Desencuentro

Un comienzo no desaparece nunca, ni siquiera con un final.

Harry Mulisch

Se suponía que hoy publicaría la sexta parte de La desagradable historia de Amalia Contreras, sin embargo ocurrió algo. Hoy envié mi escrito al taller literario Metatextos, donde se nos planteó un ejercicio de sólo trescientas palabras (todos los ejercicios tienen esa limitación). Lo que escribí me gustó tanto que decidí hacer dos versiones, la del taller y la que van a leer a continuación. Si observan alguna diferencia es porque aquí puedo escribir sin las limitaciones que los ejercicios imponen. En fin, si pueden lean las dos historias y luego me cuentan.

Pasaron varios años hasta que volví a ver a Arturo Belano. Estaba mucho más delgado desde la última vez que le viera y en sus ojos se pintaba la tristeza de aquellos a quienes la vida les ha negado siempre un triunfo, una victoria.

Le saludé como en los viejos tiempos. Desde sus ojos hundidos y vidriosos me devolvió el saludo y aunque su rostro y su justamente su intención era que yo pudiera acercarme más a él.cuerpo reflejaban el fracaso, su voz no había cambiado. Era fuerte, agradable y cargada de una energía que hacía que quien hablara con él dejara de sentir esa extraña sensación mezcla de pena y lástima. Su voz desmentía completamente lo que su humanidad reflejaba al mundo exterior. Estuvimos conversando un buen rato, de hecho, nos metimos en un pequeño café que estaba a pocos metros de donde nos encontráramos y charlamos largamente. Mientras más duraba nuestra conversación, más quería yo estar a su lado, pese a su demacrada imagen, Arturo volvió a encender –sin proponérselo– todas aquellas cosas que en mi lejana adolescencia. No se ni como sucedió, pero volví a percibir en mi interior todas aquellas cosas que me hicieran amarle como jamás había amado a otro hombre.

Arturo fue mi profesor de física y además mi primer y gran amor. En realidad el único amor que he tenido. Sin embargo, en la época en que estuve cerca de él yo era una adolescente y, como toda jovencita me sentía cohibida y atraída a un tiempo ante aquel hombre que hablaba con tanta firmeza y tanta propiedad. Sus gestos, su mirada brillante y directa, Se que él se daba cuenta, pero Arturo era además el hombre más tímido que jamás conociera.

Gracias a mi amiga Carla, tuve la oportunidad de ir un día a su casa. Ella había logrado – con mi total rechazo – que el profesor Arturo nos diera unas clases privadas en las tardes para mejorar nuestros desempeños en la materia. Mientras caminábamos ese día para recibir nuestra primera clase, Carla reía y bromeaba debido a mi turbación y nerviosismo. Ella sabía de mis sentimientos por Arturo y justamente su intención era que yo pudiera acercarme más a él. Debo confesar, eso si, que pese a mi negativa, en el fondo estaba sumamente feliz de poder ir a la casa de ese hombre que me quitaba el sueño y hacía que mis manos sudaran con su sola presencia.

Esa y algunas otras aventuras regresaron a mi mente mientras conversaba con Arturo.

Conversamos un buen rato, de cosas banales, me narró su vida, las cosas que había hecho y las ...la distancia entre ambos poblados dividida entre el tiempo que tardes...que había dejado de hacer. Me contó sobre sus dos divorcios y de cómo su hija mayor había muerto en un accidente junto a su primera esposa. Me narró de sus peripecias como educador, de cómo el ministerio le había negado su jubilación debido a un problema con el director de la institución y de cómo al final se había dedicado a dar clases en un cuartucho en el que vivía alquilado hacia los lados del centro desde hacía ya algunos años. Yo le escuché atenta, me entristecí por la muerte de su hija, me enfurecí por la injusticia de su salida del ministerio y le compadecí por como ahora vivía.

Durante toda la conversación no dejó de gesticular, una manera muy suya de afirmar con su cuerpo cada palabra que salía de su boca. Por momentos sus ojos brillaban impetuosos, luego de volvían grises otra vez. Pero su voz, su voz no dejó ni por un momento de ser lo que fuera en otros tiempos. Me mantuvo como hipnotizada y eso me encantaba.

