La isla del capitán - 1

Hace ya algunos meses, estando en las playas de oriente, mientras caminaba sobre la arena tropecé con un objeto que me hizo dar un traspié. Después de proferir algunos improperios nada decentes, me percaté que lo único que sobresalía del objeto en cuestión era una esquina. Me arrodillé y empecé a escarbar con mis manos en la arena. Mi impresión fue mayúscula cuando, luego de sacar un gran montón de arena, me encontré con un pequeño cofre de cuero, cuyas esquinas estaban remachadas en metal. El cofre parecía bastante viejo y por supuesto estaba muy deteriorado por el agua y el salitre. Tenía una cerradura bastante desvencijada que no ofreció mayor resistencia luego de dos o tres golpes con una piedra que estaba allí. Lamentablemente para mi, no encontré joyas o tesoro alguno. Lo único que encontré fue un gran montón de hojas enrolladas y amarradas con un cordel.

La mayoría estaban bastante deterioradas, pero después de algunas semanas de un trabajo por demás emocionante, donde me dediqué día y noche a tratar de entender la caligrafía allí plasmada, rescatando la mayor cantidad de material que pude, me encontré con una historia maravillosa, una historia increíble, dramática y muy emotiva.

Lo que encontré podrán leerlo hoy. Es el relato de la vida y obra del Capitán Antonio Martínez. ¿Quién fue el Capitán Martínez? No lo se y tal vez nunca lo sepa, porque el relato no da fechas que puedan servir de guía para una investigación más acuciosa. Sin embargo, independientemente de las carencias sobre la veracidad de la historia, quise compartir con ustedes esta historia a la cual titulé “La isla del capitán”. Espero que la disfruten tanto como lo he hecho yo.

NOTA 1: He tratado de mantener la gramática con la cual fue escrita el relato, pero como verán mi intento ha sido infructuoso debido a mi desconocimiento del castellano antiguo, espero puedan dispensar esta falta de mi parte.

NOTA 2: Pido mis disculpas a todas y todos aquellos que me han visitado o comentado y a quienes no les he atendido como acostumbro. Me encuentro actualmente en la ciudad de Maturín, al oriente de Venezuela, iniciando una nueva etapa laboral. Posiblemente ahora mis escritos sean más distanciados los unos de los otros, sin embargo, igual seguiré aquí, leyéndoles y escribiendo para ustedes.


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Mi nombre es Antonio José Martín De Los Santos y Martínez, capitán de la fragata Santa Eduviges de la Real Armada de Su Majestad. El diario que ahora Usted lee, fue escrito mientras viví en una isla ubicada en alguna parte del océano Pacífico. Mi barco, la Santa Eduviges sufrió los embates de un grande vendaval siendo yo, el único sobreviviente de la dicha tragedia.

No fue menester de mi parte el narrar mis desdichas por flojera o enojo que ninguno me embarga, sino por falta de papeles, tinta y pluma. Que los encontré mientras andaba de pies por una de las playas ubicadas al éste de la isla, donde tropecé con los restos de lo que debió ser la carga de un bergantín.

Para no dar más trastes a esta mi historia, paso a narrar lo que me ha acontecido en todos estos días en que me he hallado sólo, con mi única y propia compañía y la de todos los santos. He de aclarar que no pretendo escribir éste diario desde el principio de mi desventura, sino desde el que considero mi primer día aquí: Hoy. También considero pertinente advertir al posible lector que sólo escribiré aquellas vivencias que han de ser relevantes en mi austera y solitaria existencia en ésta isla, lo hago de esa manera, puesto que mis días no son más que la repetición de unos y otros sin mayores cuestiones que contar. Hechas estas aclaratorias, he aquí mi historia.

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Día 1: Luego de revisar la playa donde encontré de estos artilugios para escribir, logré ubicar un arcón que contenía algunos enseres completamente inútiles para mi: una lámpara sin aceite, monedas y doblones de oro y plata, dos collares, uno de perlas engarzadas con sus respectivos pendientes y otro de fino oro, entretejido por las manos de un fino orfebre. Lo único útil era el arcón, sin embargo y presa de la típica codicia decidí guardar todo en espera de un porvenir menos aciago. Más allá encontré otras mucho más útiles: Un hacha grande de doble hoja, un martillo junto a una pequeña caja llena de clavos – un verdadero tesoro –, algunas cuerdas de distinto grosor y longitud, dos piedras de yesca que serían una de mis posesiones más preciadas a partir de ese día, otra caja que contenía no menos de quince pares de botas de varios estilos, por suerte dos de esos pares de botas me quedaron a la perfección. También hallé tres pares de pantalones de paño, no muy convenientes para mi entorno pero bienvenidos igualmente. Por último – ¡oh grande dicha! – en ese mismo sitio, encontré una bolsa grande de más o menos treinta libras de fino tabaco y tan grande fue mi suerte que tirada un poco más allá, encontré una hermosa pipa de marfil con la que podría aprovechar aquel encantador regalo. Demás está decir que estuve todo el día cargando hacia mi morada todas aquellas maravillas que el cielo me enviara. Conseguí algunas otras cosas bastante útiles, pero no quiero aburrir al lector con la mención de cada una de ellas. Baste decir que aún cuando examiné cada uno de los restos del naufragio, no encontré señal de persona alguna, ni viva ni muerta.

