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La isla del capitán - 3

He aquí la tercera parte de la historia del capitán De Los Santos, Michelle, Antoinette y Colette. La primera y la segunda parte están disponibles para quienes no conocen la historia aún. Espero sus comentarios.

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Día 138: Mis hermosas hermanitas estaban se un genio terrible. Al llegar a nuestro refugio con una mujer en brazos sus rostros se convirtieron en todo un poema de estupor primero para luego ser una oda a la rabia y la ira. Hoy deberíamos casarnos, pero como pude les hice entender que eso no ocurriría hasta tanto nuestra nueva huésped estuviera recuperada y pudiera contarnos que le había ocurrido. Debo, por otra parte, confesar que encontrar a esa mujer me causó grande alivio. Mis nervios por lo que se me avecinaba estaban bastante alterados y mi hombría se resentía ante tanta presión por parte de mis futuras esposas.


Día 141: Michelle salió de la cueva ayer y aún no ha regresado. Antoinette me ha pedido entre llantos que saliera en su búsqueda. Eso me ha causado un enorme enojo, la actitud de la jovencita es de capricho y altanería, sin embargo no me ha quedado más opción que salir en pos de ella. Le he dejado a Antoinette las instrucciones precisas para que atienda a la dama que aún no despierta. Desde que la traje ha estado delirando con fiebres muy altas. Lo poco que balbucea parece ser francés - ¡Dios, estoy marcado por esa raza! -. Antoinette ha accedido a cuidarla y con sus mimos más exagerados me ha hecho confiar en ella.


Día 144: He encontrado a Michelle, se hallaba en los restos de mi antiguo refugio. La encontré ebria hasta los huesos. Estaba rodeada de no menos de 8 de mis botellas de vino, estaban esparcidas a su alrededor y por supuesto todas se hallaban vacías. Antes de despertarla busqué algunos cocos los cuales vacié en un viejo jarrón de metal que se había salvado del salitre. Al despertar la pobre Michelle estaba hecha una ruina, le di de beber el jugo de la fruta y luego la hice comer su carne. Sus ojos me miraban definitivamente enamorados, la abracé. Esa noche dormimos acurrucados el uno contra el otro.


Día 145: Hemos regresado a la cueva. Antoinette nos recibió de brazos abiertos, ambas lloraron emocionadas. Luego se pusieron a discutir. Antoinette le reclamaba a Michelle su comportamiento. Al final ambas se abrazaron y volvieron a llorar. Luego de calmarse, y aún con hipando por el llanto, Antoinette me regaló una hermosa sonrisa mientras me informaba sobre el estado de nuestra huésped. Su nombre era Collette, también era francesa, parisina para más señas. Mis hermanitas no supieron explicarme exactamente como, pero Collette viajaba con ellas en el mismo navío y se las había arreglado para sobrevivir. Al principio igual a sus paisanas, luego el hambre la obligó a otras cosas que prefiero no mencionar en éste relato por respeto a la dama. Al final, tuvo la suerte de encontrar mis trampas y se alimentaba de lo que caía en ellas, sin embargo, nunca pudo imaginar que habíamos otras personas en la isla. Cuando la encontré desmayada era por que su cuerpo ya no soportaba más las penurias a las que se vio sometida. Entramos a la cueva para que Michelle y mi persona conociéramos a la nueva habitante de nuestra isla. Lamentablemente, tuvimos que esperar hasta el día siguiente, ya que cuando entramos Collette se encontraba profundamente dormida.


Día 147: Collete despertó, no entiende nada de español, pero mis queridas Michelle y Antoinette se han prestado encantadoramente como intérpretes para que pudiera yo conocer a la dama. He sabido así que es una dama de la corte, hoja de monsieur de Gonesse. No quiso decir su edad, pero calculo que no debe tener más de veintitrés o veinticuatro años. De cabellos rubios, es una hermosa doncella cuyos ojos azules me causan grande encanto. Nos narró también que estaba recien casada y que tristemente su esposo había muerto en el naufragio. Eso causó gran conmoción en mis futuras esposas, sin embargo se han negado a hablar sobre el tema.


Día 150: Michelle y Antoinette han conversado conmigo esta mañana y volvieron al tema de nuestro matrimonio, he tratado de hacerles entender que no considero pertinente llevar a cabo nuestra ceremonia hasta tanto no se recupere completamente mademoiselle de Gonesse. Ambas han enojado conmigo y se retiraron dejándome hablando con la nada.


