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La isla del capitán - 3

He aquí la tercera parte de la historia del capitán De Los Santos, Michelle, Antoinette y Colette. La primera y la segunda parte están disponibles para quienes no conocen la historia aún. Espero sus comentarios.

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Día 138: Mis hermosas hermanitas estaban se un genio terrible. Al llegar a nuestro refugio con una mujer en brazos sus rostros se convirtieron en todo un poema de estupor primero para luego ser una oda a la rabia y la ira. Hoy deberíamos casarnos, pero como pude les hice entender que eso no ocurriría hasta tanto nuestra nueva huésped estuviera recuperada y pudiera contarnos que le había ocurrido. Debo, por otra parte, confesar que encontrar a esa mujer me causó grande alivio. Mis nervios por lo que se me avecinaba estaban bastante alterados y mi hombría se resentía ante tanta presión por parte de mis futuras esposas.


Día 141: Michelle salió de la cueva ayer y aún no ha regresado. Antoinette me ha pedido entre llantos que saliera en su búsqueda. Eso me ha causado un enorme enojo, la actitud de la jovencita es de capricho y altanería, sin embargo no me ha quedado más opción que salir en pos de ella. Le he dejado a Antoinette las instrucciones precisas para que atienda a la dama que aún no despierta. Desde que la traje ha estado delirando con fiebres muy altas. Lo poco que balbucea parece ser francés - ¡Dios, estoy marcado por esa raza! -. Antoinette ha accedido a cuidarla y con sus mimos más exagerados me ha hecho confiar en ella.


Día 144: He encontrado a Michelle, se hallaba en los restos de mi antiguo refugio. La encontré ebria hasta los huesos. Estaba rodeada de no menos de 8 de mis botellas de vino, estaban esparcidas a su alrededor y por supuesto todas se hallaban vacías. Antes de despertarla busqué algunos cocos los cuales vacié en un viejo jarrón de metal que se había salvado del salitre. Al despertar la pobre Michelle estaba hecha una ruina, le di de beber el jugo de la fruta y luego la hice comer su carne. Sus ojos me miraban definitivamente enamorados, la abracé. Esa noche dormimos acurrucados el uno contra el otro.


Día 145: Hemos regresado a la cueva. Antoinette nos recibió de brazos abiertos, ambas lloraron emocionadas. Luego se pusieron a discutir. Antoinette le reclamaba a Michelle su comportamiento. Al final ambas se abrazaron y volvieron a llorar. Luego de calmarse, y aún con hipando por el llanto, Antoinette me regaló una hermosa sonrisa mientras me informaba sobre el estado de nuestra huésped. Su nombre era Collette, también era francesa, parisina para más señas. Mis hermanitas no supieron explicarme exactamente como, pero Collette viajaba con ellas en el mismo navío y se las había arreglado para sobrevivir. Al principio igual a sus paisanas, luego el hambre la obligó a otras cosas que prefiero no mencionar en éste relato por respeto a la dama. Al final, tuvo la suerte de encontrar mis trampas y se alimentaba de lo que caía en ellas, sin embargo, nunca pudo imaginar que habíamos otras personas en la isla. Cuando la encontré desmayada era por que su cuerpo ya no soportaba más las penurias a las que se vio sometida. Entramos a la cueva para que Michelle y mi persona conociéramos a la nueva habitante de nuestra isla. Lamentablemente, tuvimos que esperar hasta el día siguiente, ya que cuando entramos Collette se encontraba profundamente dormida.


Día 147: Collete despertó, no entiende nada de español, pero mis queridas Michelle y Antoinette se han prestado encantadoramente como intérpretes para que pudiera yo conocer a la dama. He sabido así que es una dama de la corte, hoja de monsieur de Gonesse. No quiso decir su edad, pero calculo que no debe tener más de veintitrés o veinticuatro años. De cabellos rubios, es una hermosa doncella cuyos ojos azules me causan grande encanto. Nos narró también que estaba recien casada y que tristemente su esposo había muerto en el naufragio. Eso causó gran conmoción en mis futuras esposas, sin embargo se han negado a hablar sobre el tema.


