego aclaró: – Ya sabes que siempre me dejo llevar por mi desconfianza, – hizo un gesto de duda – sin embargo creo, que son tantas esas expresiones, que no pueden ser simuladas –. Bebió otro sorbo de café, lo dejó un momento en su boca, lo saboreó disfrutando el sabor. Luego prosiguió:

– Yo le quiero ¿sabes?, es un amigo, un compañero, un amante, un gran cariño… –. La otra abrió los ojos llevándose las manos al rostro. Con un gesto detuvo a la que hablaba. Movió la cabeza hacia un lado y otro negándose a si misma lo que acababa de escuchar.

– ¿Acabo de escuchar bien? – Preguntó, y sin dejar que la otra respondiera exclamó: – ¡Amante!, acabas de decirme que es tu amante. O sea que te has acostado con él. ¿Te volviste loca? Puedes destruir tu matrimonio, y las consecuencias, lo que dirá la gente. Si, debes haberte vuelto loca –. Hubiera continuado disparando frases a diestra y siniestra, pero la que hablaba primero la atajó.

– Eso puedo aclararlo luego, para mi no es relevante –. El rostro de la primera parecía de enojo.
– Lo siento Natalia, tienes razón. Ya veo porque me decías que era urgente que conversáramos. Sigue por favor –. Dijo la amiga apenada.

Natalia prosiguió un tanto alterada: – Bueno, como decía, él apareció de la nada y se ha convertido en un rayito de luz en mi vida. Es capaz de hacerme sentir muchas cosas. ¿Te imaginas?, yo que me considero una mujer dura, que soy capaz de enfrentar muchas cosas, me siento ante él completamente desnuda, no se como lo hace, pero siempre logra saber lo que pienso o siento y si no atina completamente se acerca mucho a la verdad –. Sus manos cogieron la cartera que colgaba en el respaldar de la silla. Buscó dentro y sacó un yesquero y una caja de cigarrillos. Encendió uno y aspiró profundamente. Luego reanudó su palabrerío:

– A veces, de repente, calla. Me mira directamente a los ojos y me pregunta: ¿qué te ocurre?, otras veces sólo me queda viendo, siempre directo a los ojos para luego decirme: háblame, soy yo quien siempre está diciendo cosas y me gusta escucharte –. Se detuvo un momento, volvió a aspirar su cigarrillo, exhaló el humo y siguió: – Cuando eso ocurre, entonces me libero, puedo hablar con él por mucho tiempo y siempre escucha atento, realmente debo interesarle a éste hombre. Puedo contarle mis cosas, hablarle de mi trabajo, de mi hogar, de mis problemas. ¡Hasta de mi matrimonio! Él oye todo sin decir palabra, escucha interesadamente hasta que hago alguna pausa para darle cabida. Allí empieza entonces a darme palabras de aliento si el decaimiento me abate, palabras de valor cuando no me siento capaz de enfrentar algo, palabras de cariño cuando me siento triste, palabras de amor cuando las necesito, me orienta cuando pierdo el rumbo... Me presta tanta atención que puedo hablarle de cosas de mujeres sin sentir que hablo con alguien que no entiende.

– ¡Natalia, hay chica! Ese hombre te tiene completamente ida –. Interrumpió nuevamente la amiga. Su rostro era de preocupación pero sus ojos tenían una chispa de complicidad y picardía que hacían que Natalia se sintiera tranquila. Por algo eran las mejores amigas.

– ¿Y tu crees que no lo se Daniela? Estoy bien consciente de eso. Y no pienses que no he pensado en las consecuencias. Ya hasta temo dormir, no vaya a ser que hable dormida y mi esposo se entere de todo –. El rostro de Natalia se tornó triste. Se notaba que la preocupación no la dejaba en paz.

Daniela tomó la mano de su amiga dándole seguridad y consuelo. Luego le dijo: – ¿Y porqué mejor no terminas todo? Eso de tener un amante es demasiado arriesgado.

– He querido hacerlo Dani, he querido hacerlo una y mil veces, pero no puedo vale. Él es tan especial, me siento tan bien en su compañía. Además, es un amante tan tierno, tan pródigo, tan imaginativo –. Aspiró otra bocanada de su cigarrillo y se quedó mirando la columna de humo. Un tierno gesto de satisfacción se dibujó en su rostro. Daniela supo entonces que su amiga estaba metida en un tremendo paquete.

– Ah no Natalia, tienes que contarme. Me estas dibujando a alguien maravilloso. ¿Cómo es el sexo entre ustedes?, no me dejes con la duda.

Natalia sintió que sus mejillas se ruborizaban. Bajó la mirada mostrando una sonrisa cómplice a su confidente para responderle seguidamente: – En la intimidad lo beso, él tiembla, tiembla como una hoja seca, tanto así me desea. Es capaz de decirme que me ama hasta mil veces por minuto, yo le correspondo con una sonrisa y él me devuelve el gesto con ojos de enamorado. Él me recorre con sus manos, me besa desde los pies hasta la punta del último cabello. Me explora, me busca en cada rincón de mi misma. Es delicado, paciente. Es, es hasta divertido, porque hasta haciendo el amor me hace reír. Siempre se burla de si mismo, payasea. Yo sólo me dejo llevar.

– ¿Y tu esposo Natalia, qué sucede con él?

La pregunta tornó el rostro de Natalia en un cuadro de zozobra y desazón. Daniela había tocado un punto delicado. La cara de su amiga así lo decía. Como tratando de disculparse dijo: – Disculpa manita, si no quieres no me respondas. Se que debe ser bien difícil…

– No te preocupes –. La interrumpió Natalia. Suspiró hondo, apagó lo que restaba del cigarrillo en la taza del café ya vacía y prosiguió: – Sabes que mi relación con Omar es buena. Económicamente estamos bien, estamos por comprar una casa estamos haciendo la diligencia para tener un bebé este año. Sabes además que me quiere muchísimo y que con él no me faltará nada.

Daniela miró fijamente a su amiga. Ésta bajó nuevamente el rostro. Daniela se sintió triste por su amiga. No sabía que decir, que aconsejarle. Se sintió inútil. Abrió la boca para decir algo, pero Natalia empezó a hablar nuevamente. Esta vez, sin embargo, no miró a su amiga.

– Él me llama varias veces al día, en ocasiones lo hace más de seis veces. Conversamos de todo lo que se nos ocurre. De lo que nos ha sucedido en nuestros trabajos, de lo que sentimos, de lo que deseamos, nos contamos chistes y nos burlamos el uno del otro –. Mientras hablaba, las facciones de Natalia volvieron a cambiar. Daniela así lo notó. Su había continuaba hablando: – A veces cuando hay oportunidad podemos conversar hasta que nuestros móviles quedan descargados. Cuando las circunstancias no nos lo permiten, entonces nos enviamos mensajes de texto.

– ¿Lo amas? – Preguntó de sopetón Daniela.
Natalia tardó unos segundo en responder, muy seria dijo: – ¿Amarle?, una vez se lo dije, estaba ebria. Luego nunca más lo he hecho, no creo que vuelva a hacerlo, por lo menos no en mucho tiempo. No deseo lastimarle, pero así son las cosas. No es que no le quiera, pero amarle va más allá de lo que yo misma puedo permitirme –. Hizo una pausa, miró muy seria a Daniela y agregó: – Mis razones las guardo sólo para mí, no me preguntes más al respecto. Punto.