Día 153: Hoy ha venido a hablar conmigo Antoinette, me ha causado una sorpresa mayúscula al darme la noticia de la decisión que ella y su hermana han tomado: Quieren que me case con las tres. Creo que ambas piensan que mi atracción por mademoiselle de Gonesse puede alejarnos a los tres. No he sabido que responder. Desde nuestra anterior discusión han dejado de dormir a mi lado.


Día 155: Mademoiselle de Gonesse se me ha acercado hoy en compañía de las hermanas. Estuvo diciéndome muchas cosas que no entendí completamente. Amablemente Michelle ha traducido todo. Collete está de acuerdo con ambas en que podemos casarnos los cuatro. Creo que mi rostro les debe haber resultado un espectáculo, porque las tres han reído de buena gana luego de que escuchara lo que me han dicho. Por último agregó que entre las tres habían decido realizar la ceremonia de matrimonio para dentro de tres días.


Día 158: Sin muchos aspavientos y con un mero formalismo he contraído nupcias con mis – ahora – tres esposas francesas. Nos hemos tomado una botella de vino, todos estamos felices. Hemos comido un delicioso pescado asado que Collete ha preparado acompañado con agua de coco y algunas frutas. Estoy algo nervioso, esta noche es la noche de bodas y no se como debo ejercer mis deberes maritales para con mis nuevas consortes.


Día 160: Estoy cansado, ahora no sólo debo buscar el alimento para todos, sino que debo cumplir con los deberes maritales que me competen para con las tres. Las dos últimas noches he compartido la cama con las hermanas. Ambas son imaginativas y dulces conmigo, estoy encantado, pero debo agregar que pareciera que no se cansan jamás. En cuanto a Collete, aún no se ha acercado, creo que se resiente por su reciente viudez.


Día 162: Collete me ha confesado – a través de Michelle – que aún cuando estaba casada no había consumado su matrimonio. Ha estado esperando por mi desde nuestra unión, pero no se atrevía a acercarse por vergüenza. Hoy se decidió y debo estar con ella esta noche. No se si el agotamiento físico me permita cumplir con las expectativas que las hermanas han sembrado en la hermosa damisela. Ya van cinco días desde que me he casado y mis dos primeras esposas no me han dejado descansar. Ayer no salí a buscar comida debido a la fatiga que me embarga. ¿Podré resistir a todo este esfuerzo que mis esposas requieren de mi? No lo se.


Continuará...
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La isla del capitán - 2

He aquí la segunda parte de la historia del capitán Martínez. La primera parte puedes leerla haciendo clic sobre el enlace.

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Día 105: He salido de cacería, ahora mi trabajo se ha triplicado para conseguir alimento. Sin embargo, no puedo menos que sentirme dichoso. Las damas que ahora me acompañan han dado un vuelco a mi vacía y solitaria existencia, su compañía me hace feliz y me encuentro lleno de nuevas energías. He tenido que explicarles que estaría fuera dos o tres días, cazar sin más armas que la inteligencia, algunas cuerdas y ramas es tarea harto difícil. Ambas han estado de acuerdo en compartir las responsabilidades de alimentación de todos buscando raíces y frutas para todos. Anhelo mi regreso para verlas nuevamente.

Día 108: A mi regreso todo ha sido alegría, mademoiselle Michelle me contó que ya estaban preocupadas por mi ausencia. Hemos comido como unos verdaderos glotones unos pequeños animalejos parecidos a liebres que logré capturar en una de mis trampas. Esa noche me acosté feliz y satisfecho por todo. Al amanecer ambas estaban acurrucadas a mis costados. Sus rostros eran de felicidad. Me sentí turbado y sin despertarlas salí de la cueva a caminar.

Día 111: Las francesitas - como he decidido llamarlas - constantemente están murmullando entre ellas. A veces noto que de reojo me miran y al notar que me doy cuenta voltean entre risas que me ponen muy incómodo. Estas situaciones se han venido repitiendo cada más seguido. Por otra parte, se han mudado ambas a mi cama y ahora dormimos los tres juntos. No puedo negar que me ofuscan, pero considero que no es caballeroso dejarme llevar por mis instintos.

Día 120: Anoche mientras dormía desperté sobresaltado y aún cuando no hice movimiento o ruido alguno para evitar despertar a mis compañeras de penurias, pude sentir que una mano recorría mi vientre. Me sentí sofocado, el sudor corría por mi frente y aunque traté de contenerme, mi respiración me delataba, la mano siguió acariciando y explorando mi cuerpo y sentí como otras manos hacían lo mismo.