Día 150: Michelle y Antoinette han conversado conmigo esta mañana y volvieron al tema de nuestro matrimonio, he tratado de hacerles entender que no considero pertinente llevar a cabo nuestra ceremonia hasta tanto no se recupere completamente mademoiselle de Gonesse. Ambas han enojado conmigo y se retiraron dejándome hablando con la nada.


Día 153: Hoy ha venido a hablar conmigo Antoinette, me ha causado una sorpresa mayúscula al darme la noticia de la decisión que ella y su hermana han tomado: Quieren que me case con las tres. Creo que ambas piensan que mi atracción por mademoiselle de Gonesse puede alejarnos a los tres. No he sabido que responder. Desde nuestra anterior discusión han dejado de dormir a mi lado.


Día 155: Mademoiselle de Gonesse se me ha acercado hoy en compañía de las hermanas. Estuvo diciéndome muchas cosas que no entendí completamente. Amablemente Michelle ha traducido todo. Collete está de acuerdo con ambas en que podemos casarnos los cuatro. Creo que mi rostro les debe haber resultado un espectáculo, porque las tres han reído de buena gana luego de que escuchara lo que me han dicho. Por último agregó que entre las tres habían decido realizar la ceremonia de matrimonio para dentro de tres días.


Día 158: Sin muchos aspavientos y con un mero formalismo he contraído nupcias con mis – ahora – tres esposas francesas. Nos hemos tomado una botella de vino, todos estamos felices. Hemos comido un delicioso pescado asado que Collete ha preparado acompañado con agua de coco y algunas frutas. Estoy algo nervioso, esta noche es la noche de bodas y no se como debo ejercer mis deberes maritales para con mis nuevas consortes.


Día 160: Estoy cansado, ahora no sólo debo buscar el alimento para todos, sino que debo cumplir con los deberes maritales que me competen para con las tres. Las dos últimas noches he compartido la cama con las hermanas. Ambas son imaginativas y dulces conmigo, estoy encantado, pero debo agregar que pareciera que no se cansan jamás. En cuanto a Collete, aún no se ha acercado, creo que se resiente por su reciente viudez.


Día 162: Collete me ha confesado – a través de Michelle – que aún cuando estaba casada no había consumado su matrimonio. Ha estado esperando por mi desde nuestra unión, pero no se atrevía a acercarse por vergüenza. Hoy se decidió y debo estar con ella esta noche. No se si el agotamiento físico me permita cumplir con las expectativas que las hermanas han sembrado en la hermosa damisela. Ya van cinco días desde que me he casado y mis dos primeras esposas no me han dejado descansar. Ayer no salí a buscar comida debido a la fatiga que me embarga. ¿Podré resistir a todo este esfuerzo que mis esposas requieren de mi? No lo se.


Continuará...
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La isla del capitán - 2

He aquí la segunda parte de la historia del capitán Martínez. La primera parte puedes leerla haciendo clic sobre el enlace.

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Día 105: He salido de cacería, ahora mi trabajo se ha triplicado para conseguir alimento. Sin embargo, no puedo menos que sentirme dichoso. Las damas que ahora me acompañan han dado un vuelco a mi vacía y solitaria existencia, su compañía me hace feliz y me encuentro lleno de nuevas energías. He tenido que explicarles que estaría fuera dos o tres días, cazar sin más armas que la inteligencia, algunas cuerdas y ramas es tarea harto difícil. Ambas han estado de acuerdo en compartir las responsabilidades de alimentación de todos buscando raíces y frutas para todos. Anhelo mi regreso para verlas nuevamente.

Día 108: A mi regreso todo ha sido alegría, mademoiselle Michelle me contó que ya estaban preocupadas por mi ausencia. Hemos comido como unos verdaderos glotones unos pequeños animalejos parecidos a liebres que logré capturar en una de mis trampas. Esa noche me acosté feliz y satisfecho por todo. Al amanecer ambas estaban acurrucadas a mis costados. Sus rostros eran de felicidad. Me sentí turbado y sin despertarlas salí de la cueva a caminar.

Día 111: Las francesitas - como he decidido llamarlas - constantemente están murmullando entre ellas. A veces noto que de reojo me miran y al notar que me doy cuenta voltean entre risas que me ponen muy incómodo. Estas situaciones se han venido repitiendo cada más seguido. Por otra parte, se han mudado ambas a mi cama y ahora dormimos los tres juntos. No puedo negar que me ofuscan, pero considero que no es caballeroso dejarme llevar por mis instintos.