Al terminar de responder levantó la mano e hizo una seña al mesonero. Éste se acercó, tomó la taza y el cenicero. Luego preguntó si deseaban algo más. Natalia pidió otro café. Daniela imitó a su amiga. El mesonero se alejó de la mesa dejándolas otra vez a solas.

– ¿Y él no te dice nada? ¿Se conforma así nada más? Eso me intriga –. Preguntó Daniela, luego agregó: – Es raro, es como si no le importara nada.

– Él no me presiona, no me empuja, pero se que está tratando de llevarme por un camino del que no se si quiero salir. ¿Qué podrá ocurrir en un futuro entre nosotros? No lo se, pero ambos estamos de acuerdo en que mientras esto dure será maravilloso para los dos y siempre lo disfrutamos al máximo –. Respondió Natalia, luego agregó: – Él se ha venido metiendo poco a poco en mis cosas, y no puedo, o no quiero, evitarlo, no lo se. Aquí es cuando mi feminidad me traiciona, empiezo con todo ese enredo, esa indecisión, ese tira y encoge. ¿Le afectarán esas cosas a él? No lo se, pero si es así, no me lo demuestra –. Los ojos de Natalia mostraban el desasosiego que la embargaba.

– No se que decirte amiga –. Daniela seguía sin poder dar una palabra de ayuda a su amiga. Su cabeza era un hervidero de pensamientos y sensaciones.

Natalia cogió otro cigarrillo y lo encendió. Luego prosiguió donde había quedado como si Daniela no estuviera ahí:
– Hace unos días conversábamos y le dije del viaje que voy a hacer junto a Omar en unas semanas, el que te mencioné el otro día, ¿recuerdas? – Daniela asintió mientras su amiga continuaba. – Después de que se lo dije se quedó callado unos momentos, luego sólo me dijo de lo más alegre que le encantaba la idea de que me fuera de viaje con mi esposo. Que el viaje nos haría mucho bien –. Aspiró profundamente el cigarrillo y prosiguió: – ¡Está loco!, y lo peor es que me está volviendo loca a mí. ¿Tú sabes lo que es esa vaina chica? Decirme que se siente feliz porque me voy de viaje con mi esposo.

– ¡Tranquila Natalia, amiga! Estas subiendo la voz –. Dijo Daniela tomando de las manos a su amiga. Iba a continuar hablando, pero en ese momento llegó el mesonero con el café que habían pedido. Natalia hizo un gesto asintiendo, estaba apenada.

Ambas guardaron silencio mientras el hombre ponía el par de tazas de humeante café frente a cada una. Colocó un cenicero limpio en la mesa. Sonrió amablemente y se retiró de nuevo.

Las dos mujeres echaron azúcar a sus respectivos cafés. Natalia dos cucharadas y Daniela un poco más de dos. Mientras revolvía la azúcar Daniela rompió el silencio preguntando: – ¿Y luego, luego que ocurrió?

Natalia suspiró antes de responder: – Eso es lo peor amiga. Porque después de esa reacción me miró con unos ojos que no he podido borrar de mi cabeza. Aunque su cara me mostraba una gran sonrisa y sus palabras me animaban, su mirada era de soledad, de tristeza. Estuvo así un rato hasta que no se aguantó, o por lo menos eso creo.

– ¿No se aguantó qué cosa? – Preguntó Daniela ansiosa.

– Bueno, después de un rato de estarme diciendo lo bien que me haría el viaje y de lo feliz que sentía me preguntó que cuánto tiempo estaría por fuera –. Respondió Natalia a la pregunta de su amiga. Sin embargo, Daniela siguió inquiriendo:
– ¿Y tu qué le respondiste?

Luego de tragar el sorbo de café que acababa de tomar Natalia respondió: – Bueno, sus ojos me dijeron mucho, sólo le dije la verdad, que el viaje duraría algo más de un mes. Cónchale amiga, lo que si no pude hacer fue verle a la cara. Si lo hacía de seguro suspendería mi viaje.

Esta vez fue Daniela quien suspiró. Miró a su amiga con gran ternura y dijo: – Te entiendo, te entiendo mucho más de lo que imaginas –. Luego agregó: – ¿Y luego de eso que ha ocurrido?

– Después de esa conversación hemos coincido unas pocas veces, siento que está algo frío, éste viaje se ha convertido en una especie de encrucijada. Nuestra relación seguramente cambiará en un antes y después de mi viaje. No se que hacer, el viaje es impostergable y aún cuando el pueda sentirlo, no puedo ni quiero evitar mi partida. Muchas cosas debo pensar, aclarar dudas, ordenar mis ideas –. Natalia dijo esas últimas palabras salieron cargadas de sentimiento. Luego concluyó:

– Quererle es difícil, dejar de quererle también. ¿Qué hago? Esa pregunta llega a mi cabeza una y otra vez.

En ese momento sonó un teléfono. Rápidamente Natalia abrió su cartera, sacó el móvil, miró la pequeña pantalla de cristal líquido y mirando con ojos de felicidad a su amiga dijo: – Terminamos la conversación más tarde o en otra ocasión –. Luego agregó con una sonrisa pícara: – Me está llamando, debo contestar...
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La isla del capitán - y 4

He aquí la última entrega de la historia del capitán Antonio José Martín De Los Santos y Martínez. Falta mucho del material original del libraco que encontré en la playa, pero las hojas se encontraban tan deterioradas que no pude leerlos. He enviado todo el material a un especialista para ver si puede salvarse.

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Día 168: Ya han transcurrido 10 días desde que me hube casado con las tres francesas. Aprovecho el poco tiempo del que dispongo para escribir estas líneas. Noche tras noche, cada una se ha turnado para ejercer su rol de esposa conmigo. Parecen animales de presa, no he dormido casi nada en todos estos días. En las mañanas debo salir temprano con la excusa de cazar o buscar alimentos, de lo contrario me veo en la obligación de continuar con mis labores maritales. Hoy en la mañana no pude más. Mi cuerpo está extenuado, debilitado por la falta de sueño y el exceso de actividad diaria. Creo que los alimentos que consumo no me prestan el sustento que requiero. Collete propuso dejarme descansar por un día y correr los turnos de cada una los días que sean necesarios para mi recuperación. Aprovecharé los días que me den para recuperarme completamente.

Día 170: Hoy me siento más cansado aún que en días anteriores. Mis tres compañeras aprovechan las ausencias de las otras para yacer conmigo. Como caballero no puedo negarme a sus requerimientos, aún a costa de mi menguada salud.

Día 172: Esta mañana he huido de la cueva, en un descuido de mis tres consortes, quienes se encontraban discutiendo por mi estado de salud, he aprovechado para escapar. Con las pocas fuerzas que me quedan he logrado llegar al viejo campamento donde encontrara a Michelle y Antoinette. Aquí no hay alimentos y no tengo fuerzas para buscarlos. Creo que esto será lo último que escriba y deseo que quede plasmado en papel que he hecho todo lo que ha estado en mis manos para cumplir mi deber, primero salvando la vida de mis tres esposas y luego acatando mis deberes como consorte de las damas que hasta hoy me han acompañado.