Día 121: Después de lo ocurrido la noche anterior salí temprano de la cueva a caminar para calmar mis ansias. Además necesito pensar sobre lo ocurrido y las acciones que tomaré.

Día 124: Esta mañana he sido sorprendido por las francesitas, tanto mademoiselle Michelle y mademoiselle Antoinette me han enfrentado. En un castellano bastante mal hablado y mi peor francés hemos logrado entendernos. Me han dicho sin mucho aspaviento el gran amor que ambas me profesan y que si no tengo problemas en ello, ambas quisieran desposarse con mi persona. Tal declaración me ha dejado completamente anonadado, no esperaba eso. Sin embargo y en procura de mantener la armonía en nuestra isla, he aceptado la propuesta de ambas. Decidimos que haríamos los preparativos y en dos semanas nos casaremos los tres.

Día 126: Al no haber quien oficie nuestra unión, Michelle y Antoinette me han pedido que sea yo mismo quien haga la diligencia, me he puesto a practicar unas cuantas oraciones en francés a fin de hacerlas sentir complacidas. Ambas han descocido los pantalones de paño que encontrara en la playa antes de que ellas naufragaran y se han estado confeccionando sendos vestidos de novia – según palabras de ambas –.

Día 129: He salido de cacería o más bien a ubicar algunas presas para luego colocar las trampas uno o dos días antes de la ceremonia a fin de disponer de un banquete de celebración. Esa noche me vi sorprendido nuevamente por mis futuras esposas, ambas se habían acomodado nuevamente en su antiguo lugar en la cueva. – Los futurros esposas no dormir juntos. – Fue la explicación que me dieron con su marcado acento francés.

Día 130: Sólo faltan ocho días para nuestro matrimonio, Michelle y Antoinette están de lo más ocupadas con su parte de los preparativos. Yo he aprovechado sus ocupaciones para dedicarme a buscar ostras que como crudas como parte de mis preparativos para la noche de bodas. Esa situación me mantiene en zozobra, no se que ocurrirá ese día y hasta donde se, ambas damiselas son vírgenes, eso me trae de cabeza.

Día 133: Decidí adelantarme y he salido hoy a ubicar las trampas para la cacería que pienso realizar. En mi salida anterior ubiqué un rebaño – si el lector me permite el término – de los animalejos parecidos a liebres. He tendido unas cuantas trampas y estaré visitando toda esta zona en los próximos días para comprobar si hay o no presas.

Día 137: Preocupado por la ausencia de presas en mis trampas y la posibilidad de tener que suspender el matrimonio por falta del banquete de celebración he salido aún de noche de la cueva a revisar mis trampas. Sin embargo, una sorpresa me aguardaba en lo alto de una loma donde tenía ubicada una de mis trampas, porque lo que me encontré no fueron las extrañas liebres que esperaba.

Continuará...
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La isla del capitán - 1

Hace ya algunos meses, estando en las playas de oriente, mientras caminaba sobre la arena tropecé con un objeto que me hizo dar un traspié. Después de proferir algunos improperios nada decentes, me percaté que lo único que sobresalía del objeto en cuestión era una esquina. Me arrodillé y empecé a escarbar con mis manos en la arena. Mi impresión fue mayúscula cuando, luego de sacar un gran montón de arena, me encontré con un pequeño cofre de cuero, cuyas esquinas estaban remachadas en metal. El cofre parecía bastante viejo y por supuesto estaba muy deteriorado por el agua y el salitre. Tenía una cerradura bastante desvencijada que no ofreció mayor resistencia luego de dos o tres golpes con una piedra que estaba allí. Lamentablemente para mi, no encontré joyas o tesoro alguno. Lo único que encontré fue un gran montón de hojas enrolladas y amarradas con un cordel.

La mayoría estaban bastante deterioradas, pero después de algunas semanas de un trabajo por demás emocionante, donde me dediqué día y noche a tratar de entender la caligrafía allí plasmada, rescatando la mayor cantidad de material que pude, me encontré con una historia maravillosa, una historia increíble, dramática y muy emotiva.

Lo que encontré podrán leerlo hoy. Es el relato de la vida y obra del Capitán Antonio Martínez. ¿Quién fue el Capitán Martínez? No lo se y tal vez nunca lo sepa, porque el relato no da fechas que puedan servir de guía para una investigación más acuciosa. Sin embargo, independientemente de las carencias sobre la veracidad de la historia, quise compartir con ustedes esta historia a la cual titulé “La isla del capitán”. Espero que la disfruten tanto como lo he hecho yo.

