La isla del capitán - y 4

He aquí la última entrega de la historia del capitán Antonio José Martín De Los Santos y Martínez. Falta mucho del material original del libraco que encontré en la playa, pero las hojas se encontraban tan deterioradas que no pude leerlos. He enviado todo el material a un especialista para ver si puede salvarse.

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Día 168: Ya han transcurrido 10 días desde que me hube casado con las tres francesas. Aprovecho el poco tiempo del que dispongo para escribir estas líneas. Noche tras noche, cada una se ha turnado para ejercer su rol de esposa conmigo. Parecen animales de presa, no he dormido casi nada en todos estos días. En las mañanas debo salir temprano con la excusa de cazar o buscar alimentos, de lo contrario me veo en la obligación de continuar con mis labores maritales. Hoy en la mañana no pude más. Mi cuerpo está extenuado, debilitado por la falta de sueño y el exceso de actividad diaria. Creo que los alimentos que consumo no me prestan el sustento que requiero. Collete propuso dejarme descansar por un día y correr los turnos de cada una los días que sean necesarios para mi recuperación. Aprovecharé los días que me den para recuperarme completamente.

Día 170: Hoy me siento más cansado aún que en días anteriores. Mis tres compañeras aprovechan las ausencias de las otras para yacer conmigo. Como caballero no puedo negarme a sus requerimientos, aún a costa de mi menguada salud.

Día 172: Esta mañana he huido de la cueva, en un descuido de mis tres consortes, quienes se encontraban discutiendo por mi estado de salud, he aprovechado para escapar. Con las pocas fuerzas que me quedan he logrado llegar al viejo campamento donde encontrara a Michelle y Antoinette. Aquí no hay alimentos y no tengo fuerzas para buscarlos. Creo que esto será lo último que escriba y deseo que quede plasmado en papel que he hecho todo lo que ha estado en mis manos para cumplir mi deber, primero salvando la vida de mis tres esposas y luego acatando mis deberes como consorte de las damas que hasta hoy me han acompañado.

Día 176: No se si la numeración de mi historia esté correcta. He estado dormido durante unos cuantos días. Desperté rodeado por mis tres esposas, Las hermanas Michelle y Antoinette y la bella Collete de Gonesse. Las tres me han mostrado las más variadas maneras de alegría y contento por mi recuperación. Sin dejarme hablar, han prometido y jurado que me dejarán descansar, que variarán sus turnos conyugales para evitar mi deterioro físico. Quise responderles pero en mi rostro sólo se dibujó una mueca que quiso ser sonrisa. Luego volví a dormir.

Día 178: Ayer estuve todo el día en cama, mis tres esposas no se han despegado de mi lado, me han atendido y mimado cual infante. Aún cuando me siento mucho mejor el temor me embarga, todas me observan libidinosamente y están pendientes de las salidas de las otras. Sigo sin poder hablar y el poco aliento que tengo lo uso para escribir este diario, el cual se acerca a su fin. De eso estoy seguro. Por otra parte, un profundo sentimiento de tristeza me embarga, no por mi próxima partida, sino por vivir lo que muchos hombres pudieran desear en cualquier parte y morir a causa de ello.

Día 180: Mis esposas no han dejado mi cuerpo en paz. Los dos últimos días han sido realmente horribles. Luego de discutir entre ellas, decidieron que lo mejor era yacer conmigo sin importar las consecuencias. Se turnan una detrás de la otra, me dejan descansar unas pocas horas y luego continúan. Me han estado alimentando con agua de coco, algo de pescado y mucho vino. No se que han hecho para conseguir alimentos, ninguna sabe cazar y menos aún pescar. Se que no me queda mucho tiempo.

Día 181: Esta mañana desperté y tuve conciencia de que me quedan pocas horas de vida. Esto que el posible lector tiene ahora en sus manos es mi último acto razonable como hombre. Las escucho reír fuera de la cueva, están celebrando, la euforia que las embarga me hace entender que están llenas de vino como botas. Una de ellas se ha asomado, no puedo distinguir su rostro, pero su aprecio su mirada torva y una sonrisa desencajada. Ya no siento miedo o temor, tampoco siento arrepentimientos o sentimientos de culpa. Tristeza, sólo una honda tristeza embarga mi corazón. Una vez que yo muera ellas me seguirán. No tienen la capacidad para sobrevivir solas. Han entrado las veo acercarse y cierro los ojos, ya no hay nada que contar.

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La narración del capitán De Los Santos termina con esas palabras. El libraco no contiene nada más. Hay algunos vacíos aquí y allá en páginas que no pude transcribir debido al deterioro. No se que habrá ocurrido, mi imaginación estuvo tentada a terminar la historia, pero preferí que cada quien haga sus propias conjeturas sobre De Los Santos y sus tres esposas, Michelle, Antoinette y Collete.

1 solito

Evan | 03 junio, 2007 18:34

Pobre Capitan, de verdad que sería lindo saber como terminó la historia, es evidente que falleció, porque no siguió con su relato... me conmovió su profundo sentimiento de tristeza que le causó vivir lo que muchos hombres desean y morir a causa de ello.

Saludos dominicales!

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