Día 176: No se si la numeración de mi historia esté correcta. He estado dormido durante unos cuantos días. Desperté rodeado por mis tres esposas, Las hermanas Michelle y Antoinette y la bella Collete de Gonesse. Las tres me han mostrado las más variadas maneras de alegría y contento por mi recuperación. Sin dejarme hablar, han prometido y jurado que me dejarán descansar, que variarán sus turnos conyugales para evitar mi deterioro físico. Quise responderles pero en mi rostro sólo se dibujó una mueca que quiso ser sonrisa. Luego volví a dormir.

Día 178: Ayer estuve todo el día en cama, mis tres esposas no se han despegado de mi lado, me han atendido y mimado cual infante. Aún cuando me siento mucho mejor el temor me embarga, todas me observan libidinosamente y están pendientes de las salidas de las otras. Sigo sin poder hablar y el poco aliento que tengo lo uso para escribir este diario, el cual se acerca a su fin. De eso estoy seguro. Por otra parte, un profundo sentimiento de tristeza me embarga, no por mi próxima partida, sino por vivir lo que muchos hombres pudieran desear en cualquier parte y morir a causa de ello.

Día 180: Mis esposas no han dejado mi cuerpo en paz. Los dos últimos días han sido realmente horribles. Luego de discutir entre ellas, decidieron que lo mejor era yacer conmigo sin importar las consecuencias. Se turnan una detrás de la otra, me dejan descansar unas pocas horas y luego continúan. Me han estado alimentando con agua de coco, algo de pescado y mucho vino. No se que han hecho para conseguir alimentos, ninguna sabe cazar y menos aún pescar. Se que no me queda mucho tiempo.

Día 181: Esta mañana desperté y tuve conciencia de que me quedan pocas horas de vida. Esto que el posible lector tiene ahora en sus manos es mi último acto razonable como hombre. Las escucho reír fuera de la cueva, están celebrando, la euforia que las embarga me hace entender que están llenas de vino como botas. Una de ellas se ha asomado, no puedo distinguir su rostro, pero su aprecio su mirada torva y una sonrisa desencajada. Ya no siento miedo o temor, tampoco siento arrepentimientos o sentimientos de culpa. Tristeza, sólo una honda tristeza embarga mi corazón. Una vez que yo muera ellas me seguirán. No tienen la capacidad para sobrevivir solas. Han entrado las veo acercarse y cierro los ojos, ya no hay nada que contar.

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La narración del capitán De Los Santos termina con esas palabras. El libraco no contiene nada más. Hay algunos vacíos aquí y allá en páginas que no pude transcribir debido al deterioro. No se que habrá ocurrido, mi imaginación estuvo tentada a terminar la historia, pero preferí que cada quien haga sus propias conjeturas sobre De Los Santos y sus tres esposas, Michelle, Antoinette y Collete.
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La isla del capitán - 3

He aquí la tercera parte de la historia del capitán De Los Santos, Michelle, Antoinette y Colette. La primera y la segunda parte están disponibles para quienes no conocen la historia aún. Espero sus comentarios.

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Día 138: Mis hermosas hermanitas estaban se un genio terrible. Al llegar a nuestro refugio con una mujer en brazos sus rostros se convirtieron en todo un poema de estupor primero para luego ser una oda a la rabia y la ira. Hoy deberíamos casarnos, pero como pude les hice entender que eso no ocurriría hasta tanto nuestra nueva huésped estuviera recuperada y pudiera contarnos que le había ocurrido. Debo, por otra parte, confesar que encontrar a esa mujer me causó grande alivio. Mis nervios por lo que se me avecinaba estaban bastante alterados y mi hombría se resentía ante tanta presión por parte de mis futuras esposas.


Día 141: Michelle salió de la cueva ayer y aún no ha regresado. Antoinette me ha pedido entre llantos que saliera en su búsqueda. Eso me ha causado un enorme enojo, la actitud de la jovencita es de capricho y altanería, sin embargo no me ha quedado más opción que salir en pos de ella. Le he dejado a Antoinette las instrucciones precisas para que atienda a la dama que aún no despierta. Desde que la traje ha estado delirando con fiebres muy altas. Lo poco que balbucea parece ser francés - ¡Dios, estoy marcado por esa raza! -. Antoinette ha accedido a cuidarla y con sus mimos más exagerados me ha hecho confiar en ella.


Día 144: He encontrado a Michelle, se hallaba en los restos de mi antiguo refugio. La encontré ebria hasta los huesos. Estaba rodeada de no menos de 8 de mis botellas de vino, estaban esparcidas a su alrededor y por supuesto todas se hallaban vacías. Antes de despertarla busqué algunos cocos los cuales vacié en un viejo jarrón de metal que se había salvado del salitre. Al despertar la pobre Michelle estaba hecha una ruina, le di de beber el jugo de la fruta y luego la hice comer su carne. Sus ojos me miraban definitivamente enamorados, la abracé. Esa noche dormimos acurrucados el uno contra el otro.


Día 145: Hemos regresado a la cueva. Antoinette nos recibió de brazos abiertos, ambas lloraron emocionadas. Luego se pusieron a discutir. Antoinette le reclamaba a Michelle su comportamiento. Al final ambas se abrazaron y volvieron a llorar. Luego de calmarse, y aún con hipando por el llanto, Antoinette me regaló una hermosa sonrisa mientras me informaba sobre el estado de nuestra huésped. Su nombre era Collette, también era francesa, parisina para más señas. Mis hermanitas no supieron explicarme exactamente como, pero Collette viajaba con ellas en el mismo navío y se las había arreglado para sobrevivir. Al principio igual a sus paisanas, luego el hambre la obligó a otras cosas que prefiero no mencionar en éste relato por respeto a la dama. Al final, tuvo la suerte de encontrar mis trampas y se alimentaba de lo que caía en ellas, sin embargo, nunca pudo imaginar que habíamos otras personas en la isla. Cuando la encontré desmayada era por que su cuerpo ya no soportaba más las penurias a las que se vio sometida. Entramos a la cueva para que Michelle y mi persona conociéramos a la nueva habitante de nuestra isla. Lamentablemente, tuvimos que esperar hasta el día siguiente, ya que cuando entramos Collette se encontraba profundamente dormida.


Día 147: Collete despertó, no entiende nada de español, pero mis queridas Michelle y Antoinette se han prestado encantadoramente como intérpretes para que pudiera yo conocer a la dama. He sabido así que es una dama de la corte, hoja de monsieur de Gonesse. No quiso decir su edad, pero calculo que no debe tener más de veintitrés o veinticuatro años. De cabellos rubios, es una hermosa doncella cuyos ojos azules me causan grande encanto. Nos narró también que estaba recien casada y que tristemente su esposo había muerto en el naufragio. Eso causó gran conmoción en mis futuras esposas, sin embargo se han negado a hablar sobre el tema.


Día 150: Michelle y Antoinette han conversado conmigo esta mañana y volvieron al tema de nuestro matrimonio, he tratado de hacerles entender que no considero pertinente llevar a cabo nuestra ceremonia hasta tanto no se recupere completamente mademoiselle de Gonesse. Ambas han enojado conmigo y se retiraron dejándome hablando con la nada.