NOTA 1: He tratado de mantener la gramática con la cual fue escrita el relato, pero como verán mi intento ha sido infructuoso debido a mi desconocimiento del castellano antiguo, espero puedan dispensar esta falta de mi parte.

NOTA 2: Pido mis disculpas a todas y todos aquellos que me han visitado o comentado y a quienes no les he atendido como acostumbro. Me encuentro actualmente en la ciudad de Maturín, al oriente de Venezuela, iniciando una nueva etapa laboral. Posiblemente ahora mis escritos sean más distanciados los unos de los otros, sin embargo, igual seguiré aquí, leyéndoles y escribiendo para ustedes.


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Mi nombre es Antonio José Martín De Los Santos y Martínez, capitán de la fragata Santa Eduviges de la Real Armada de Su Majestad. El diario que ahora Usted lee, fue escrito mientras viví en una isla ubicada en alguna parte del océano Pacífico. Mi barco, la Santa Eduviges sufrió los embates de un grande vendaval siendo yo, el único sobreviviente de la dicha tragedia.

No fue menester de mi parte el narrar mis desdichas por flojera o enojo que ninguno me embarga, sino por falta de papeles, tinta y pluma. Que los encontré mientras andaba de pies por una de las playas ubicadas al éste de la isla, donde tropecé con los restos de lo que debió ser la carga de un bergantín.

Para no dar más trastes a esta mi historia, paso a narrar lo que me ha acontecido en todos estos días en que me he hallado sólo, con mi única y propia compañía y la de todos los santos. He de aclarar que no pretendo escribir éste diario desde el principio de mi desventura, sino desde el que considero mi primer día aquí: Hoy. También considero pertinente advertir al posible lector que sólo escribiré aquellas vivencias que han de ser relevantes en mi austera y solitaria existencia en ésta isla, lo hago de esa manera, puesto que mis días no son más que la repetición de unos y otros sin mayores cuestiones que contar. Hechas estas aclaratorias, he aquí mi historia.

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Día 1: Luego de revisar la playa donde encontré de estos artilugios para escribir, logré ubicar un arcón que contenía algunos enseres completamente inútiles para mi: una lámpara sin aceite, monedas y doblones de oro y plata, dos collares, uno de perlas engarzadas con sus respectivos pendientes y otro de fino oro, entretejido por las manos de un fino orfebre. Lo único útil era el arcón, sin embargo y presa de la típica codicia decidí guardar todo en espera de un porvenir menos aciago. Más allá encontré otras mucho más útiles: Un hacha grande de doble hoja, un martillo junto a una pequeña caja llena de clavos – un verdadero tesoro –, algunas cuerdas de distinto grosor y longitud, dos piedras de yesca que serían una de mis posesiones más preciadas a partir de ese día, otra caja que contenía no menos de quince pares de botas de varios estilos, por suerte dos de esos pares de botas me quedaron a la perfección. También hallé tres pares de pantalones de paño, no muy convenientes para mi entorno pero bienvenidos igualmente. Por último – ¡oh grande dicha! – en ese mismo sitio, encontré una bolsa grande de más o menos treinta libras de fino tabaco y tan grande fue mi suerte que tirada un poco más allá, encontré una hermosa pipa de marfil con la que podría aprovechar aquel encantador regalo. Demás está decir que estuve todo el día cargando hacia mi morada todas aquellas maravillas que el cielo me enviara. Conseguí algunas otras cosas bastante útiles, pero no quiero aburrir al lector con la mención de cada una de ellas. Baste decir que aún cuando examiné cada uno de los restos del naufragio, no encontré señal de persona alguna, ni viva ni muerta.

Día 4: He despertado con mi cabeza vuelta tripas. Me tomé dos botellas de un vino que encontré entre las cosas que traje a casa y luego de la primera botella no tengo más recuerdos. Se que bailé, canté y reí mucho. Fue una noche de fiesta que no olvidaré en mucho tiempo. Aún me quedan veinte o treinta botellas, las cuales he metido en un saco y luego las sumergí en el agua fresca de un riachuelo cercano, espero que de esta manera el vino no se convierta en vinagre.

Día 24: Anoche volvió a hacer tormenta. En el mar, un poco más acá del horizonte pude apreciar algunas luces. Creo que algún navío en desgracia ha sido devorado por estas malditas aguas. Hoy sigue lloviendo a cántaros y no deseo ser pescado por algún mal del pecho que me arranque de éste mundo. Cuando cese la borrasca iré a la playa a ver que sucedió.

