Ira

Alfonso Dos Santos y Vasconcelos, inmigrante portugués llegado a Venezuela hacía ya más de cuatro décadas era un hombre cuya vida era plena. Con su propio esfuerzo se había convertido en un empresario poderoso y, sobre todo, muy rico.

Dos Santos llegó con la tercera oleada de emigrantes que llegaron de Europa a finales de los sesenta, cuando aún no era Venezuela el paraíso tropical-saudí en que se convertiría algunos años después.

Después de algunos años en distintos trabajos y oficios, logró Dos Santos reunir algún dinero y con esos ahorros montó su propio negocio, una zapatería ubicada en pleno centro de un pequeño pueblo del interior del país, hoy una pujante ciudad. Esta única zapatería es hoy día un emporio con treinta y tantas sucursales en todo el país y unas pocas más en el exterior.

Conoció allí a Camila Contreras, su primera empleada, con quien se casaría y concebiría tres hijos, Alfonso, Paulo y su pequeña y hermosa Fátima. Era Camila una mujer sumisa y de una belleza indiada, de largos y sedosos cabellos negros y una piel cuyo color asemejaba a la canela. Dos Santos la amaba como el primer día.

Todo lo anterior es sólo una sinopsis de la vida de este hombre, quien llenó su vida de amistades, poder, amor, riqueza pero sobre todo de mucha rabia, y es que Dos Santos era un hombre cuyo carácter le hacía perder los estribos casi por cualquier cosa. Alfonso y Paulo, apenas alcanzaron la mayoría de edad abandonaron el redil para irse a hacer sus vidas. Ya no soportaban a su padre y sus rabietas, no soportaban sus gritos, sus insultos y humillaciones. El primero fue Paulo, el menor de los dos y quien tenía más fortaleza de ánimo que su hermano mayor, luego le siguió Alfonso, quien terminó asociándose a Paulo en un negocio que les redituaba buenas ganancias.

Por su parte la menor de los tres hermanos, Fátima Dos Santos, era la niña consentida de la casa, la mezcla de razas entre su padre y su madre habían hecho de ella una hermosísima mujer, motivo por el cual siempre estaba rodeada de muchos pretendientes. Esto último, por supuesto sacaba de sus casillas a Alfonso, quien siempre terminaba lanzando cosas contra las paredes y gritando hasta que desfallecía debido a la rabia.

Fátima, por su parte, no prestaba mayor atención a su padre, igual las rabietas de éste, junto a sus gritos, insultos y demás eran siempre recibidas por su madre, quien sólo callaba y aguantaba con estoicismo el carácter de su esposo. Era el carácter de Fátima el carácter de alguien a quien poco le importan los sentimientos de los demás, vivía por y para ella misma y le importaba lo mismo los ataques de histeria de su padre que las lágrimas de su madre.

El día de la tragedia, Fátima estaba en casa, su madre se hallaba haciendo algunas diligencias de los negocios de Alfonso y éste último, como siempre, se hallaba atendiendo las muchas actividades de su creciente negocio. Apenas hubo salido su madre Fátima hizo una llamada, habló como en secreto, haciendo muecas pícaras y sonriendo mucho. Al terminar la llamada se metió al baño y tomó una ducha larga con agua bien caliente. Ya en su cuarto, cogió una pequeña falda de color azul celeste, una pequeña camiseta sin mangas con motivos floreados y eligió como ropa interior un brassier de encajes blanco y una tanga mínima que hacía juego con la otra pieza.

Más o menos una hora después, la pequeña falda estaba tirada en las escaleras que daban al segundo piso, las flores de la camiseta colgaban del respaldo de un sillón en el cuarto de los padres de Fátima, el brassier y la tanga estaban tirados uno al lado del otro al lado de la gran cama matrimonial de los señores Dos Santos. Dos pantalones de mezclilla, una franela blanca y una camisa a cuadros acompañaban a las prendas de Fátima a lo largo de su camino hacia el cuarto de sus padres. Gemidos sin control y gritos ahogados llenaban la habitación y la vacía casa.

Los tres adolescentes se la estaban pasando genial, tan así que no escucharon cuando la puerta de la habitación se abrió.

