La desagradable historia de Amalia Contreras - 2da parte

¿Quién puede bajar los ojos como una mujer? ¿Y quién sabe alzarlos como ella?

Soren Kierkegaard

Un cielo limpio, azul sin nubes y de un sol brillante, así era el día en que Amalia se casó con Antonio. Fue, además el día más feliz de su vida. La decoración de la iglesia y del salón de recepciones fue la envidia de muchas novias durante muchos años. El vestido de novia era toda una obra de arte de la costura. Las mejores telas traídas de Europa y la contratación del modisto más encumbrado de la nación habían logrado hacer de ese vestido todo un icono de lo que debía ser una novia. Lo cierto es que no se escatimaron los gastos, había bebida y comida para todos los gustos y en cantidades que ofenderían a cualquiera que no supiera que todo aquello no era opulencia sino una orgásmica demostración del amor más puro y la pasión mejor guardada… Sin embargo, no daré detalles de la boda porque no son importantes respecto de la historia que les estoy narrando. Voy a encaminarme hacia lo que realmente nos interesa.



Pasadas las tres de la mañana, Amalia y Antonio salieron discretamente de la fiesta matrimonial, dejando a los invitados y a sus respectivas familias sin que nadie se percatara de la escapada que, los ahora esposos, habían hecho.

Antonio estaba eufórico, después de casi un año de noviazgo, al fin podría poseer a aquella mujer cuyo cuerpo lo enajenada del mundo y que le producía aquel intenso amor, un amor que a veces dolía en su pecho de lo grande que era.

El lugar escogido no pudo haber sido más adecuado para lo que Amalia le tenía reservado a Antonio, no sólo su cuerpo y su virginidad le serían dados a ese hombre, sino que el fuego que ardía en ella sería el combustible con el que ella misma poseería a aquel que la enfermaba de amor y lujuria, tanto o más de lo que él se sentía enfermo por ella. Si, definitivamente esa noche sería algo histórico en los anales del sexo entre dos amantes desaforados.

Ninguno de los dos detalló en sitio, baste decir que habían muchos cojines de mullida seda, un aroma a frutas flotaba en el aire y que una suave y tibia luz iluminaba toda la estancia. Los amantes se aferraron el uno al otro, no se besaban, literalmente se estaban comiendo el uno al otro. Cuatro manos subían y bajaban en todas direcciones, tocando, palpando, acariciando, apretando. En pocos minutos Antonio había quedado completamente desnudo, fue ese el único momento en que Amalia frenó su ritmo. Quería ver a su esposo, a su amor, a su amante y admirarlo. Lo detalló de pies a cabeza y un escalofrío recorrió toda su espalda. Antonio era mucho más de lo que ella imaginaba, de todo lo que ella imaginaba.

Antonio la dejaba hacer, su excitación crecía más al saberse deseado por esa mujer que tanto amaba. El, aprovechó la pausa, para admirar a su vez a Amalia. Lo que sus ojos observaban no parecía de este mundo, Amalia era perfecta, aún cubierta por aquellas diminutas prendas de seda y encaje, su cuerpo se mostraba ante él espléndido y lúbrico.

Ambos, de pronto, coincidieron en la mirada y nuevamente, la fogosidad tanto tiempo contenida, les dominó. Sus cuerpos volvieron a unirse en un impetuoso abrazo, sus lenguas volvieron a cruzarse y sus manos retornaron al cuerpo del otro. Ambos se disfrutaban plenamente, estaban excitados y felices, muy felices.

Un ruido sordo, rompió el sonido de los jadeos y las respiraciones se detuvieron por un segundo. Amalia, con sus ojos abiertos como platos miraba horrorizada a su marido. Una corta pausa y nuevamente aquel horrible sonido inundó la habitación, esta vez acompañado de un pestilente olor.

Ninguno de los dos supo que hacer, Antonio trató de no perder el control, pero la fetidez de aquella flatulencia salida de lo más profundo de su amada le impidió contenerse. Sin querer evitarlo, Antonio tapó su boca y su nariz con ambas manos y corrió al baño. Cerró la puerta y pocos segundos después se escuchó como aquel hombre, que segundos antes era un compendio de lujuria dejaba que su estómago se vaciara en el retrete.

Afuera, Amalia se dejó caer sobre sus rodillas quedando hincada como su fuera a rezar. Nuevamente había ocurrido. Las lágrimas corrieron por sus mejillas, incontrolables, los hilos del salado líquido se convirtieron en ríos, a su llanto la acompañaban los sonidos de sus propios sollozos y las arcadas que desde el baño sufría su, hasta ese momento, amado Antonio.

[Continuará...]

Sólo 6 hablaron pajita

Ricky del Norte | 25 enero, 2008 15:29

Ernesto, dime que hay una tercera parte!!!, parece que la historia quedo incompleta..., que paso al final con Amalia???.

... | 25 enero, 2008 19:26

definitivamente tenia razon... eres buenisimo con esto de las historias

me rei muxo con amalia al principio me sentia identificada (por lo beia) pero cuando lei q tenia un pekeño problemita me senti supe q era mi autobiografia ajajaj no mentira xD

saludos i te vas a mis link

Lili | 26 enero, 2008 17:08

Pana Ernesto, esta vaina no se hace, más espectativa ahora que antes...
No sabes que puedes matar a una mujer de curiosidad???
Espero la tercera parte...

More Baker | 27 enero, 2008 13:44

mmmmmm, mmmmmmmm
Me acordé de uno de los personajes de la novela "Como agua para chocolate"
Es este el final?
Cómo harás?
Un besote

3rn3st0 | 28 enero, 2008 11:36

Ricky: Si Ricky, tranquilo que si la hay ;-)

...: Pues gracias. Ahora ya se en quien basé mi historia :-D

Lili: No te mueras Lili, tranquila que en los próximos días llega la tercera parte :-)

More: No mi bela More, éste no es el final, aún hay tela que cortar. Ya verás como me desato de todo este enredo ;-)

Divina Cereza | 29 enero, 2008 08:28

Ya me siento a leer la primera y segunda parte ;-)
Besos con Sabor a Cereza.

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