Superbia

El niño - de unos doce o trece años - cerró los ojos, apretándolos con tal fuerza que sintió dolor en las órbitas, sus manos eran dos pimientos rojos agarrotados por la fuerza conque las comprimía la una contra la otra, los dedos entrelazados. Sus dientes empezaron a rechinar y de la comisura de sus labios empezó a correr un delgado hilo de sangre, éste bajaba por su barbilla, goteando sobre su pecho. En un momento determinado, de escuchó un crujido sordo: uno de sus dientes había estallado debido a la presión que hacía mientras cerraba las mandíbulas. Su respiración era rápida, furiosa y gruesos goterones de sudor corrían por sus sienes y frente en tales cantidades que parecía que le hubieran bañado de pies a cabeza. El dolor que sentía en su espalda, en sus costillas y en sus piernas era horrible, pero ni un sonido escapaba de su boca y menos aún, ninguna lágrima era derramada por sus ojos.

Detrás de él, sudando tanto o más, estaba su padre. El brazo de un hombre de campo, un brazo poderoso, subía y bajaba rítmicamente y dejaba caer con todas sus fuerzas el rejo sobre el niño. La piel sangrante de la espalda del niño, mostraba no sólo la carne viva, en los costados ya podían verse las blanquecinas costillas, que habían quedado expuestas debido a la pérdida de tejidos. Tal era la fuerza y brutalidad de los vergajazos que el hombrón estaba profiriendo al niño. Su mirada era torva y su respiración hacía que resoplara como si de un toro se tratara. Tenía los ojos desencajados de sus órbitas e inyectados de sangre.

Más atrás, tirada en el suelo, y sujetando ya sin fuerzas una de las piernas del hombre estaba una mujer, yacía sobre su propio pecho y su rostro quedaba oculto contra el frío piso. Se la escuchaba llorar y gimotear, por momentos temblaba. Parecía moribunda.

– ¡Tras, tras, tras! – Sonaban uno tras otros los golpes, el niño volteó y un leve gemido salió de entre sus apretados labios, el hilo de sangre en su boca ya era un manantial, con ese último golpe se había mordido la lengua tan fuerte que había arrancado de tajo la punta del apéndice. Sus manos empezaron a flaquear y sus piernas, de pronto, dejaron de pertenecerle. Otro golpe, le tocó, tal vez, algún nervio de la columna, porque sin poder evitarlo, el calló al suelo con grandes espasmos de lo que parecía ser un ataque nervioso. Sus ojos, sin embargo, miraban fijamente a su padre desde el suelo. Éste último detuvo los golpes, puso sus manos sobre las rodillas y empezó a recuperarse del esfuerzo que acababa de hacer.

Después de algunos minutos, el hombre soltó el rejo, sacudió su pie deshaciéndose del agarre que la mujer le hacía sobre el tobillo y se agachó. frente a él, el niño temblaba y resoplaba, había mucha sangre, los ojos del niño temblaban pero su mirada era retadora y cargada de un orgullo cuasi inhumano. Con cuidado el hombre lo cogió entre sus brazos, incorporándose luego. El movimiento hizo que el niño no soportara más la tortura y se desmayó en los brazos del padre.

El hombre se dio la vuelta y empezó a caminar en dirección a una puerta por donde entraba la única fuente de luz. Ya en la puerta volteó un poco el rostro y se dirigió a la mujer con voz áspera, seca, sin ningún tipo de sentimientos, pero, eso si, cargada de una vanidad y vanagloria que causaba asco.

– Se está convirtiendo en hombre. Deje la lloradera y levántese. Mijo va a necesitar que lo cuide –. Luego salió sin más.

En el suelo, la mujer, sin levantar la cabeza y entre sollozos sólo pudo decir: – ¡Malditos, malditos ambos y su asqueroso orgullo!

Luego de eso, empezó a levantarse poco a poco. Su rostro estaba lleno de surcos en las mejillas, eran las marcas de la tierra que ensució su cara y las lágrimas que su dolor de madre derramaba por la desmedida y estúpida manera de hacer las cosas de los hombres de aquella desgraciada familia.

Sólo 3 hablaron pajita

Evan | 19 noviembre, 2007 22:08

3rn3sto... hoy sí que estoy sin palabras, si el protagonista del cuento no hubiera sido un niño, me hubiera dolido menos...

Orgullo, sobervia, demasiado fuertes...

Un beso, que tengas una linda semana!

Najla | 20 noviembre, 2007 15:00

Brutalmente desgarradora....

Si querías erizar la piel... y ahogar la respiración.... Lo lograste!!!!

Saludos... ( con la piel de gallina)

3rn3st0 | 21 noviembre, 2007 12:19

Evan: De eso se trata, aunque debo ir más allá. No es sólo el maltrato, eso forma parte de todo, es la actitud - más del niño que del adulto - lo que motiva mi relato.

Una linda semana para ti también :-)

Najla: ¿Se te erizó la piel? ;-)

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