Minutos antes, Alfonso Dos Santos abrió la puerta de su casa a una hora desacostumbrada. Se vio obligado a regresar a casa debido a unos documentos olvidados. Llamó a su esposa para que le hiciera el favor, pero estaba ocupada en un banco y no podía hacer nada por él. Dos Santos maldijo a su mujer, tuvo que soportar casi media hora de colas interminables en la ciudad, un calor infernal y no era Alfonso un hombre de muy buen carácter.

Al subir las escaleras, se tropezó con la falda de su hija, se detuvo inmediatamente, algunos escalones más arriba vio una franela blanca, y poco más allá una camisa a cuadros. En su cabeza se empezó a dibujar una imagen horrible, su piel blanquísima se empezó a poner roja, una gran vena brotó en su frente y su mirada se hizo vidriosa. Subió los escalones de tres en tres, pero sin hacer ningún ruido.

Siguiendo los gemidos y gritos fue directo hacia su cuarto, el saber que estaban allí, le hizo temblar las manos, sus puños se contrajeron y su boca se torció en una mueca que dejaba ver parte de su dentadura, la cual distaba poco para empezar a chirriar debido a lo apretado de sus dientes.

Abrió la puerta y pudo ver a su hija entre los dos jovencitos, uno debajo de ella y el otro sobre su espalda. Luego de eso no vio nada más. Alfonso abrió los ojos, estaba mareado, se sentía extraviado, no se ubicaba. Aún así, al despertar sintió cierto alivio. Todo había sido un sueño, ya un poco más lúcido, se incorporó. Se asombró de hallarse así mismo en el suelo, miró a su alrededor y supo que estaba en su cuarto. Su cama, a menos de un metro se le ocultaba debido a su posición en el suelo, miró sus manos y vio unas manchas parduzcas que pintaban aquí y allá su piel.

Al ver las manchas sintió miedo, Alfonso se dio cuenta de que no había soñado. De sus ojos empezaron a brotar lágrimas. Se apoyó para levantarse, al estar erguido casi vuelve a desmayarse, su cama era un revoltijo de cuerpos y sangre, muchísima sangre. Alfonso maldijo su prepotencia, su incontrolable rabia, la vena en su frente empezó nuevamente a brotarse y sus ojos volvieron a hacerse vidriosos.

Abajo, los dos oficiales de policía que entraron a la casa escucharon un grito proveniente del segundo piso. Apuntaron instintivamente sus armas hacia arriba para ver como desde el pasamanos un cuerpo saltaba hacia ellos, se escuchó un golpe seco, Alfonso calló a los pies de los policías. Y su cabeza se hizo informe luego de estrellarse contra el suelo. En su mirada aún se podía ver aquella furia que le llenara el alma siempre y la vena sólo dejó de latir.

Sólo 17 hablaron pajita

Carlos | 20 septiembre, 2007 15:01

Ernesto, eres el próximo Stephen King, enganchante relato.

Pobre portugués, víctima de la rabia no controlada...

Slds.

Evan | 20 septiembre, 2007 22:38

3rn3sto, me impactó este cuento... no esperaba el final!

A tanto se puede llegar cuando la ira es incontrolable.

Te dejo un besito, que tengas un lindo finde, ojalá sea junto a tu princesita!

luis | 20 septiembre, 2007 22:39

Esta genial esta serie. me recordo la obra de teatro los 7 pecados capitales de un escritor venezolano. estaba escrita para el teatro, y en la universidad tuve la oportunidad de ser actor en dos de los pecados, la gula, en el cual enpieza con un hombre y una mujer, se oyen un estruendo, y ambos caen la piso. Al levantarse se dan cuenta que hubo una guerra nuclear, y ellos eran los unicos seres vivientes. el final es previsible, ambos tratando de comerse entre ellos. fijate me recuerdo todo, menos el autor.
Pero vas por el mismo estilo de esa obra de teatro

G-russo | 20 septiembre, 2007 23:29

estoy ansioso por leer tu proximo relato, fantastico, el entramado, los personajes, solo que siento un poco vacio, mas bien incompleto, me intrigo tanto que quise imaginar, la niña, sus dos hijos, su mujer, en que termino,,, o acaso de aqui sigue tu relato........

3rn3st0 | 21 septiembre, 2007 10:27

Carlos: Mi solitario lobo estepario, el halago me queda grande, quiero llegar allá, pero aún me falta muchísimo. No me considero merecedor de tanto :-)

Evan: Pues hay muchos que lamentablemente destruyen sus vidas y destruyen otras sólo por una incontrolable furia.