Día 28: Sigue lloviendo a cántaros, pareciera un nuevo diluvio. Tuve que huir hacia el interior de la isla dejando mis trastos abandonados para refugiarme en una gruta cercana. Espero encontrar algo cuando regrese. Traje conmigo las piedras de yesca, el tabaco y la pipa.

Día 31: La lluvia ha amainado, he ido a la casa y aún cuando todo está en desorden todos los objetos importantes se han salvado. Hice una mudanza rápida llevándome todo lo que pude a la gruta, cuando todo esto termine me mudaré definitivamente. La cueva no es un lugar muy acogedor, pero ofrece protección y refugio contra el ambiente.

Día 33: ¡Por fin la lluvia cesó! Desde la mañana temprano me fui a mi antiguo lar y recogí el resto de mis cosas haciendo seis viajes. Esta noche me dedicaré a armar mi nuevo hogar.

Día 36: He terminado de mudarme y los últimos dos días los dediqué a construir una especie de empalizada que me servirá de defensa contra algunos de los animales que pueblan la isla. No es que estos sean agresivos, pero se comen todo.

Día 40: Hoy he ido a la playa, no se si hubo algún naufragio, pero si así fuera, los restos del navío han sido arrastrados por las propias aguas.

Día 59: ¡Estoy lleno de espanto! Más allá de la playa norte, la cual dista aproximadamente media legua he visto pisadas. He medido mis pies en ellas y mis huellas son mayores. ¿Será algún tipo de demonio? ¿Un duende tal vez? Dios, dame fuerzas para enfrentar lo que hay fuera.

Día 66: Después de algunos días de mucho meditarlo, he decidido ir en busca del dueño de las huellas. He tomado mi hacha y con más temor que valía he salido en su buscarle.

Día 70: Mi búsqueda ha sido infructuosa. No he logrado encontrar huellas. He decidido tomar algunos comestibles y continuar mi batida más allá de los límites de lo que hasta ahora ha sido mi territorio.

Día: 74: Más allá de donde nunca he llegado he visto otra vez las huellas. Esta noche dormiré bajo algunos árboles caídos que pueden servirme de escondrijo.

Día 75: Anoche escuché algunos ruidos, pisadas y voces. Éstas son finas, casi femeninas, el temor no me dejó mover, pero por el sonido se que estaban a unas pocas varas de mi. Me temo que se trate de algún tipo de hadas o algo peor.

Día 76: Temblando, he salido hoy de mi escondite, he seguido las huellas un buen trecho. Por lo que pude observar se trata por lo menos de dos personas o lo que sea. Llegué a una pequeña colina y desde su cima pude ver algo parecido a un campamento. Hay una construcción hecha de ramas y hojas de palma parecida a una choza, sin embargo no pude ver a nadie. Esta noche les atacaré y trataré de someterles.

Día 77: ¡Cuanta gracia la de Nuestro Señor! ¡Sus caminos son infinitos! Anoche me deslicé silenciosamente hasta la choza y con una antorcha en una mano y mi hacha en la otra, dando unos alaridos que hasta a mí me atemorizaron, entré para atacar a sus ocupantes. No bien estuve dentro, mis gritos se mezclaron con los de las dos ocupantes. ¡Si!, dos damas que se acurrucaron al fondo, eran los duendes que tanto me habían espantado. Al verme todo desfigurado por la luz de la tea empezaron a llorar mientras se abrazaban protegiéndose la una a la otra. Al percatarme de todo no pude menos que echarme a reír, reí tanto que tuve que sentarme en el suelo para no caer, grandes lagrimones corrían por mi sucio rostro haciendo surcos en la tierra que lo cubría. Después de un rato, las damas empezaron a reír también. Primero entrecortadamente, mezclando sus risas con gimoteos y sollozos y luego riendo a mandíbula batiente. Creo que fue una reacción provocada más por el temor que por la gracia de aquella situación.

Día 78: He pasado todo el día con las dos damas de la choza. Hemos estado tratando de entendernos mediante señas, puesto que hablan otro idioma. Deben ser flamencas porque muchas de sus expresiones son francesas. Se ve que son damas de gran linaje, sus manos y modales así me lo indican. He logrado entender que una de ellas se llama Michelle y la otra tiene un nombre que aún no logro entender. Como pude les he indicado que vengan conmigo, a lo cual han accedido. Mañana partimos hacia mi hogar. ¡Soy feliz! Ya no estoy sólo.