Día 120: Anoche mientras dormía desperté sobresaltado y aún cuando no hice movimiento o ruido alguno para evitar despertar a mis compañeras de penurias, pude sentir que una mano recorría mi vientre. Me sentí sofocado, el sudor corría por mi frente y aunque traté de contenerme, mi respiración me delataba, la mano siguió acariciando y explorando mi cuerpo y sentí como otras manos hacían lo mismo.

Día 121: Después de lo ocurrido la noche anterior salí temprano de la cueva a caminar para calmar mis ansias. Además necesito pensar sobre lo ocurrido y las acciones que tomaré.

Día 124: Esta mañana he sido sorprendido por las francesitas, tanto mademoiselle Michelle y mademoiselle Antoinette me han enfrentado. En un castellano bastante mal hablado y mi peor francés hemos logrado entendernos. Me han dicho sin mucho aspaviento el gran amor que ambas me profesan y que si no tengo problemas en ello, ambas quisieran desposarse con mi persona. Tal declaración me ha dejado completamente anonadado, no esperaba eso. Sin embargo y en procura de mantener la armonía en nuestra isla, he aceptado la propuesta de ambas. Decidimos que haríamos los preparativos y en dos semanas nos casaremos los tres.

Día 126: Al no haber quien oficie nuestra unión, Michelle y Antoinette me han pedido que sea yo mismo quien haga la diligencia, me he puesto a practicar unas cuantas oraciones en francés a fin de hacerlas sentir complacidas. Ambas han descocido los pantalones de paño que encontrara en la playa antes de que ellas naufragaran y se han estado confeccionando sendos vestidos de novia – según palabras de ambas –.

Día 129: He salido de cacería o más bien a ubicar algunas presas para luego colocar las trampas uno o dos días antes de la ceremonia a fin de disponer de un banquete de celebración. Esa noche me vi sorprendido nuevamente por mis futuras esposas, ambas se habían acomodado nuevamente en su antiguo lugar en la cueva. – Los futurros esposas no dormir juntos. – Fue la explicación que me dieron con su marcado acento francés.

Día 130: Sólo faltan ocho días para nuestro matrimonio, Michelle y Antoinette están de lo más ocupadas con su parte de los preparativos. Yo he aprovechado sus ocupaciones para dedicarme a buscar ostras que como crudas como parte de mis preparativos para la noche de bodas. Esa situación me mantiene en zozobra, no se que ocurrirá ese día y hasta donde se, ambas damiselas son vírgenes, eso me trae de cabeza.

Día 133: Decidí adelantarme y he salido hoy a ubicar las trampas para la cacería que pienso realizar. En mi salida anterior ubiqué un rebaño – si el lector me permite el término – de los animalejos parecidos a liebres. He tendido unas cuantas trampas y estaré visitando toda esta zona en los próximos días para comprobar si hay o no presas.

Día 137: Preocupado por la ausencia de presas en mis trampas y la posibilidad de tener que suspender el matrimonio por falta del banquete de celebración he salido aún de noche de la cueva a revisar mis trampas. Sin embargo, una sorpresa me aguardaba en lo alto de una loma donde tenía ubicada una de mis trampas, porque lo que me encontré no fueron las extrañas liebres que esperaba.

Continuará...
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La isla del capitán - 1

Hace ya algunos meses, estando en las playas de oriente, mientras caminaba sobre la arena tropecé con un objeto que me hizo dar un traspié. Después de proferir algunos improperios nada decentes, me percaté que lo único que sobresalía del objeto en cuestión era una esquina. Me arrodillé y empecé a escarbar con mis manos en la arena. Mi impresión fue mayúscula cuando, luego de sacar un gran montón de arena, me encontré con un pequeño cofre de cuero, cuyas esquinas estaban remachadas en metal. El cofre parecía bastante viejo y por supuesto estaba muy deteriorado por el agua y el salitre. Tenía una cerradura bastante desvencijada que no ofreció mayor resistencia luego de dos o tres golpes con una piedra que estaba allí. Lamentablemente para mi, no encontré joyas o tesoro alguno. Lo único que encontré fue un gran montón de hojas enrolladas y amarradas con un cordel.