Día 4: He despertado con mi cabeza vuelta tripas. Me tomé dos botellas de un vino que encontré entre las cosas que traje a casa y luego de la primera botella no tengo más recuerdos. Se que bailé, canté y reí mucho. Fue una noche de fiesta que no olvidaré en mucho tiempo. Aún me quedan veinte o treinta botellas, las cuales he metido en un saco y luego las sumergí en el agua fresca de un riachuelo cercano, espero que de esta manera el vino no se convierta en vinagre.

Día 24: Anoche volvió a hacer tormenta. En el mar, un poco más acá del horizonte pude apreciar algunas luces. Creo que algún navío en desgracia ha sido devorado por estas malditas aguas. Hoy sigue lloviendo a cántaros y no deseo ser pescado por algún mal del pecho que me arranque de éste mundo. Cuando cese la borrasca iré a la playa a ver que sucedió.

Día 28: Sigue lloviendo a cántaros, pareciera un nuevo diluvio. Tuve que huir hacia el interior de la isla dejando mis trastos abandonados para refugiarme en una gruta cercana. Espero encontrar algo cuando regrese. Traje conmigo las piedras de yesca, el tabaco y la pipa.

Día 31: La lluvia ha amainado, he ido a la casa y aún cuando todo está en desorden todos los objetos importantes se han salvado. Hice una mudanza rápida llevándome todo lo que pude a la gruta, cuando todo esto termine me mudaré definitivamente. La cueva no es un lugar muy acogedor, pero ofrece protección y refugio contra el ambiente.

Día 33: ¡Por fin la lluvia cesó! Desde la mañana temprano me fui a mi antiguo lar y recogí el resto de mis cosas haciendo seis viajes. Esta noche me dedicaré a armar mi nuevo hogar.

Día 36: He terminado de mudarme y los últimos dos días los dediqué a construir una especie de empalizada que me servirá de defensa contra algunos de los animales que pueblan la isla. No es que estos sean agresivos, pero se comen todo.

Día 40: Hoy he ido a la playa, no se si hubo algún naufragio, pero si así fuera, los restos del navío han sido arrastrados por las propias aguas.

Día 59: ¡Estoy lleno de espanto! Más allá de la playa norte, la cual dista aproximadamente media legua he visto pisadas. He medido mis pies en ellas y mis huellas son mayores. ¿Será algún tipo de demonio? ¿Un duende tal vez? Dios, dame fuerzas para enfrentar lo que hay fuera.

Día 66: Después de algunos días de mucho meditarlo, he decidido ir en busca del dueño de las huellas. He tomado mi hacha y con más temor que valía he salido en su buscarle.

Día 70: Mi búsqueda ha sido infructuosa. No he logrado encontrar huellas. He decidido tomar algunos comestibles y continuar mi batida más allá de los límites de lo que hasta ahora ha sido mi territorio.

Día: 74: Más allá de donde nunca he llegado he visto otra vez las huellas. Esta noche dormiré bajo algunos árboles caídos que pueden servirme de escondrijo.

Día 75: Anoche escuché algunos ruidos, pisadas y voces. Éstas son finas, casi femeninas, el temor no me dejó mover, pero por el sonido se que estaban a unas pocas varas de mi. Me temo que se trate de algún tipo de hadas o algo peor.

Día 76: Temblando, he salido hoy de mi escondite, he seguido las huellas un buen trecho. Por lo que pude observar se trata por lo menos de dos personas o lo que sea. Llegué a una pequeña colina y desde su cima pude ver algo parecido a un campamento. Hay una construcción hecha de ramas y hojas de palma parecida a una choza, sin embargo no pude ver a nadie. Esta noche les atacaré y trataré de someterles.

Día 77: ¡Cuanta gracia la de Nuestro Señor! ¡Sus caminos son infinitos! Anoche me deslicé silenciosamente hasta la choza y con una antorcha en una mano y mi hacha en la otra, dando unos alaridos que hasta a mí me atemorizaron, entré para atacar a sus ocupantes. No bien estuve dentro, mis gritos se mezclaron con los de las dos ocupantes. ¡Si!, dos damas que se acurrucaron al fondo, eran los duendes que tanto me habían espantado. Al verme todo desfigurado por la luz de la tea empezaron a llorar mientras se abrazaban protegiéndose la una a la otra. Al percatarme de todo no pude menos que echarme a reír, reí tanto que tuve que sentarme en el suelo para no caer, grandes lagrimones corrían por mi sucio rostro haciendo surcos en la tierra que lo cubría. Después de un rato, las damas empezaron a reír también. Primero entrecortadamente, mezclando sus risas con gimoteos y sollozos y luego riendo a mandíbula batiente. Creo que fue una reacción provocada más por el temor que por la gracia de aquella situación.