Día 153: Hoy ha venido a hablar conmigo Antoinette, me ha causado una sorpresa mayúscula al darme la noticia de la decisión que ella y su hermana han tomado: Quieren que me case con las tres. Creo que ambas piensan que mi atracción por mademoiselle de Gonesse puede alejarnos a los tres. No he sabido que responder. Desde nuestra anterior discusión han dejado de dormir a mi lado.


Día 155: Mademoiselle de Gonesse se me ha acercado hoy en compañía de las hermanas. Estuvo diciéndome muchas cosas que no entendí completamente. Amablemente Michelle ha traducido todo. Collete está de acuerdo con ambas en que podemos casarnos los cuatro. Creo que mi rostro les debe haber resultado un espectáculo, porque las tres han reído de buena gana luego de que escuchara lo que me han dicho. Por último agregó que entre las tres habían decido realizar la ceremonia de matrimonio para dentro de tres días.


Día 158: Sin muchos aspavientos y con un mero formalismo he contraído nupcias con mis – ahora – tres esposas francesas. Nos hemos tomado una botella de vino, todos estamos felices. Hemos comido un delicioso pescado asado que Collete ha preparado acompañado con agua de coco y algunas frutas. Estoy algo nervioso, esta noche es la noche de bodas y no se como debo ejercer mis deberes maritales para con mis nuevas consortes.


Día 160: Estoy cansado, ahora no sólo debo buscar el alimento para todos, sino que debo cumplir con los deberes maritales que me competen para con las tres. Las dos últimas noches he compartido la cama con las hermanas. Ambas son imaginativas y dulces conmigo, estoy encantado, pero debo agregar que pareciera que no se cansan jamás. En cuanto a Collete, aún no se ha acercado, creo que se resiente por su reciente viudez.


Día 162: Collete me ha confesado – a través de Michelle – que aún cuando estaba casada no había consumado su matrimonio. Ha estado esperando por mi desde nuestra unión, pero no se atrevía a acercarse por vergüenza. Hoy se decidió y debo estar con ella esta noche. No se si el agotamiento físico me permita cumplir con las expectativas que las hermanas han sembrado en la hermosa damisela. Ya van cinco días desde que me he casado y mis dos primeras esposas no me han dejado descansar. Ayer no salí a buscar comida debido a la fatiga que me embarga. ¿Podré resistir a todo este esfuerzo que mis esposas requieren de mi? No lo se.


Continuará...
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La isla del capitán - 2

He aquí la segunda parte de la historia del capitán Martínez. La primera parte puedes leerla haciendo clic sobre el enlace.

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Día 105: He salido de cacería, ahora mi trabajo se ha triplicado para conseguir alimento. Sin embargo, no puedo menos que sentirme dichoso. Las damas que ahora me acompañan han dado un vuelco a mi vacía y solitaria existencia, su compañía me hace feliz y me encuentro lleno de nuevas energías. He tenido que explicarles que estaría fuera dos o tres días, cazar sin más armas que la inteligencia, algunas cuerdas y ramas es tarea harto difícil. Ambas han estado de acuerdo en compartir las responsabilidades de alimentación de todos buscando raíces y frutas para todos. Anhelo mi regreso para verlas nuevamente.

Día 108: A mi regreso todo ha sido alegría, mademoiselle Michelle me contó que ya estaban preocupadas por mi ausencia. Hemos comido como unos verdaderos glotones unos pequeños animalejos parecidos a liebres que logré capturar en una de mis trampas. Esa noche me acosté feliz y satisfecho por todo. Al amanecer ambas estaban acurrucadas a mis costados. Sus rostros eran de felicidad. Me sentí turbado y sin despertarlas salí de la cueva a caminar.

Día 111: Las francesitas - como he decidido llamarlas - constantemente están murmullando entre ellas. A veces noto que de reojo me miran y al notar que me doy cuenta voltean entre risas que me ponen muy incómodo. Estas situaciones se han venido repitiendo cada más seguido. Por otra parte, se han mudado ambas a mi cama y ahora dormimos los tres juntos. No puedo negar que me ofuscan, pero considero que no es caballeroso dejarme llevar por mis instintos.

Día 120: Anoche mientras dormía desperté sobresaltado y aún cuando no hice movimiento o ruido alguno para evitar despertar a mis compañeras de penurias, pude sentir que una mano recorría mi vientre. Me sentí sofocado, el sudor corría por mi frente y aunque traté de contenerme, mi respiración me delataba, la mano siguió acariciando y explorando mi cuerpo y sentí como otras manos hacían lo mismo.

Día 121: Después de lo ocurrido la noche anterior salí temprano de la cueva a caminar para calmar mis ansias. Además necesito pensar sobre lo ocurrido y las acciones que tomaré.

Día 124: Esta mañana he sido sorprendido por las francesitas, tanto mademoiselle Michelle y mademoiselle Antoinette me han enfrentado. En un castellano bastante mal hablado y mi peor francés hemos logrado entendernos. Me han dicho sin mucho aspaviento el gran amor que ambas me profesan y que si no tengo problemas en ello, ambas quisieran desposarse con mi persona. Tal declaración me ha dejado completamente anonadado, no esperaba eso. Sin embargo y en procura de mantener la armonía en nuestra isla, he aceptado la propuesta de ambas. Decidimos que haríamos los preparativos y en dos semanas nos casaremos los tres.

Día 126: Al no haber quien oficie nuestra unión, Michelle y Antoinette me han pedido que sea yo mismo quien haga la diligencia, me he puesto a practicar unas cuantas oraciones en francés a fin de hacerlas sentir complacidas. Ambas han descocido los pantalones de paño que encontrara en la playa antes de que ellas naufragaran y se han estado confeccionando sendos vestidos de novia – según palabras de ambas –.

Día 129: He salido de cacería o más bien a ubicar algunas presas para luego colocar las trampas uno o dos días antes de la ceremonia a fin de disponer de un banquete de celebración. Esa noche me vi sorprendido nuevamente por mis futuras esposas, ambas se habían acomodado nuevamente en su antiguo lugar en la cueva. – Los futurros esposas no dormir juntos. – Fue la explicación que me dieron con su marcado acento francés.

Día 130: Sólo faltan ocho días para nuestro matrimonio, Michelle y Antoinette están de lo más ocupadas con su parte de los preparativos. Yo he aprovechado sus ocupaciones para dedicarme a buscar ostras que como crudas como parte de mis preparativos para la noche de bodas. Esa situación me mantiene en zozobra, no se que ocurrirá ese día y hasta donde se, ambas damiselas son vírgenes, eso me trae de cabeza.

Día 133: Decidí adelantarme y he salido hoy a ubicar las trampas para la cacería que pienso realizar. En mi salida anterior ubiqué un rebaño – si el lector me permite el término – de los animalejos parecidos a liebres. He tendido unas cuantas trampas y estaré visitando toda esta zona en los próximos días para comprobar si hay o no presas.

