Esperando el autobús

Mientras esperaba el autobús, Eusebia observaba a su alrededor entreteniéndose con la gente que pasaba en una u otra dirección por la acera del frente. Tomados de la mano, una pareja de adolescentes reían e intercambiaban miradas pícaras. Asomado unos metros más adelante estaba un hombre de una gran barriga, la cual mostraba parte de su peludo abdomen ya que la franela que le cubría por lo prominente. Eusebia veía estas escenas y se sonreía le pareció divertido y sin darse cuenta olvidó que esperaba el autobús. Miró a su izquierda, donde a menos de un metro, una mujer alta, elegantemente vestida miraba una y otra vez su reloj de pulsera, para, paso seguido mirar alrededor como buscando a alguien. El problema es que los lentes de sol que le cubrían los ojos no permitían conocer realmente su expresión, sólo el mordisquear de sus labios denotaba la preocupación que la embargaba.



Eusebia miró nuevamente hacia la acera de enfrente, ya los adolescentes no estaban a la vista, el hombre de la gran barriga seguía donde minutos antes lo viera Eusebia, pede ro esta vez estaba conversando con alguien más, era un hombrecillo bastante delgado y de mínima estatura, casi un enano. Eusebia volvió a sonreírse para sus adentros, la imagen de los dos hombres el gordo panzón y el pequeñajo le causaba mucha gracia, eran como un cero y un uno o un uno y un cero, dependiendo de como se les viera.

Un grito quebró la concentración de Eusebia, un hombre a unos veinte metros, montado en el pescante de un pequeño bus de veintitantos puestos gritaba a todo pulmón la ruta que el transporte seguía, una señora con un legajo de bolsas agarradas de cualquier manera en una mano y un niño que lloraba mientras la mujer lo arrastraba trataba de alcanzar al transporte, el hombre del pescante hizo una seña al chofer y éste detuvo la unidad. La mujer con gran dificultad subió con el niño y las bolsas, con tan mala suerte que al arrancar el transporte una de estas calló al asfalto regándose un montón de comida, verduras, legumbres, frutas que iban metidas en la bolsa. Esta vez Eusebia no sonrió, ya una vez había pasado por un trance similar y sintió pena por la mujer que sin poder evitarlo veía como su bolsa de comida quedaba desperdigada en el suelo mientras el autobús tomaba la vía rápida en la avenida.

—Eso no tiene perdón de Dios, ¿cómo ese hombre puede ser tan maluco y no detenerse?— Eusebia volteó rápidamente, detrás de ella, una señora de unos sesenta y tantos años era quien así había hablado. Un rostro de reproche denotaba su rabia.
—Son cosas que ocurren a veces abuela.— Respondió un joven de menos de treinta años quien llevaba a la anciana de la mano.— Apúrate que vamos tarde.— concluyó.

Mientras se alejaba Eusebia pensó en las muchas cosas que ocurren y en las cuales nunca se fijaba, cosas que para algunos eran importantes para otros eran irrelevantes. El hombre de la gran panza reía ahora mientras el pequeñajo empinaba una botella de cerveza. Eusebia debió admitir que el nieto de la anciana tenía razón, son cosas que ocurren.

Sólo 4 hablaron pajita

More Baker | 04 abril, 2008 18:43

Cosas que pasan... cada quien anda en lo suyo hoy en día. Pensamos que nuestros problemas son más graves que los de los demás... y en eso se nos va la vida.
Qué malandro ese chofer!
pero así son ellos, encontramos mayor gentileza en la gente de pueblo, amio. La ciudad nnos tragó a muchos la humanidad.
Abrazos, querido.

El loco | 04 abril, 2008 18:50

Saludos Mister Ernesto...Creo que todos tenemos una eusebia adentro...a veces la sacamos a pasear, otras, simplemente la dejamos que mire y voltee para otro lado..
Abrazos

Ricky del Norte | 11 abril, 2008 13:11

Un gran saludo Ernesto, excusa aceptada, muy buen relato y estare esperando la continuacion de Amelia!!!.
Abrazos.

Waiting for Godot | 14 abril, 2008 10:05

Es triste pero pasa en muchas partes. Un beso enorme.

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