La mayoría estaban bastante deterioradas, pero después de algunas semanas de un trabajo por demás emocionante, donde me dediqué día y noche a tratar de entender la caligrafía allí plasmada, rescatando la mayor cantidad de material que pude, me encontré con una historia maravillosa, una historia increíble, dramática y muy emotiva.

Lo que encontré podrán leerlo hoy. Es el relato de la vida y obra del Capitán Antonio Martínez. ¿Quién fue el Capitán Martínez? No lo se y tal vez nunca lo sepa, porque el relato no da fechas que puedan servir de guía para una investigación más acuciosa. Sin embargo, independientemente de las carencias sobre la veracidad de la historia, quise compartir con ustedes esta historia a la cual titulé “La isla del capitán”. Espero que la disfruten tanto como lo he hecho yo.

NOTA 1: He tratado de mantener la gramática con la cual fue escrita el relato, pero como verán mi intento ha sido infructuoso debido a mi desconocimiento del castellano antiguo, espero puedan dispensar esta falta de mi parte.

NOTA 2: Pido mis disculpas a todas y todos aquellos que me han visitado o comentado y a quienes no les he atendido como acostumbro. Me encuentro actualmente en la ciudad de Maturín, al oriente de Venezuela, iniciando una nueva etapa laboral. Posiblemente ahora mis escritos sean más distanciados los unos de los otros, sin embargo, igual seguiré aquí, leyéndoles y escribiendo para ustedes.


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Mi nombre es Antonio José Martín De Los Santos y Martínez, capitán de la fragata Santa Eduviges de la Real Armada de Su Majestad. El diario que ahora Usted lee, fue escrito mientras viví en una isla ubicada en alguna parte del océano Pacífico. Mi barco, la Santa Eduviges sufrió los embates de un grande vendaval siendo yo, el único sobreviviente de la dicha tragedia.

No fue menester de mi parte el narrar mis desdichas por flojera o enojo que ninguno me embarga, sino por falta de papeles, tinta y pluma. Que los encontré mientras andaba de pies por una de las playas ubicadas al éste de la isla, donde tropecé con los restos de lo que debió ser la carga de un bergantín.

Para no dar más trastes a esta mi historia, paso a narrar lo que me ha acontecido en todos estos días en que me he hallado sólo, con mi única y propia compañía y la de todos los santos. He de aclarar que no pretendo escribir éste diario desde el principio de mi desventura, sino desde el que considero mi primer día aquí: Hoy. También considero pertinente advertir al posible lector que sólo escribiré aquellas vivencias que han de ser relevantes en mi austera y solitaria existencia en ésta isla, lo hago de esa manera, puesto que mis días no son más que la repetición de unos y otros sin mayores cuestiones que contar. Hechas estas aclaratorias, he aquí mi historia.

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Día 1: Luego de revisar la playa donde encontré de estos artilugios para escribir, logré ubicar un arcón que contenía algunos enseres completamente inútiles para mi: una lámpara sin aceite, monedas y doblones de oro y plata, dos collares, uno de perlas engarzadas con sus respectivos pendientes y otro de fino oro, entretejido por las manos de un fino orfebre. Lo único útil era el arcón, sin embargo y presa de la típica codicia decidí guardar todo en espera de un porvenir menos aciago. Más allá encontré otras mucho más útiles: Un hacha grande de doble hoja, un martillo junto a una pequeña caja llena de clavos – un verdadero tesoro –, algunas cuerdas de distinto grosor y longitud, dos piedras de yesca que serían una de mis posesiones más preciadas a partir de ese día, otra caja que contenía no menos de quince pares de botas de varios estilos, por suerte dos de esos pares de botas me quedaron a la perfección. También hallé tres pares de pantalones de paño, no muy convenientes para mi entorno pero bienvenidos igualmente. Por último – ¡oh grande dicha! – en ese mismo sitio, encontré una bolsa grande de más o menos treinta libras de fino tabaco y tan grande fue mi suerte que tirada un poco más allá, encontré una hermosa pipa de marfil con la que podría aprovechar aquel encantador regalo. Demás está decir que estuve todo el día cargando hacia mi morada todas aquellas maravillas que el cielo me enviara. Conseguí algunas otras cosas bastante útiles, pero no quiero aburrir al lector con la mención de cada una de ellas. Baste decir que aún cuando examiné cada uno de los restos del naufragio, no encontré señal de persona alguna, ni viva ni muerta.