Día 137: Preocupado por la ausencia de presas en mis trampas y la posibilidad de tener que suspender el matrimonio por falta del banquete de celebración he salido aún de noche de la cueva a revisar mis trampas. Sin embargo, una sorpresa me aguardaba en lo alto de una loma donde tenía ubicada una de mis trampas, porque lo que me encontré no fueron las extrañas liebres que esperaba.

Continuará...
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La isla del capitán - 1

Hace ya algunos meses, estando en las playas de oriente, mientras caminaba sobre la arena tropecé con un objeto que me hizo dar un traspié. Después de proferir algunos improperios nada decentes, me percaté que lo único que sobresalía del objeto en cuestión era una esquina. Me arrodillé y empecé a escarbar con mis manos en la arena. Mi impresión fue mayúscula cuando, luego de sacar un gran montón de arena, me encontré con un pequeño cofre de cuero, cuyas esquinas estaban remachadas en metal. El cofre parecía bastante viejo y por supuesto estaba muy deteriorado por el agua y el salitre. Tenía una cerradura bastante desvencijada que no ofreció mayor resistencia luego de dos o tres golpes con una piedra que estaba allí. Lamentablemente para mi, no encontré joyas o tesoro alguno. Lo único que encontré fue un gran montón de hojas enrolladas y amarradas con un cordel.

La mayoría estaban bastante deterioradas, pero después de algunas semanas de un trabajo por demás emocionante, donde me dediqué día y noche a tratar de entender la caligrafía allí plasmada, rescatando la mayor cantidad de material que pude, me encontré con una historia maravillosa, una historia increíble, dramática y muy emotiva.

Lo que encontré podrán leerlo hoy. Es el relato de la vida y obra del Capitán Antonio Martínez. ¿Quién fue el Capitán Martínez? No lo se y tal vez nunca lo sepa, porque el relato no da fechas que puedan servir de guía para una investigación más acuciosa. Sin embargo, independientemente de las carencias sobre la veracidad de la historia, quise compartir con ustedes esta historia a la cual titulé “La isla del capitán”. Espero que la disfruten tanto como lo he hecho yo.

NOTA 1: He tratado de mantener la gramática con la cual fue escrita el relato, pero como verán mi intento ha sido infructuoso debido a mi desconocimiento del castellano antiguo, espero puedan dispensar esta falta de mi parte.

NOTA 2: Pido mis disculpas a todas y todos aquellos que me han visitado o comentado y a quienes no les he atendido como acostumbro. Me encuentro actualmente en la ciudad de Maturín, al oriente de Venezuela, iniciando una nueva etapa laboral. Posiblemente ahora mis escritos sean más distanciados los unos de los otros, sin embargo, igual seguiré aquí, leyéndoles y escribiendo para ustedes.


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Mi nombre es Antonio José Martín De Los Santos y Martínez, capitán de la fragata Santa Eduviges de la Real Armada de Su Majestad. El diario que ahora Usted lee, fue escrito mientras viví en una isla ubicada en alguna parte del océano Pacífico. Mi barco, la Santa Eduviges sufrió los embates de un grande vendaval siendo yo, el único sobreviviente de la dicha tragedia.

No fue menester de mi parte el narrar mis desdichas por flojera o enojo que ninguno me embarga, sino por falta de papeles, tinta y pluma. Que los encontré mientras andaba de pies por una de las playas ubicadas al éste de la isla, donde tropecé con los restos de lo que debió ser la carga de un bergantín.

Para no dar más trastes a esta mi historia, paso a narrar lo que me ha acontecido en todos estos días en que me he hallado sólo, con mi única y propia compañía y la de todos los santos. He de aclarar que no pretendo escribir éste diario desde el principio de mi desventura, sino desde el que considero mi primer día aquí: Hoy. También considero pertinente advertir al posible lector que sólo escribiré aquellas vivencias que han de ser relevantes en mi austera y solitaria existencia en ésta isla, lo hago de esa manera, puesto que mis días no son más que la repetición de unos y otros sin mayores cuestiones que contar. Hechas estas aclaratorias, he aquí mi historia.

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Día 1: Luego de revisar la playa donde encontré de estos artilugios para escribir, logré ubicar un arcón que contenía algunos enseres completamente inútiles para mi: una lámpara sin aceite, monedas y doblones de oro y plata, dos collares, uno de perlas engarzadas con sus respectivos pendientes y otro de fino oro, entretejido por las manos de un fino orfebre. Lo único útil era el arcón, sin embargo y presa de la típica codicia decidí guardar todo en espera de un porvenir menos aciago. Más allá encontré otras mucho más útiles: Un hacha grande de doble hoja, un martillo junto a una pequeña caja llena de clavos – un verdadero tesoro –, algunas cuerdas de distinto grosor y longitud, dos piedras de yesca que serían una de mis posesiones más preciadas a partir de ese día, otra caja que contenía no menos de quince pares de botas de varios estilos, por suerte dos de esos pares de botas me quedaron a la perfección. También hallé tres pares de pantalones de paño, no muy convenientes para mi entorno pero bienvenidos igualmente. Por último – ¡oh grande dicha! – en ese mismo sitio, encontré una bolsa grande de más o menos treinta libras de fino tabaco y tan grande fue mi suerte que tirada un poco más allá, encontré una hermosa pipa de marfil con la que podría aprovechar aquel encantador regalo. Demás está decir que estuve todo el día cargando hacia mi morada todas aquellas maravillas que el cielo me enviara. Conseguí algunas otras cosas bastante útiles, pero no quiero aburrir al lector con la mención de cada una de ellas. Baste decir que aún cuando examiné cada uno de los restos del naufragio, no encontré señal de persona alguna, ni viva ni muerta.

Día 4: He despertado con mi cabeza vuelta tripas. Me tomé dos botellas de un vino que encontré entre las cosas que traje a casa y luego de la primera botella no tengo más recuerdos. Se que bailé, canté y reí mucho. Fue una noche de fiesta que no olvidaré en mucho tiempo. Aún me quedan veinte o treinta botellas, las cuales he metido en un saco y luego las sumergí en el agua fresca de un riachuelo cercano, espero que de esta manera el vino no se convierta en vinagre.

Día 24: Anoche volvió a hacer tormenta. En el mar, un poco más acá del horizonte pude apreciar algunas luces. Creo que algún navío en desgracia ha sido devorado por estas malditas aguas. Hoy sigue lloviendo a cántaros y no deseo ser pescado por algún mal del pecho que me arranque de éste mundo. Cuando cese la borrasca iré a la playa a ver que sucedió.

Día 28: Sigue lloviendo a cántaros, pareciera un nuevo diluvio. Tuve que huir hacia el interior de la isla dejando mis trastos abandonados para refugiarme en una gruta cercana. Espero encontrar algo cuando regrese. Traje conmigo las piedras de yesca, el tabaco y la pipa.

Día 31: La lluvia ha amainado, he ido a la casa y aún cuando todo está en desorden todos los objetos importantes se han salvado. Hice una mudanza rápida llevándome todo lo que pude a la gruta, cuando todo esto termine me mudaré definitivamente. La cueva no es un lugar muy acogedor, pero ofrece protección y refugio contra el ambiente.

Día 33: ¡Por fin la lluvia cesó! Desde la mañana temprano me fui a mi antiguo lar y recogí el resto de mis cosas haciendo seis viajes. Esta noche me dedicaré a armar mi nuevo hogar.