Día 81: Hemos caminado todo un día, con algunas lianas y unas ramas que he cortado con mi hacha hice una especie de camilla donde hemos montado las pocas cosas que las damas poseen. Debo decir que ambas están bastantes flacas, por lo que he podido entender se han alimentado sólo de raíces y algunas frutas que han encontrado. Antes de partir, me mostraron un montículo donde ambas enterraron el cuerpo de alguien que debe haber sido importante para ellas porque ambas lloraron penosamente. Espero que podamos entendernos pronto para poder saber que ocurrió.

Día 82: Con el mayor cuidado preparé para las damas un rincón dentro de mi cueva. Ambas estaban bastante cansadas. Luego de comer opíparamente algunos de mis manjares – carne de pescado seca, algunas frutas que les he traído especialmente – han caído rendidas.

Día 84: Las dos damas han dormido casi dos días, creo que el miedo y el hambre no les deben haber dejado mucho espacio para el descanso. Nuevamente hoy hemos tratado de entendernos. Las he llevado a la playa donde vi por primera vez sus huellas y mediante señas me dieron a entender el sitio donde el mar las arrojó luego del naufragio de su embarcación. Esa noche, al verlas de tan buen ánimo, me he atrevido a brindarlas con una de mis botellas de vino, los tres hemos reído de buena gana durante gran parte de la noche.

Día 101: Mademoiselle Michelle y mademoiselle Antoinette – que así se llama la otra dama – y éste servidor hemos dedicado por completo las dos últimas semanas a entendernos. Ahora se que si es francés lo que hablan, pero lamentablemente nunca me preocupé por aprender otra lengua que no fuera la de nuestra hermosa Castilla. He aprendido algunas palabras y ya logro armar frases para hacerme entender. Ambas son hermanas. Mademoiselle Michelle tiene sólo veinte y tres años y mademoiselle Antoinette hace sólo unos meses cumplió la mayoría de edad. Ahora también se que la persona que enterraron era su tutor, un tal monsieur Jean no se qué. Iban rumbo al Canadá provenientes de los mares del sur de China cuando su barco fue atrapado por la tormenta de aquella noche. Gracias al tal Jean, los tres lograron salvar la vida. Lamentablemente para monsieur Jean, al tratar de tumbar unos frutos de un gran árbol cayó accidentalmente rompiéndose el cuello con el fatal desenlace.


Continuará...
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Cartas de Felipe y Elizabeth, ¿Elizabeth?

Querida Elizabeth:

La carta que ahora tienes en las manos podría serte extraña luego de nuestra última conversación. Se que hablamos de la imposibilidad de continuar con nuestra relación, de que lo mejor para ambos era darle punto final a todo. Se que hasta nos dimos un beso en la mejilla y un apretón de manos en señal de que todo terminaba de la mejor manera.

Que mentira, que falsedad la mía. Debo admitirlo, ese día te engañé, lo hice porque pensé que en cualquier momento luego de que te levantaras de aquella mesa en el café voltearías y me sonreirías en señal de que nada podía terminar. Te mentí porque mi valor no fue suficiente para pedirte que te quedaras. Me burlé de ti, porque aún cuando anhelaba correr detrás de ti y decirte lo mucho que te amo, mis piernas quedaron petrificadas. Sólo mis manos se movieron y ni siquiera lo hicieron para despedirse, lo hicieron sólo para ocultar el llanto que bañaba mi rostro.

Aún sigo sin entender que ocurrió. Nos amábamos y creo fervientemente que aún nos amamos. Nunca discutimos por nimiedades, jamás los celos empañaron nuestra relación y menos aún las mentiras o los engaños, todo lo conversábamos, todo los planteábamos para solventar cualquier desavenencia. ¿Qué ocurrió entonces Elizabeth?, dime, ¿qué sucedió que hizo que todo cambiara?

Que de alegrías, que de ternuras, que de pasiones pasamos juntos y aún podríamos pasar. Sólo piénsalo. Fuimos felices compartiendo, haciendo el amor, planeando y hasta cuando las cosas no sonreían fuimos felices. ¿Porqué negarnos entonces el seguir viviendo eso?

Te repito, piénsalo, yo estaré esperándote.

Te ama profundamente,


Felipe
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Apreciado Sr. Felipe:

En primer término, no tuvimos una conversación. Le recuerdo que Usted es mi paciente. La mención que hace a no poder continuar nuestra relación no es más que su enamoramiento de mi persona. Soy su psicólogo, me llamo Alfredo Gutiérrez no Elizabeth. Nunca y le repito, nunca nos dimos un beso, ni en la mejilla ni en ninguna otra parte, el apretón de manos si ocurrió y fue cuando me despedí de Usted en la idea de que aceptaba el cambio de terapista.