Lamentablemente no voy a estar con mi princesita este fin de semana, debo viajar a otra ciudad por asuntos de trabajo, pero igual gracias por tus buenos deseos. Para ti vaya un gran abrazo y los mismos buenos deseos.

Luis: Conozco la obra, pero igual que tu, no recuerdo su autor. La leí cuando tenía unos 9 o 10 años. Y tienes razón, lo que escribo va por el mismo estilo, no lo había pensado, ni siquiera recordaba esa obra. Voy a buscarla en la biblioteca de la casa para releerla. :-)

G-Russo: De eso se trata mi amigo G-Russo, de que quedes así, de que uses tu imaginación para darle un final o una continuación a la historia. Saludos :-)

3rn3st0 | 21 septiembre, 2007 10:28

G-Russo: Por cierto, si detallas mejor, te das cuenta de que no son niños, son adultos. La consentida de la casa ha muerto y su padre también. Dale otra vez, reléela y verás :-)

peregrina | 21 septiembre, 2007 12:56

Qué bien llevaste el hilo de la historia, me fuiste enganchando y ya no pude apartar los ojos, una hstoria que parece normal y se cierra en un pecado capital.
Celebro el encuentro!

3rn3st0 | 21 septiembre, 2007 17:03

Peregrina: Levanto mi copa para acompañarte en la celebración. Tus palabras me honran :-)

Bienvenida :-)

Eduardo | 21 septiembre, 2007 18:31

A mi lo que me sorprendió fue lo desaforada de Fátima: ¿DOS MUCHACHOS?

Caramba.

"Se va a morir si sigue así", "Le va a dar algo un día de estos", "Se pone viejo rápido"... Cosas que uno suele decir al ver a los enfermos de rabia. El punto es que es obvio que nada bueno puede salir de ello.

Por cierto, la obra, de los 7 pecados, recuérdese del autor para yo buscarla. Llamó mi atención. ¡En serio!

Suerte en las próxima Ernesto!

El loco | 21 septiembre, 2007 23:14

Cosa fea eso de la ira...
y que gozona resultó la Fátima...
la rabia incontrolable es peligrosa...mínimo nos mata las neurona
Excelente mi amigo...aplaudo y de pié
Un abrazo

metalgirl | 22 septiembre, 2007 00:01

que bien, me engancho de inmediato, excelente narración,me pongo de pie, seguire molestando por estos lugares

3rn3st0 | 22 septiembre, 2007 01:53

Eduardo: ¿Qué puedo decirte sobre Fátima? Fogosa, o tal vez afectada por la lujuria. Sobre la obra, más bien habría que preguntarle a Luis, el puede seguramente orientarte mejor al respecto. Igual trataré de averiguarte algo.

Loco: Gracias por vuestras palabras mi maestro. Seguiré haciendo lo posible por mejorar siempre.

Metalgirl: Dos halagos uno detrás del otro. Muchísimas gracias por tus palabras. Eso me impulsa a mejorar y hacerlo cada vez más cesudo.

luis | 22 septiembre, 2007 10:44

¡Como es posible que no recordara? tambien tuve que buscar el libro, esta en una de la fundacion ayacucho. sobre obras del teatro venezolanas.
Es de jose ignacio cabrujas Que era una de los mejores dramaturgos del pais.
pero sigue, le estas dando otra vuelta a la tuerca

3rn3st0 | 22 septiembre, 2007 11:53

Luis: Gracias por la información. Estuve buscando en base a eso y esto fue lo que conseguí: Los siete pecados capitales, publicada por Monte Ávila en 1974.

Eduardo: Bueno mi estimado, ahí tienes la información. Creo que se consigue por Internet.

Ricky del Norte | 25 septiembre, 2007 10:35

Lamentablemente la ira es un mal a veces incontrolable..., y esa tal Fatima resulto ser una cualquiera, gozando con 2 al mismo tiempo.
Muy buena tu historia.
Saludos.

..**Sidra**.. | 08 octubre, 2007 13:48

wow... Y yo perdiendome de todo esto.

Gracias por publicar Ernesto, de verdad, hay futuro en las manos de los nuevos escritores! Me quito el sombrero... =)

Seguiré con la serie, pero de verdad, es un placer!

3rn3st0 | 08 octubre, 2007 22:03

Sidra: No se que decir, creo que es demasiado. De verdad me siento halagado :-)

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