Día 36: He terminado de mudarme y los últimos dos días los dediqué a construir una especie de empalizada que me servirá de defensa contra algunos de los animales que pueblan la isla. No es que estos sean agresivos, pero se comen todo.

Día 40: Hoy he ido a la playa, no se si hubo algún naufragio, pero si así fuera, los restos del navío han sido arrastrados por las propias aguas.

Día 59: ¡Estoy lleno de espanto! Más allá de la playa norte, la cual dista aproximadamente media legua he visto pisadas. He medido mis pies en ellas y mis huellas son mayores. ¿Será algún tipo de demonio? ¿Un duende tal vez? Dios, dame fuerzas para enfrentar lo que hay fuera.

Día 66: Después de algunos días de mucho meditarlo, he decidido ir en busca del dueño de las huellas. He tomado mi hacha y con más temor que valía he salido en su buscarle.

Día 70: Mi búsqueda ha sido infructuosa. No he logrado encontrar huellas. He decidido tomar algunos comestibles y continuar mi batida más allá de los límites de lo que hasta ahora ha sido mi territorio.

Día: 74: Más allá de donde nunca he llegado he visto otra vez las huellas. Esta noche dormiré bajo algunos árboles caídos que pueden servirme de escondrijo.

Día 75: Anoche escuché algunos ruidos, pisadas y voces. Éstas son finas, casi femeninas, el temor no me dejó mover, pero por el sonido se que estaban a unas pocas varas de mi. Me temo que se trate de algún tipo de hadas o algo peor.

Día 76: Temblando, he salido hoy de mi escondite, he seguido las huellas un buen trecho. Por lo que pude observar se trata por lo menos de dos personas o lo que sea. Llegué a una pequeña colina y desde su cima pude ver algo parecido a un campamento. Hay una construcción hecha de ramas y hojas de palma parecida a una choza, sin embargo no pude ver a nadie. Esta noche les atacaré y trataré de someterles.

Día 77: ¡Cuanta gracia la de Nuestro Señor! ¡Sus caminos son infinitos! Anoche me deslicé silenciosamente hasta la choza y con una antorcha en una mano y mi hacha en la otra, dando unos alaridos que hasta a mí me atemorizaron, entré para atacar a sus ocupantes. No bien estuve dentro, mis gritos se mezclaron con los de las dos ocupantes. ¡Si!, dos damas que se acurrucaron al fondo, eran los duendes que tanto me habían espantado. Al verme todo desfigurado por la luz de la tea empezaron a llorar mientras se abrazaban protegiéndose la una a la otra. Al percatarme de todo no pude menos que echarme a reír, reí tanto que tuve que sentarme en el suelo para no caer, grandes lagrimones corrían por mi sucio rostro haciendo surcos en la tierra que lo cubría. Después de un rato, las damas empezaron a reír también. Primero entrecortadamente, mezclando sus risas con gimoteos y sollozos y luego riendo a mandíbula batiente. Creo que fue una reacción provocada más por el temor que por la gracia de aquella situación.

Día 78: He pasado todo el día con las dos damas de la choza. Hemos estado tratando de entendernos mediante señas, puesto que hablan otro idioma. Deben ser flamencas porque muchas de sus expresiones son francesas. Se ve que son damas de gran linaje, sus manos y modales así me lo indican. He logrado entender que una de ellas se llama Michelle y la otra tiene un nombre que aún no logro entender. Como pude les he indicado que vengan conmigo, a lo cual han accedido. Mañana partimos hacia mi hogar. ¡Soy feliz! Ya no estoy sólo.

Día 81: Hemos caminado todo un día, con algunas lianas y unas ramas que he cortado con mi hacha hice una especie de camilla donde hemos montado las pocas cosas que las damas poseen. Debo decir que ambas están bastantes flacas, por lo que he podido entender se han alimentado sólo de raíces y algunas frutas que han encontrado. Antes de partir, me mostraron un montículo donde ambas enterraron el cuerpo de alguien que debe haber sido importante para ellas porque ambas lloraron penosamente. Espero que podamos entendernos pronto para poder saber que ocurrió.

Día 82: Con el mayor cuidado preparé para las damas un rincón dentro de mi cueva. Ambas estaban bastante cansadas. Luego de comer opíparamente algunos de mis manjares – carne de pescado seca, algunas frutas que les he traído especialmente – han caído rendidas.

Día 84: Las dos damas han dormido casi dos días, creo que el miedo y el hambre no les deben haber dejado mucho espacio para el descanso. Nuevamente hoy hemos tratado de entendernos. Las he llevado a la playa donde vi por primera vez sus huellas y mediante señas me dieron a entender el sitio donde el mar las arrojó luego del naufragio de su embarcación. Esa noche, al verlas de tan buen ánimo, me he atrevido a brindarlas con una de mis botellas de vino, los tres hemos reído de buena gana durante gran parte de la noche.

Día 101: Mademoiselle Michelle y mademoiselle Antoinette – que así se llama la otra dama – y éste servidor hemos dedicado por completo las dos últimas semanas a entendernos. Ahora se que si es francés lo que hablan, pero lamentablemente nunca me preocupé por aprender otra lengua que no fuera la de nuestra hermosa Castilla. He aprendido algunas palabras y ya logro armar frases para hacerme entender. Ambas son hermanas. Mademoiselle Michelle tiene sólo veinte y tres años y mademoiselle Antoinette hace sólo unos meses cumplió la mayoría de edad. Ahora también se que la persona que enterraron era su tutor, un tal monsieur Jean no se qué. Iban rumbo al Canadá provenientes de los mares del sur de China cuando su barco fue atrapado por la tormenta de aquella noche. Gracias al tal Jean, los tres lograron salvar la vida. Lamentablemente para monsieur Jean, al tratar de tumbar unos frutos de un gran árbol cayó accidentalmente rompiéndose el cuello con el fatal desenlace.


Continuará...
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Cartas de Felipe y Elizabeth, ¿Elizabeth?

Querida Elizabeth:

La carta que ahora tienes en las manos podría serte extraña luego de nuestra última conversación. Se que hablamos de la imposibilidad de continuar con nuestra relación, de que lo mejor para ambos era darle punto final a todo. Se que hasta nos dimos un beso en la mejilla y un apretón de manos en señal de que todo terminaba de la mejor manera.

Que mentira, que falsedad la mía. Debo admitirlo, ese día te engañé, lo hice porque pensé que en cualquier momento luego de que te levantaras de aquella mesa en el café voltearías y me sonreirías en señal de que nada podía terminar. Te mentí porque mi valor no fue suficiente para pedirte que te quedaras. Me burlé de ti, porque aún cuando anhelaba correr detrás de ti y decirte lo mucho que te amo, mis piernas quedaron petrificadas. Sólo mis manos se movieron y ni siquiera lo hicieron para despedirse, lo hicieron sólo para ocultar el llanto que bañaba mi rostro.

Aún sigo sin entender que ocurrió. Nos amábamos y creo fervientemente que aún nos amamos. Nunca discutimos por nimiedades, jamás los celos empañaron nuestra relación y menos aún las mentiras o los engaños, todo lo conversábamos, todo los planteábamos para solventar cualquier desavenencia. ¿Qué ocurrió entonces Elizabeth?, dime, ¿qué sucedió que hizo que todo cambiara?