Usted no ha mentido nunca, por lo menos no a mi. Es Usted un hombre con graves problemas, padece de una severa alienación respecto al mundo que le rodea. Por cierto, tampoco estuvimos en un café, lo que si hicimos fue tomar café en mi consultorio durante las sesiones semanales que teníamos. Usted no puede pedirme que me quede, porque no soy mujer, nunca he mantenido una relación con Usted que no sea la meramente profesional y porque le repito, ¡no me llamo Elizabeth!

Las burlas las mantiene Usted en su psique, ¿para dónde iba a correr? Fue Usted quien se retiró, bastante enojado, por cierto, luego de que le indiqué que no podría seguir tratándole. Si lloró, lo haría luego de salir de la consulta y la verdad ya me importa un bledo.

No puede entender que ocurrió porque se niega a aceptar la realidad. Señor Felipe, Usted tiene ya cincuenta y dos años y jamás se ha casado, nunca ha mantenido una relación estable con nadie y menos aún ha amado, no puede hacerlo, su enajenación no se lo permite, por eso estaba en tratamiento conmigo. ¿Cómo puede ocurrírsele que habría celos entre nosotros? Y por supuesto, todo lo conversábamos porque de eso se trata una terapia con el psicoanalista, de conversar los problemas del paciente. No ocurrió nada señor Felipe, nada que no tenga que ver con esa obsesión suya de estar enamorado de una tal Elizabeth que: ¡no soy yo!

¿Alegrías? Todas las que he vivido luego de que Usted dejó mi consulta, oscurecidas hoy por esa absurda carta suya. No hemos hecho el amor, lo único que planeábamos eran las terapias a seguir y claro que todo dejó de sonreír cuando Usted se empeñó en llamarme Elizabeth.

No hay nada que pensar Señor Felipe, ya giré instrucciones para que se le administraran algunos antidepresivos, de igual manera solicité al Dr. Horacio que no le permitiera enviarme más correspondencia. Por mi puede estarse esperando eternamente, ya no me importa nada, le detesto Señor Felipe, Usted y su psicosis me amargaron la existencia, sólo espero que su estancia en Bárbula sea de su total agrado.

Sin más a que referirme, quedo de Usted,


Dr. Alfredo Gutiérrez
Psicólogo
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Apocalipsis de silicio

Un grito estremecedor me hizo saltar en mi silla. Dos mesas más allá una mujer gritaba histérica mientras agarraba su pecho. Corrió como loca hacia los baños y desapareció tras la puerta, detrás de ella un hombre corrió pero sin poder alcanzarla. Se detuvo frente a la puerta del baño de damas y miró hacia el resto de los comensales que en ese momento llenábamos el restaurante.

Con el grito y la carrera de aquella mujer mis nervios se alteraron sobremanera. Aproveché que un mesonero pasaba a mi lado y le pregunté que ocurría.
- No lo se caballero, esa mujer se levantó pegando gritos y se metió al baño. El cajero ya llamó a la policía, es lo único que puedo decirle.

Miré hacia el baño y el hombre aún estaba ahí, esperando, se había acercado a la puerta y tocaba ésta mientras llamaba a la mujer, por lo menos eso creí, puesto que la distancia no me permitía escuchar.

Pocos minutos después, unos agentes de policía uniformados entraron al local. Se dirigieron a la caja y pude ver como el cajero les señalaba hacia el baño de damas. Todos los clientes que nos encontrábamos ahí estábamos curiosos por saber que ocurría. Los agentes se acercaron al hombre que aún seguía fuera y hablaron con él. Luego uno de los uniformados se atrevió a pedir: - ¿Podría alguna de las damas presentes tener la amabilidad de entrar e informarnos que ocurre? - luego quedó mirando alrededor.

Unas cuantas mesas más allá de la mía, una chica de unos veintitantos años levantó la mano tímidamente. La otra joven que la acompañaba la haló por la blusa, pero la primera sacudió su mano en señal de rechazo. Se levantó de su mesa y se dirigió hacia los dos policías y el hombre.

Conversó con los agentes y luego entró al baño, su temor era casi visible. Los que veíamos la escena estábamos tan tensos o tal vez más que la chica. Sentí admiración por su valor y me acomodé lo mejor que pude para observar la escena.

