| Sólo 12 hablaron pajita

Milton (Actualizada - ¡2000 visitas!)

Anoche mientras revisaba algunos papeles en mi habitación, me encontré con tres hojas ya decoloridas por el tiempo, las estuve revisando y me encontré con un cuento que escribí hace ya casi diez años. El estilo y los modismos son bastante escuetos y debo admitir que es medio tonto, sin embargo, me causó mucha gracia ver que en aquel tiempo, ya mis gustos por lo kafkiano y por lo extraño estaban presentes.

Ya que el cuento cumple diez años ahora en diciembre pensé por unos minutos publicarlo para esas fechas, sin embargo, no me pude aguantar y he aquí el cuento en cuestión. Quiero aclarar que no he cambiado ni siquiera una coma, estuve tentado eso sí, pero no lo hice por respeto a ese escritor que hace una decena de años se empezaba a asomar en mi. Debo comentarles, que es anterior a otro cuento que ya publiqué aquí en dos entregas (La Lluvia I y II)

Espero que lo disfruten.

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Milton siempre había creído que el camino de su casa al trabajo era parte de esa cadena diaria de situaciones y acontecimientos cotidianos, monótonos y aburridos que conformaban su vida. Ese día, sin embargo, algo cambiaría y la situación normal y tediosa se tornaría en algo inexplicable y fuera de control.

Luego de doblar la esquina donde compraba a diario el matutino, recorrió de esquina a esquina la plaza que servía de centro al barrio donde habitaba, los árboles ofrecieron su sombra y el murmullo de sus hojas al caminante que marchaba bajo ellos.

Dentro de su ensimismamiento, Milton recreaba pensamientos variados y desprovistos de sentido o hilvanamiento alguno, su mente se entretenía en dar imágenes sobre su niñez, su juventud y diversas situaciones sucedidas en los últimos años. En el rostro del oficinista se dibujó una sonrisa y sus ojos se perdieron en la nada mientras seguía mecánicamente el camino hacia su trabajo.

Al caminar Milton recorría diariamente cuatrocientos treinta metros de su casa al edificio al edificio donde laboraba, sabía esto porque una de sus aficiones era calcular la distancia que había de un lugar a otro por la medida de sus zancadas, la cual era de un metro exactamente. Milton sabía que eran cuatrocientos treinta pasos los que daba diariamente de su hogar a la oficina. Aparte de esto, se había tomado la molestia de tomar el tiempo que tardaba en hacer ese recorrido, y contando el tiempo que le tomaba comprar el diario, eran más o menos diez minutos y cuarto, tiempo suficiente para abstraerse del entorno y concentrarse en sus propios pensamientos.

Milton no necesitaba saber la hora o llevar la cuenta del tiempo, ya que el campanario de la iglesia frente a la plaza le indicaba las ocho en punto justo al entrar al edificio donde trabajaba. Ese día, sin embargo, Milton decidió que no iba a andar el camino de costumbre y al cruzar la calle donde doblaba a la izquierda para dirigirse al trabajo, continuó en línea recta hacia la calle que se dirigía hacia el centro de la ciudad.

Pasados unos minutos, Milton empezó a percibir nuevas sensaciones, nuevos ruidos y olores invadían todo a su alrededor. Unos trotadores pasaron a su lado sin percatarse siquiera de su presencia. Más adelante, una señora sacaba a la calle los botes de la basura para cuando pasara el camión del aseo urbano. A su lado un niño con el dedo en la boca observaba todo sin mirar nada. Dos o tres calles más adelante, Milton se detuvo un momento mientras se ubicaba, sin darse cuenta había perdido el rumbo y una extraña sensación comenzó a recorrerle el cuerpo. Caminó un poco más y se detuvo frente a un negocio de comida, pensó que podía preguntarle a cualquiera de los comensales la dirección hacia la calle de la plaza y así retornar más rápido a la oficina. Se acercó a un hombre que comía una especia de pastel relleno de carne a grandes bocados. Tocó suavemente el hombro del hombre mientras daba los buenos días. El hombre siguió engullendo la comida sin molestarse en mirar a Milton. El extraño comportamiento del hombre no pareció molestar a Milton que sencillamente se acercó a otro hombre que engullía la comida igual que el otro. Milton tocó el hombro del otro hombre pero esta vez saludó con un tono de voz mayor, la respuesta fue idéntica a la anterior, por lo que tocó nuevamente su hombro, esta vez un poco más fuerte, a ver si le ponían atención. Nada, el hombre siguió tragando su alimento como si Milton no existiera.

Milton salió del local molesto por la falta de educación de los dos comensales, se dijo a si mismo que en su barrio eso no hubiera ocurrido, la gente era más educada y nada les hubiese molestado tener que ayudar a una persona en dificultades.