—A ver Esthella, ¿ya comprendes entonces el concepto de velocidad?— Me preguntó el profesor Arturo luego de las explicaciones de rigor. —No es difícil, imagina la carretera que va de Guanare a Ospino,— continuó paciente —la distancia entre ambos poblados dividida entre el tiempo que tardes en llegar es igual a la velocidad. ¿Me explico?— Concluyó mirándome directo a los ojos. Eso me turbaba sobremanera, además estaba sumamente nerviosa puesto a que la pícara de Carla se había inventado una excusa dejándome a solas con él.
—Creo que si profesor,— le respondí con voz algo queda —tiene razón, no es difícil.— Agregué dándole a mi voz un tono más firme y manteniendo la mirada en sus ojos.
—Me alegra mi querida Esthella, se que eres una niña muy inteligente y que con dos o tres clases más podrás mejorar tu promedio de notas.— Me dijo sonriéndome satisfecho.

Dos sentimientos se estrellaron dentro de mí al finalizar esa última frase, me había llamado querida y eso hizo que mi corazón saltara jubiloso, pero luego, luego me había dicho niña. ¿Es que no notaba que ya era toda una mujer? Ya tenía dieciséis. En ese momento le odié, era extraño, le amaba y le odiaba al mismo tiempo.

—Has cambiado mucho mi querida Esthella.— me dijo luego de apurar un trago del café que tomaba —Ya eres toda una mujer y además muy hermosa.— Agregó mientras clavaba nuevamente sus ojos en los míos.
—Profesor, hace mucho que soy toda una mujer.— Le dije con firmeza, luego dándome cuenta de mi lance agregué: —Han pasado muchos años y es normal.

Luego, él cambió el tema de conversación, empezó a preguntar por mi vida, y como hiciera yo misma minutos antes mientras me hablaba, me escuchó con atención, prestando cuidado a cada detalle que narré.

Hable, hablé como nunca, le conté mi vida hasta con el más mínimo detalle – bueno, no todos los detalles – y mientras lo hacía, la verdad no se que ocurría, pero Arturo pese a su dejadez y a lo mal que se veía seguía atrayéndome. ¿Qué me ocurría? ¡Habían pasado más o menos diez años desde que lo viera por últimas vez!

De pronto me interrumpió y sin más ni más lo soltó, así de improviso: —Siempre te amé, aún te sigo amando. ¿Lo sabías?— Y sus ojos se fijaron dentro de mí.
—Lo he sabido siempre, pero jamás te atreviste a decirme nada.— Respondí como una autómata.

El me miró pensativo y sonrió leve. Luego, aspiró profundamente y con la voz más sosegada y serena que jamás escuché concluyó: —Un día fui a tu casa, quería declararte mi amor, tenía intención de confesar lo que sentía, sin embargo,— su mirada se entristeció infinitamente —llamé a la puerta varias veces pero no nadie abrió.

Sólo 3 hablaron pajita

Evan | 01 junio, 2008 15:57

Ahhh...

Me sacan suspiros estas historias de amor desencontrado.

Me encantó 3rn3sto, no soy crítica y creo que un escritor logra su propósito unado traspasa el alma del lector, algo así me pasó con tu cuento.

Estás a tiempo :P te pongo lista de espera?? jajaja

Beso!

More Baker | 03 junio, 2008 18:02

Mi querido, aquí estoy como un perrito regañado, leyendo estas historias tuyas que siemper me gustaron. Me deja pensando en esos desencuentros... en como amamos a destiempo. Siempre me causa tristeza... siempre.
Un beso mi querido.
Alguna vez qusiera que contemplaras la posibilidad de perdonar mi silencio. Ya sabes lo que es.

3rn3st0 | 04 junio, 2008 14:32

Anótame, anótame y me dices, de paso, con quien debo hablar para que me muevan a los primeros puestos de la lista ;-)

No hay nada que perdonar, puedes estar segurísima de ello. Es más, revisa tu correo y lo sbrás en detalle :-)

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