Día 4: He despertado con mi cabeza vuelta tripas. Me tomé dos botellas de un vino que encontré entre las cosas que traje a casa y luego de la primera botella no tengo más recuerdos. Se que bailé, canté y reí mucho. Fue una noche de fiesta que no olvidaré en mucho tiempo. Aún me quedan veinte o treinta botellas, las cuales he metido en un saco y luego las sumergí en el agua fresca de un riachuelo cercano, espero que de esta manera el vino no se convierta en vinagre.

Día 24: Anoche volvió a hacer tormenta. En el mar, un poco más acá del horizonte pude apreciar algunas luces. Creo que algún navío en desgracia ha sido devorado por estas malditas aguas. Hoy sigue lloviendo a cántaros y no deseo ser pescado por algún mal del pecho que me arranque de éste mundo. Cuando cese la borrasca iré a la playa a ver que sucedió.

Día 28: Sigue lloviendo a cántaros, pareciera un nuevo diluvio. Tuve que huir hacia el interior de la isla dejando mis trastos abandonados para refugiarme en una gruta cercana. Espero encontrar algo cuando regrese. Traje conmigo las piedras de yesca, el tabaco y la pipa.

Día 31: La lluvia ha amainado, he ido a la casa y aún cuando todo está en desorden todos los objetos importantes se han salvado. Hice una mudanza rápida llevándome todo lo que pude a la gruta, cuando todo esto termine me mudaré definitivamente. La cueva no es un lugar muy acogedor, pero ofrece protección y refugio contra el ambiente.

Día 33: ¡Por fin la lluvia cesó! Desde la mañana temprano me fui a mi antiguo lar y recogí el resto de mis cosas haciendo seis viajes. Esta noche me dedicaré a armar mi nuevo hogar.

Día 36: He terminado de mudarme y los últimos dos días los dediqué a construir una especie de empalizada que me servirá de defensa contra algunos de los animales que pueblan la isla. No es que estos sean agresivos, pero se comen todo.

Día 40: Hoy he ido a la playa, no se si hubo algún naufragio, pero si así fuera, los restos del navío han sido arrastrados por las propias aguas.

Día 59: ¡Estoy lleno de espanto! Más allá de la playa norte, la cual dista aproximadamente media legua he visto pisadas. He medido mis pies en ellas y mis huellas son mayores. ¿Será algún tipo de demonio? ¿Un duende tal vez? Dios, dame fuerzas para enfrentar lo que hay fuera.

Día 66: Después de algunos días de mucho meditarlo, he decidido ir en busca del dueño de las huellas. He tomado mi hacha y con más temor que valía he salido en su buscarle.

Día 70: Mi búsqueda ha sido infructuosa. No he logrado encontrar huellas. He decidido tomar algunos comestibles y continuar mi batida más allá de los límites de lo que hasta ahora ha sido mi territorio.

Día: 74: Más allá de donde nunca he llegado he visto otra vez las huellas. Esta noche dormiré bajo algunos árboles caídos que pueden servirme de escondrijo.

Día 75: Anoche escuché algunos ruidos, pisadas y voces. Éstas son finas, casi femeninas, el temor no me dejó mover, pero por el sonido se que estaban a unas pocas varas de mi. Me temo que se trate de algún tipo de hadas o algo peor.

Día 76: Temblando, he salido hoy de mi escondite, he seguido las huellas un buen trecho. Por lo que pude observar se trata por lo menos de dos personas o lo que sea. Llegué a una pequeña colina y desde su cima pude ver algo parecido a un campamento. Hay una construcción hecha de ramas y hojas de palma parecida a una choza, sin embargo no pude ver a nadie. Esta noche les atacaré y trataré de someterles.