Día 78: He pasado todo el día con las dos damas de la choza. Hemos estado tratando de entendernos mediante señas, puesto que hablan otro idioma. Deben ser flamencas porque muchas de sus expresiones son francesas. Se ve que son damas de gran linaje, sus manos y modales así me lo indican. He logrado entender que una de ellas se llama Michelle y la otra tiene un nombre que aún no logro entender. Como pude les he indicado que vengan conmigo, a lo cual han accedido. Mañana partimos hacia mi hogar. ¡Soy feliz! Ya no estoy sólo.

Día 81: Hemos caminado todo un día, con algunas lianas y unas ramas que he cortado con mi hacha hice una especie de camilla donde hemos montado las pocas cosas que las damas poseen. Debo decir que ambas están bastantes flacas, por lo que he podido entender se han alimentado sólo de raíces y algunas frutas que han encontrado. Antes de partir, me mostraron un montículo donde ambas enterraron el cuerpo de alguien que debe haber sido importante para ellas porque ambas lloraron penosamente. Espero que podamos entendernos pronto para poder saber que ocurrió.

Día 82: Con el mayor cuidado preparé para las damas un rincón dentro de mi cueva. Ambas estaban bastante cansadas. Luego de comer opíparamente algunos de mis manjares – carne de pescado seca, algunas frutas que les he traído especialmente – han caído rendidas.

Día 84: Las dos damas han dormido casi dos días, creo que el miedo y el hambre no les deben haber dejado mucho espacio para el descanso. Nuevamente hoy hemos tratado de entendernos. Las he llevado a la playa donde vi por primera vez sus huellas y mediante señas me dieron a entender el sitio donde el mar las arrojó luego del naufragio de su embarcación. Esa noche, al verlas de tan buen ánimo, me he atrevido a brindarlas con una de mis botellas de vino, los tres hemos reído de buena gana durante gran parte de la noche.

Día 101: Mademoiselle Michelle y mademoiselle Antoinette – que así se llama la otra dama – y éste servidor hemos dedicado por completo las dos últimas semanas a entendernos. Ahora se que si es francés lo que hablan, pero lamentablemente nunca me preocupé por aprender otra lengua que no fuera la de nuestra hermosa Castilla. He aprendido algunas palabras y ya logro armar frases para hacerme entender. Ambas son hermanas. Mademoiselle Michelle tiene sólo veinte y tres años y mademoiselle Antoinette hace sólo unos meses cumplió la mayoría de edad. Ahora también se que la persona que enterraron era su tutor, un tal monsieur Jean no se qué. Iban rumbo al Canadá provenientes de los mares del sur de China cuando su barco fue atrapado por la tormenta de aquella noche. Gracias al tal Jean, los tres lograron salvar la vida. Lamentablemente para monsieur Jean, al tratar de tumbar unos frutos de un gran árbol cayó accidentalmente rompiéndose el cuello con el fatal desenlace.


Continuará...

Sólo 6 hablaron pajita

Khabiria | 18 mayo, 2007 11:10

Ernesto conseguiste un tesoro!!!!!!!!
Interesante la historia del capitán Martínez...y ahorá? qué hará con MIchelle y Antonitte??
Me alegra tenerte de vuelta....andas desaparecidísimo...por aqui se te extraña!
Un abrazo grande
:)

Evan | 18 mayo, 2007 12:19

Ernesto, esta historia conmueve!!

Me dejás con la pica de cómo seguirá esta aventura, lo que más me gusta es que sea verídica!

Un abrazo fuerte!

Meru | 18 mayo, 2007 20:36

Tengo que prometerme a mi misma pasar a leer esta historia con detenimiento..
Sin embargo, lo que yo me trae acá es la curiosidad... Acabo de abrir un memé en mi blog en el que me gustaría que particularmente vos participaras...Ando buscando diversidad y considero tu colaboración fundamental... Si te hacés un ratito para mi humilde oferta te lo voy a agradecer =)
Besos

3rn3st0 | 20 mayo, 2007 13:00

Khabi: Sigue pasando por acá. Así podrás conocer el desenlace de esta fantástica historia. :-)

Evan: No es verídica mi querida Evan, es más real que la santidad de Lucifer. ;-)

Meru: Misión cumplida Meru, ya cumplí con la tarea asignada :-)

Crismar | 20 mayo, 2007 22:47

En serio conseguiste un tesoro?, y mira que tesoro... encontrar un historia así sea en lo más recóndito de nuestra mente es una verdadera fortuna...

3rn3st0 | 20 mayo, 2007 23:52

Crismar: Y lo que falta Cris, y lo que falta. No imaginas el desenlace. :-)

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