Tomando su mano

Quien volviendo a hacer el camino viejo aprende el nuevo, puede considerarse un maestro.

Confucio

El camino era largo, sinuoso, solitario e idéntico. Aunque habían transcurrido las eras, siempre era igual. Tomaba un desvío, se detenía ahí un tiempo, casi siempre breve. Todas las veces se desnudaba de adentro hacia afuera, mostraba lo que había en su interior y luego aquello que le hacía ser quien era físicamente. Esas estadías podían ser deliciosamente apasionadas o pacíficamente satisfactorias pero independientemente de como se desarrollara su estancia en cada una de esas moradas, todas terminaban irremisiblemente con sus pies andando aquel interminable y despoblado trayecto.

Lo peor de ese cruel aislamiento es que siempre había gente a su alrededor. Los amigos siempre estaban ahí, la familia y los hijos eran infaltables en su cita diaria con la vida. Sin embargo, las personas a las que había amado como hombre sólo llegaban para luego marcharse y no volver jamás.

Quiso amar siendo amigo, quiso amar siendo amante, quiso amar sin amar y nada funcionó.

¿Qué estoy haciendo mal? Se preguntaba en ocasiones pero no había respuesta para para aquella incógnita. ¿Qué estoy haciendo mal? Se preguntaba en ocasiones...Intentó muchas cosas, fue manipulador, usando a quienes amaba y enredándoles, pero esa no era su naturaleza y terminaba él mismo siendo la marioneta de algún titiritero cualquiera. Quiso ser colaborador y se convirtió en un gran compañero de vida, eso tampoco sirvió de nada, las personas a las que amó en esa época parecían hastiadas de su ayuda y se largaban. Procuró hacerse agresivo y dominar todo en las relaciones que estableció en su época de déspota pero entonces las personas a las que amó huyeron casi de inmediato. Nada funcionó, las personas a las que amaba seguían saliendo de su vida y no podía evitarlo. Intentó no sentir, procuró establecer relaciones donde su corazón no estuviera presente, intentó ser insensible y apático, pero eso tampoco funcionó, era un hombre de alma sensible y no podía simular la abulia.

Anduvo así por días, días que se convirtieron en semanas que dieron paso a los meses, éstos a los años y los años a las décadas. Entonces se sumaron dos décadas de caminar por aquella calzada siempre llena de gente y siempre tan sola. Sus paradas se hicieron más espaciadas, rehuía a la experiencia siempre dolorosa del abandono y el rechazo. Sin embargo, a veces volvía a errar y se detenía, una sonrisa alegre, una mirada pícara, un abrazo cariñoso, un beso apasionado y una eterna sed de ser amado eran sus grandes debilidades. Cuando alguno de esos deseos aparecían en su camino, paraba su andar y se quedaba, jamás pensaba en las veces que había regresado al camino, tampoco pensaba mucho en que las personas que le hacían detenerse jamás tenían intención de darle de beber. Irremediablemente, aquellas detenciones le dejaban más sediento, más triste y desolado interiormente.

Es importante destacar lo último porque en el exterior, la fachada de aquel hombre era de alegría, era de fortaleza, carácter y firmeza. Todos pensaban que era un gran hombre, de hecho siempre se lo decían, sin embargo, por dentro, en el lugar más oculto de su interior, ese que protegía de la mirada indiscreta de todos, justo ahí, guardaba su miseria y su perenne desconsuelo.

Aclarado ese punto, volvamos a lo anterior, al finalizar alguna de sus paradas, levantaba la mirada y el camino volvía a estar ahí, grande, amplio, siempre lleno de gente que caminaba a su alrededor e invariablemente vacío de alguien que quisiera caminar a su lado... tomando su mano.

Un día, el día después de que que una de sus paradas terminara, miró una vez más al camino y lo maldijo, maldijo todo lo que ...maldijo su soledad, su tristeza y su empeño en amar...había ocurrido, maldijo a esas personas a quienes había amado y que le habían dejado, maldijo su soledad, su tristeza y su empeño en amar y ser amado. Las lágrimas caían suaves hasta gotear sobre el suelo duro bajo sus pies. Lloró copiosamente, como jamás había llorado, calló de rodillas y sus manos se ensuciaron con la tierra que apretaba rabioso, se juró que jamás volvería a amar y luego se rió a carcajadas de aquel estúpido juramento. Se sentía impotente, más triste que en cualquier otra ocasión y, sobretodo, se sentía desamparado. No tenía donde ir, no había en su vida nadie a quien recurrir, no poseía nada a que aferrarse.

Así estuvo un rato, no mucho, muchas retiradas precedían a aquella y ya su alma había aprendido a lidiar con el dolor y la sensación de abandono. Poco a poco volvió a incorporarse, sacudió la tierra de sus manos y se irguió por completo, limpió sus rodillas y luego, cuando se sintió ya más tranquilo, una sardónica sonrisa se dibujó en su rostro. En su mente y en su corazón, mil burlas, cada una más cruel que la otra, se disputaban un lugar privilegiado para zaherirle y hacerle sentir humillado por haber sido abatido una vez más. Poco a poco, las lagrimas cedieron y una vez pasado el desconsuelo levantó la mirada. Frente a él, esperándole como siempre, estaba el camino.

Ese día empezó a entender que no había una salida. Su vida era aquel camino y que jamás podría ser de otra manera. Las paradas no eran más que pequeños alivios que aparecían cuando empezaba a flaquear. Nadie jamás le correspondería, nadie jamás caminaría junto a él... tomando su mano.

Sólo 2 hablaron pajita

Tramos Romero | 15 febrero, 2015 07:23

Tu manera de escribir me gusta mucho, tu historia real y no única, creo hay muchas personas que padecen este mal, ¡te felicito¡
y aquí me quedo a aprender y disfrutar ...

Besos muchos

tRamos

3rn3st0 | 15 febrero, 2015 10:37

¡Gracias por tu visita y tus palabras Tramos! Ciertamente habemos muchos aquejados de ese mal. Pero no queda otra salida que no sea continuar. Que bueno que te gustaran mis "maneras" al escribir, aquí seguiré, espero que durante mucho tiempo hay muchas, muchas historias que aún no cuento.

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