Día 77: ¡Cuanta gracia la de Nuestro Señor! ¡Sus caminos son infinitos! Anoche me deslicé silenciosamente hasta la choza y con una antorcha en una mano y mi hacha en la otra, dando unos alaridos que hasta a mí me atemorizaron, entré para atacar a sus ocupantes. No bien estuve dentro, mis gritos se mezclaron con los de las dos ocupantes. ¡Si!, dos damas que se acurrucaron al fondo, eran los duendes que tanto me habían espantado. Al verme todo desfigurado por la luz de la tea empezaron a llorar mientras se abrazaban protegiéndose la una a la otra. Al percatarme de todo no pude menos que echarme a reír, reí tanto que tuve que sentarme en el suelo para no caer, grandes lagrimones corrían por mi sucio rostro haciendo surcos en la tierra que lo cubría. Después de un rato, las damas empezaron a reír también. Primero entrecortadamente, mezclando sus risas con gimoteos y sollozos y luego riendo a mandíbula batiente. Creo que fue una reacción provocada más por el temor que por la gracia de aquella situación.

Día 78: He pasado todo el día con las dos damas de la choza. Hemos estado tratando de entendernos mediante señas, puesto que hablan otro idioma. Deben ser flamencas porque muchas de sus expresiones son francesas. Se ve que son damas de gran linaje, sus manos y modales así me lo indican. He logrado entender que una de ellas se llama Michelle y la otra tiene un nombre que aún no logro entender. Como pude les he indicado que vengan conmigo, a lo cual han accedido. Mañana partimos hacia mi hogar. ¡Soy feliz! Ya no estoy sólo.

Día 81: Hemos caminado todo un día, con algunas lianas y unas ramas que he cortado con mi hacha hice una especie de camilla donde hemos montado las pocas cosas que las damas poseen. Debo decir que ambas están bastantes flacas, por lo que he podido entender se han alimentado sólo de raíces y algunas frutas que han encontrado. Antes de partir, me mostraron un montículo donde ambas enterraron el cuerpo de alguien que debe haber sido importante para ellas porque ambas lloraron penosamente. Espero que podamos entendernos pronto para poder saber que ocurrió.

Día 82: Con el mayor cuidado preparé para las damas un rincón dentro de mi cueva. Ambas estaban bastante cansadas. Luego de comer opíparamente algunos de mis manjares – carne de pescado seca, algunas frutas que les he traído especialmente – han caído rendidas.

Día 84: Las dos damas han dormido casi dos días, creo que el miedo y el hambre no les deben haber dejado mucho espacio para el descanso. Nuevamente hoy hemos tratado de entendernos. Las he llevado a la playa donde vi por primera vez sus huellas y mediante señas me dieron a entender el sitio donde el mar las arrojó luego del naufragio de su embarcación. Esa noche, al verlas de tan buen ánimo, me he atrevido a brindarlas con una de mis botellas de vino, los tres hemos reído de buena gana durante gran parte de la noche.

Día 101: Mademoiselle Michelle y mademoiselle Antoinette – que así se llama la otra dama – y éste servidor hemos dedicado por completo las dos últimas semanas a entendernos. Ahora se que si es francés lo que hablan, pero lamentablemente nunca me preocupé por aprender otra lengua que no fuera la de nuestra hermosa Castilla. He aprendido algunas palabras y ya logro armar frases para hacerme entender. Ambas son hermanas. Mademoiselle Michelle tiene sólo veinte y tres años y mademoiselle Antoinette hace sólo unos meses cumplió la mayoría de edad. Ahora también se que la persona que enterraron era su tutor, un tal monsieur Jean no se qué. Iban rumbo al Canadá provenientes de los mares del sur de China cuando su barco fue atrapado por la tormenta de aquella noche. Gracias al tal Jean, los tres lograron salvar la vida. Lamentablemente para monsieur Jean, al tratar de tumbar unos frutos de un gran árbol cayó accidentalmente rompiéndose el cuello con el fatal desenlace.


Continuará...
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Cartas de Felipe y Elizabeth, ¿Elizabeth?

Querida Elizabeth:

La carta que ahora tienes en las manos podría serte extraña luego de nuestra última conversación. Se que hablamos de la imposibilidad de continuar con nuestra relación, de que lo mejor para ambos era darle punto final a todo. Se que hasta nos dimos un beso en la mejilla y un apretón de manos en señal de que todo terminaba de la mejor manera.