Como a veinte metros del sitio de comida se tropezó muy fuerte con una mujer que llevaba varias bolsas de alimentos y otros enseres del mercado. Milton se disculpó muy apenado y se agachó para ayudar a la mujer a recoger las cosas, sin embargo, ésta levantó sola sus cosas sin siquiera darle tiempo para agacharse. Metió las cosas en las bolsas, miró a los lados un poco perturbada y siguió su camino como si nada.

Milton le gritó disculpas mientras la mujer seguía su camino, pero ésta no volteó. Quedó parado mirando a la mujer mientras un sudor frío comenzaba a bajarle por el cuello, sin pensarlo mucho se acercó a la primera persona que vio y le tocó, le apretó el brazo con gran fuerza. El hombre al que había agarrado solo movió su otra mano como si estuviera ahuyentando un mosquito y siguió su camino sin más.

Milton empezó a temblar y sus manos se contrajeron como si tuviese un calambre. Empezó a caminar nuevamente y su paso se aceleró hasta casi convertirse en carrera. Quería volver a la seguridad de su barrio, a lo cotidiano de su camino al trabajo, quería saber que estaba sucediendo, quería que su cabeza dejara de darle vueltas y quería que todo volviera a ser como antes.

Caminó durante algún tiempo hasta que quedó cansado, miró a su alrededor y vio a una cuadra lo que parecía ser una plaza. Sus pies le llevaron hacia el descampado y se sentó en un banco mientras miraba como la gente pasaba sin darse cuenta de su presencia. Una lágrima rodó suavemente por su mejilla y su rostro se tronó, de una expresión de miedo a una de vacío e incomprensión. En sus labios se dibujó una sonrisa sin sentido y nuevamente empezó a caminar, esta vez sin rumbo, sin destino, sin motivo, sólo caminó sin dirección hacia la nada que le esperaba en todos lados.

Al caminar su mente sintió el alivio que da el no tener preocupaciones, el no sentir envidia o vanidad, el no tener compromisos u obligaciones. Su sonrisa creció en un rostro que sólo expresaba felicidad. ¿Milton?, ya no existía, sólo algunas imágenes en lo más oscuro de su memoria mostraban lo que antiguamente fue un hombre, un trabajador, un ser pensante.

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- Señora Ana, ¿se enteró de lo del muchacho del piso 2?.
- ¡No!, ¿qué le pasó?, ¿lo robaron?.
- No mija, imagínese que se volvió loco, loco de a metra.
- ¡Pija!, ¿y cómo fue eso?, ¿lo dejó la novia?, ¿lo botaron del trabajo?, dígame, no me deje con esa duda. Mire que usted sabe que yo a ese muchacho le tenía mucho aprecio.
- La verdad no se, lo único que supe fue que ayer salió para su trabajo y hoy en la mañana vinieron dos tipos del hospital de Bárbula preguntando si alguien lo conocía o si tenía familiares. Parece que le encontraron algunos papeles en los bolsillos donde decía que vivía aquí.
- E’cito, Señor si ese muchacho no se metía con nadie.
- Así mismo es.
- Bueno, así son las vainas, quien uno menos cree va y se jode, pero que puede uno hacer…

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Mientras miraba hacia el vacío, Milton se dio cuenta que ahora estaba en otro sitio, sin embargo no le importaba, es más no sólo eso ya no le importaba, era sencillamente que nada le importaba. Mientras cavilaba en esas cosas una nueva sonrisa se delineó en su cara y sus ojos brillaron de pura y simple felicidad, afuera dos enfermeros miraban por la pequeña rendija de la celda donde estaba encerrado, se miraron el uno al otro y siguieron la ronda.

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Milton
Ernesto L. Chapon R.
Guanare, diciembre de 1996

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Actualización: ¡Hoy en horas del mediodía este blog tuvo su visitante 2000!.

El 2 de agosto de éste año, coloqué un contador de visitas en la página, desde ese día a la fecha, han pasado por aquí 2000 personas, es decir, he recibido en los últimos 91 días alrededor de 22 visitas diarias. Para muchos no será la gran cosa, pero yo estoy feliz de saber que ustedes pasan por aquí constantemente.

Para celebrar tan mago acontecimiento, se hará el sorteo de una Hummer H3
full equipo entre los visitantes de la página. Se había pensado en una H1, pero la Junta Directiva de la página nos acordamos de las damas que nos visitan y acordamos un vehículo de líneas más elegantes.

En el próximo post se dará a conocer el ganador o ganadora del premio que mis queridos patrocinadores han tenido a bien entregarme.