Que de alegrías, que de ternuras, que de pasiones pasamos juntos y aún podríamos pasar. Sólo piénsalo. Fuimos felices compartiendo, haciendo el amor, planeando y hasta cuando las cosas no sonreían fuimos felices. ¿Porqué negarnos entonces el seguir viviendo eso?

Te repito, piénsalo, yo estaré esperándote.

Te ama profundamente,


Felipe
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Apreciado Sr. Felipe:

En primer término, no tuvimos una conversación. Le recuerdo que Usted es mi paciente. La mención que hace a no poder continuar nuestra relación no es más que su enamoramiento de mi persona. Soy su psicólogo, me llamo Alfredo Gutiérrez no Elizabeth. Nunca y le repito, nunca nos dimos un beso, ni en la mejilla ni en ninguna otra parte, el apretón de manos si ocurrió y fue cuando me despedí de Usted en la idea de que aceptaba el cambio de terapista.

Usted no ha mentido nunca, por lo menos no a mi. Es Usted un hombre con graves problemas, padece de una severa alienación respecto al mundo que le rodea. Por cierto, tampoco estuvimos en un café, lo que si hicimos fue tomar café en mi consultorio durante las sesiones semanales que teníamos. Usted no puede pedirme que me quede, porque no soy mujer, nunca he mantenido una relación con Usted que no sea la meramente profesional y porque le repito, ¡no me llamo Elizabeth!

Las burlas las mantiene Usted en su psique, ¿para dónde iba a correr? Fue Usted quien se retiró, bastante enojado, por cierto, luego de que le indiqué que no podría seguir tratándole. Si lloró, lo haría luego de salir de la consulta y la verdad ya me importa un bledo.

No puede entender que ocurrió porque se niega a aceptar la realidad. Señor Felipe, Usted tiene ya cincuenta y dos años y jamás se ha casado, nunca ha mantenido una relación estable con nadie y menos aún ha amado, no puede hacerlo, su enajenación no se lo permite, por eso estaba en tratamiento conmigo. ¿Cómo puede ocurrírsele que habría celos entre nosotros? Y por supuesto, todo lo conversábamos porque de eso se trata una terapia con el psicoanalista, de conversar los problemas del paciente. No ocurrió nada señor Felipe, nada que no tenga que ver con esa obsesión suya de estar enamorado de una tal Elizabeth que: ¡no soy yo!

¿Alegrías? Todas las que he vivido luego de que Usted dejó mi consulta, oscurecidas hoy por esa absurda carta suya. No hemos hecho el amor, lo único que planeábamos eran las terapias a seguir y claro que todo dejó de sonreír cuando Usted se empeñó en llamarme Elizabeth.

No hay nada que pensar Señor Felipe, ya giré instrucciones para que se le administraran algunos antidepresivos, de igual manera solicité al Dr. Horacio que no le permitiera enviarme más correspondencia. Por mi puede estarse esperando eternamente, ya no me importa nada, le detesto Señor Felipe, Usted y su psicosis me amargaron la existencia, sólo espero que su estancia en Bárbula sea de su total agrado.

Sin más a que referirme, quedo de Usted,


Dr. Alfredo Gutiérrez
Psicólogo
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Apocalipsis de silicio

Un grito estremecedor me hizo saltar en mi silla. Dos mesas más allá una mujer gritaba histérica mientras agarraba su pecho. Corrió como loca hacia los baños y desapareció tras la puerta, detrás de ella un hombre corrió pero sin poder alcanzarla. Se detuvo frente a la puerta del baño de damas y miró hacia el resto de los comensales que en ese momento llenábamos el restaurante.

Con el grito y la carrera de aquella mujer mis nervios se alteraron sobremanera. Aproveché que un mesonero pasaba a mi lado y le pregunté que ocurría.
- No lo se caballero, esa mujer se levantó pegando gritos y se metió al baño. El cajero ya llamó a la policía, es lo único que puedo decirle.

Miré hacia el baño y el hombre aún estaba ahí, esperando, se había acercado a la puerta y tocaba ésta mientras llamaba a la mujer, por lo menos eso creí, puesto que la distancia no me permitía escuchar.

Pocos minutos después, unos agentes de policía uniformados entraron al local. Se dirigieron a la caja y pude ver como el cajero les señalaba hacia el baño de damas. Todos los clientes que nos encontrábamos ahí estábamos curiosos por saber que ocurría. Los agentes se acercaron al hombre que aún seguía fuera y hablaron con él. Luego uno de los uniformados se atrevió a pedir: - ¿Podría alguna de las damas presentes tener la amabilidad de entrar e informarnos que ocurre? - luego quedó mirando alrededor.

Unas cuantas mesas más allá de la mía, una chica de unos veintitantos años levantó la mano tímidamente. La otra joven que la acompañaba la haló por la blusa, pero la primera sacudió su mano en señal de rechazo. Se levantó de su mesa y se dirigió hacia los dos policías y el hombre.

Conversó con los agentes y luego entró al baño, su temor era casi visible. Los que veíamos la escena estábamos tan tensos o tal vez más que la chica. Sentí admiración por su valor y me acomodé lo mejor que pude para observar la escena.

Segundos después de que la chica desapareciera detrás de las puertas, se escuchó un grito agudo y corto, los policías no aguantaron más y entraron de inmediato a la habitación. Después de unos instantes el agente que antes se dirigiera a todos salió gritando en dirección a la caja: - ¡Llame a una ambulancia, rápido!

Todos en el restaurante nos quedamos paralizados, el oficial volvió a entrar al baño mientras el hombre que aún seguía fuera trató de detenerle en procura de que le dijera que ocurría. El agente del orden no le prestó atención y salió poco después con la chica que se había ofrecido de voluntaria. Esta lloraba a mares y movía su cabeza en señal de negación. La llevó hasta su mesa y llamó a uno de los mesoneros, ahora todos mirábamos a la joven, le dijo algo que tampoco pude escuchar y éste salió corriendo hacia la cocina, apareciendo poco después con un gran vaso de agua. Se lo dio a la joven y esta bebió algunos sorbos mientras su llanto continuaba, la amiga que había quedado en la mesa le abrazaba consolándola. El policía regresó al baño y todos dejamos de prestar atención a la joven para concentrarnos en lo que ocurría en el baño.

Paso un largo rato donde nadie sabía que ocurría, el oficial de policía salió nuevamente del baño y conversó con el hombre que desesperado esperaba fuera, éste se llevó las manos a la cabeza mostrando su preocupación, hizo un gesto de asentir y entró al baño junto al agente.

No se cuanto tiempo pasó, pero luego de un silencio casi palpable, empezó a escucharse un rumor en todo el local, los comensales hablaban en murmullos los unos con los otros. En mi caso nada podía hacer puesto que estaba sólo, me limité a tratar de escuchar los pero fue inútil. De pronto, por la puerta principal se escuchó un estruendo y de la nada aparecieron dos paramédicos con una camilla, miraron en todas direcciones hasta que un hombre que se hallaba en alguna una mesa les grito: - ¡Por aquí, es en el baño de damas!