Que mentira, que falsedad la mía. Debo admitirlo, ese día te engañé, lo hice porque pensé que en cualquier momento luego de que te levantaras de aquella mesa en el café voltearías y me sonreirías en señal de que nada podía terminar. Te mentí porque mi valor no fue suficiente para pedirte que te quedaras. Me burlé de ti, porque aún cuando anhelaba correr detrás de ti y decirte lo mucho que te amo, mis piernas quedaron petrificadas. Sólo mis manos se movieron y ni siquiera lo hicieron para despedirse, lo hicieron sólo para ocultar el llanto que bañaba mi rostro.

Aún sigo sin entender que ocurrió. Nos amábamos y creo fervientemente que aún nos amamos. Nunca discutimos por nimiedades, jamás los celos empañaron nuestra relación y menos aún las mentiras o los engaños, todo lo conversábamos, todo los planteábamos para solventar cualquier desavenencia. ¿Qué ocurrió entonces Elizabeth?, dime, ¿qué sucedió que hizo que todo cambiara?

Que de alegrías, que de ternuras, que de pasiones pasamos juntos y aún podríamos pasar. Sólo piénsalo. Fuimos felices compartiendo, haciendo el amor, planeando y hasta cuando las cosas no sonreían fuimos felices. ¿Porqué negarnos entonces el seguir viviendo eso?

Te repito, piénsalo, yo estaré esperándote.

Te ama profundamente,


Felipe
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Apreciado Sr. Felipe:

En primer término, no tuvimos una conversación. Le recuerdo que Usted es mi paciente. La mención que hace a no poder continuar nuestra relación no es más que su enamoramiento de mi persona. Soy su psicólogo, me llamo Alfredo Gutiérrez no Elizabeth. Nunca y le repito, nunca nos dimos un beso, ni en la mejilla ni en ninguna otra parte, el apretón de manos si ocurrió y fue cuando me despedí de Usted en la idea de que aceptaba el cambio de terapista.

Usted no ha mentido nunca, por lo menos no a mi. Es Usted un hombre con graves problemas, padece de una severa alienación respecto al mundo que le rodea. Por cierto, tampoco estuvimos en un café, lo que si hicimos fue tomar café en mi consultorio durante las sesiones semanales que teníamos. Usted no puede pedirme que me quede, porque no soy mujer, nunca he mantenido una relación con Usted que no sea la meramente profesional y porque le repito, ¡no me llamo Elizabeth!

Las burlas las mantiene Usted en su psique, ¿para dónde iba a correr? Fue Usted quien se retiró, bastante enojado, por cierto, luego de que le indiqué que no podría seguir tratándole. Si lloró, lo haría luego de salir de la consulta y la verdad ya me importa un bledo.

No puede entender que ocurrió porque se niega a aceptar la realidad. Señor Felipe, Usted tiene ya cincuenta y dos años y jamás se ha casado, nunca ha mantenido una relación estable con nadie y menos aún ha amado, no puede hacerlo, su enajenación no se lo permite, por eso estaba en tratamiento conmigo. ¿Cómo puede ocurrírsele que habría celos entre nosotros? Y por supuesto, todo lo conversábamos porque de eso se trata una terapia con el psicoanalista, de conversar los problemas del paciente. No ocurrió nada señor Felipe, nada que no tenga que ver con esa obsesión suya de estar enamorado de una tal Elizabeth que: ¡no soy yo!

¿Alegrías? Todas las que he vivido luego de que Usted dejó mi consulta, oscurecidas hoy por esa absurda carta suya. No hemos hecho el amor, lo único que planeábamos eran las terapias a seguir y claro que todo dejó de sonreír cuando Usted se empeñó en llamarme Elizabeth.

No hay nada que pensar Señor Felipe, ya giré instrucciones para que se le administraran algunos antidepresivos, de igual manera solicité al Dr. Horacio que no le permitiera enviarme más correspondencia. Por mi puede estarse esperando eternamente, ya no me importa nada, le detesto Señor Felipe, Usted y su psicosis me amargaron la existencia, sólo espero que su estancia en Bárbula sea de su total agrado.

Sin más a que referirme, quedo de Usted,


Dr. Alfredo Gutiérrez
Psicólogo