Los dos paramédicos corrieron entre las mesas con su camilla y debo admitir que me causó asombro que no tropezaran con nada ni nadie. Entraron al baño y nuevamente se hizo el silencio. Algunos minutos después salieron junto a los dos oficiales de policía, el hombre y la mujer, quien acostada y arropada hasta el cuello parecía inconsciente. Salieron por la puerta principal y esta vez el murmullo se hizo vocerío, todo el mundo hablaba sobre lo ocurrido.

Mi apetito se había ido quien sabe donde, por lo que le pedí al mesonero la cuenta. Cancelé y salí de allí. Esa tarde no pude concentrarme en el trabajo, no podía. La imagen de esa mujer corriendo y gritando como loca no me dejaba en paz.

Esa noche, un poco más tranquilo me puse a ver televisión. Cambiando canales sin ton ni son, logré escuchar algo que captó mi atención: - Se han presentado algunas emergencias en toda la nación, mujeres en todas partes están siendo víctimas de un extraño virus. - Decía la periodista en un tono sin emociones de ningún tipo.

Luego de esas palabras, las noticias siguieron su curso sin nada que llamase particularmente mi atención. Al rato quedé dormido.

--- o ---

Uno o dos días después, mientras tomaba una taza de café en la cocina de la oficina dos compañeros charlaban.
- ¿Supiste lo del virus de la silicona? - preguntaba uno con cara de asombro.
- ¡Claro! Pero lo más arrecho es que no sólo ataca la silicona, ataca cualquier cirugía plástica, no importa si es una liposucción, una rinoplastia, unos labios llenos de bótox. ¡Hasta las reconstrucciones de himen! ¿Qué tal? - respondió el otro con una expresión entre burlona y sarcástica.
- O sea, que las que tienen virgos de lata… ¿se jodieron? - preguntó el primero casi riéndose.
- No sólo eso, es que cualquiera que se haya echado cuchillo tratando de ponerse más bella, va a quedar desarmada como si de un aparato dañado se tratara.

Un poco dubitativo concluyó el primero: - Sólo ataca mujeres entonces.

Un gesto afirmando tal conclusión fue la respuesta del segundo.

Tomé mi último sorbo de café y salí disparado de allí. ¡Era terrible lo que estaba ocurriendo! Me senté en mi escritorio y estuve meditando un rato. De pronto una preocupación vino a mi cabeza, algo de lo que no me había percatado. ¿Qué pasaría ahora con mi hermana y sus nuevos pechos o con mi amiga Sabrina y su reconstrucción facial? Quise tomar el teléfono pero un ruido de platos rotos me sorprendió. Algunos compañeros y compañeras corrieron hacia la cocina, yo hice lo mismo. Al asomarme, veo a Luis - uno de los que hablaba hacía sólo unos minutos - tirado, revolcándose en el suelo mientras sus manos se apretaban contra su entrepierna, una gran mancha roja empezaba a teñir su pantalón.

Un frío temor recorrió mi espalda, salí corriendo, tenía que comunicarme urgentemente con mi hermana. Busqué mi celular y marqué su número. Del otro lado de la línea sólo una máquina respondió a mi llamado.

Salí de la oficina y cojí por las escaleras, bajé los tres pisos hasta la planta baja casi matándome. Salí a la calle y mi miedo se convirtió en temor, por todas partes se escuchaban gritos, quejidos, llantos, decenas de personas se retorcían, se encorvaban sobre si mismos, había mucha sangre por todas partes, más allá, una mujer convulsionaba mientras de su pecho brotaban ríos de sangre, mezclada con el maldito polímero.

Asombrado y aterrado veía aquí y allá a todas las víctimas de la cirugía plástica caer. Sentí algo que golpeaba mi espalda y me volteé por puro reflejo, lo que vi me hizo perder el conocimiento, un hombre frente a mi estallaba haciendo que sus vísceras dieran contra mi rostro.

Desperté enceguecido por una incandescente luz que deslumbraba en el límpido cielo. El sol brillaba en todo su esplendor, ya no había gritos, tampoco gemidos, llantos o quejas, todo era silencio. Me incorporé y quedé sentado sobre el duro cemento. Miré a mi lado y allí estaba aún el hombre que había estallado frente a mí. Temblando más por debilidad que por miedo me levanté. Por todas partes había cadáveres, hombres, mujeres y muchas, muchísimas adolescentes yacían lacerados, despedazados, simplemente hechos pedazos.

--- o ---

Ya han pasado cuatro años desde aquel horrible día, la raza humana ya no es la misma, hemos aprendido a aceptarnos tal y como somos, algunos inclusive alcanzaron niveles de sabiduría que nos permitieron al resto entender lo que ocurrió.

Mi hermana vive con mi madre aún, para suerte suya, el médico que la operaría un día antes de la tragedia estalló como si de un globo se tratara, se había realizado no menos de quince operaciones.

No hubo un virus, tampoco se trató de malas prótesis o problemas con las operaciones de belleza. Todo había sido un designio de lo más alto, éramos por origen divino hermosos, nuestras almas lo eran, brillaban con luz propia. Tratar de alcanzar la perfección sólo hizo que el supremo enardeciera y así como el diluvio, la torre de Babel o la destrucción de Sodoma y Gomorra en esta oportunidad nos quiso dar una lección.
| Sólo 19 hablaron pajita

Matarife

Dejé que la hoja del cuchillo corriera suavemente por su cuello y de inmediato un hilo rojo que caía a lo largo de toda la herida empezó a brotar.

La había amarrado de cabeza atada sus extremidades por sendas cuerdas de grueso nylon. Debo decir que no fue nada sencillo. Se defendió con patadas y mordiscos. Su furia era inmensa, sin embargo una fuerte patada la dejó tendida el tiempo suficiente para poder amarrarla fuertemente.

La sangre salía a borbotones y sus ojos vidriosos me miraron en ese justo momento. Me observaba aterrorizada, trató de emitir algunos sonidos, pero la sangre en su garganta y tráqueas, ahora cercenadas por mi certera cuchillada no se lo permitía.

Me senté tranquilamente sobre un banco de madera, saqué de mi bolsillo una cajetilla de cigarrillos y encendí uno mientras observaba como iba muriendo poco a poco. Estaba pálida, ya le quedaban sólo unos minutos. Su respiración se hizo entrecortada, ya no había terror, posiblemente sólo sus pulmones, corazón y cerebro funcionaban. El resto de los órganos de su informe cuerpo estaban muriendo por la falta de oxigenación.

Era maravillosa esa sensación de poder, de saberme poseedor de dar muerte cuando yo quisiera.

Exhalé una bocanada de humo directamente a su rostro, abrió los ojos nuevamente, pero ya no había expresión en ellos. Estaban apagados, grises, ningún sentimiento se apreciaba en ellos.

Tiré la colilla al piso y calló sobre el charco de sangre que se había formado. Tomé nuevamente el cuchillo y lo hundí profundamente en la herida. La cabra no se movió, ya estaba muerta. Un fuerte tirón rompió su cuello y logré desprender la cabeza. Mi trabajo del día había terminado. Ser matarife no siempre es fácil, no señor.