Segundos después de que la chica desapareciera detrás de las puertas, se escuchó un grito agudo y corto, los policías no aguantaron más y entraron de inmediato a la habitación. Después de unos instantes el agente que antes se dirigiera a todos salió gritando en dirección a la caja: - ¡Llame a una ambulancia, rápido!

Todos en el restaurante nos quedamos paralizados, el oficial volvió a entrar al baño mientras el hombre que aún seguía fuera trató de detenerle en procura de que le dijera que ocurría. El agente del orden no le prestó atención y salió poco después con la chica que se había ofrecido de voluntaria. Esta lloraba a mares y movía su cabeza en señal de negación. La llevó hasta su mesa y llamó a uno de los mesoneros, ahora todos mirábamos a la joven, le dijo algo que tampoco pude escuchar y éste salió corriendo hacia la cocina, apareciendo poco después con un gran vaso de agua. Se lo dio a la joven y esta bebió algunos sorbos mientras su llanto continuaba, la amiga que había quedado en la mesa le abrazaba consolándola. El policía regresó al baño y todos dejamos de prestar atención a la joven para concentrarnos en lo que ocurría en el baño.

Paso un largo rato donde nadie sabía que ocurría, el oficial de policía salió nuevamente del baño y conversó con el hombre que desesperado esperaba fuera, éste se llevó las manos a la cabeza mostrando su preocupación, hizo un gesto de asentir y entró al baño junto al agente.

No se cuanto tiempo pasó, pero luego de un silencio casi palpable, empezó a escucharse un rumor en todo el local, los comensales hablaban en murmullos los unos con los otros. En mi caso nada podía hacer puesto que estaba sólo, me limité a tratar de escuchar los pero fue inútil. De pronto, por la puerta principal se escuchó un estruendo y de la nada aparecieron dos paramédicos con una camilla, miraron en todas direcciones hasta que un hombre que se hallaba en alguna una mesa les grito: - ¡Por aquí, es en el baño de damas!

Los dos paramédicos corrieron entre las mesas con su camilla y debo admitir que me causó asombro que no tropezaran con nada ni nadie. Entraron al baño y nuevamente se hizo el silencio. Algunos minutos después salieron junto a los dos oficiales de policía, el hombre y la mujer, quien acostada y arropada hasta el cuello parecía inconsciente. Salieron por la puerta principal y esta vez el murmullo se hizo vocerío, todo el mundo hablaba sobre lo ocurrido.

Mi apetito se había ido quien sabe donde, por lo que le pedí al mesonero la cuenta. Cancelé y salí de allí. Esa tarde no pude concentrarme en el trabajo, no podía. La imagen de esa mujer corriendo y gritando como loca no me dejaba en paz.

Esa noche, un poco más tranquilo me puse a ver televisión. Cambiando canales sin ton ni son, logré escuchar algo que captó mi atención: - Se han presentado algunas emergencias en toda la nación, mujeres en todas partes están siendo víctimas de un extraño virus. - Decía la periodista en un tono sin emociones de ningún tipo.

Luego de esas palabras, las noticias siguieron su curso sin nada que llamase particularmente mi atención. Al rato quedé dormido.

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Uno o dos días después, mientras tomaba una taza de café en la cocina de la oficina dos compañeros charlaban.
- ¿Supiste lo del virus de la silicona? - preguntaba uno con cara de asombro.
- ¡Claro! Pero lo más arrecho es que no sólo ataca la silicona, ataca cualquier cirugía plástica, no importa si es una liposucción, una rinoplastia, unos labios llenos de bótox. ¡Hasta las reconstrucciones de himen! ¿Qué tal? - respondió el otro con una expresión entre burlona y sarcástica.
- O sea, que las que tienen virgos de lata… ¿se jodieron? - preguntó el primero casi riéndose.
- No sólo eso, es que cualquiera que se haya echado cuchillo tratando de ponerse más bella, va a quedar desarmada como si de un aparato dañado se tratara.

Un poco dubitativo concluyó el primero: - Sólo ataca mujeres entonces.

Un gesto afirmando tal conclusión fue la respuesta del segundo.

Tomé mi último sorbo de café y salí disparado de allí. ¡Era terrible lo que estaba ocurriendo! Me senté en mi escritorio y estuve meditando un rato. De pronto una preocupación vino a mi cabeza, algo de lo que no me había percatado. ¿Qué pasaría ahora con mi hermana y sus nuevos pechos o con mi amiga Sabrina y su reconstrucción facial? Quise tomar el teléfono pero un ruido de platos rotos me sorprendió. Algunos compañeros y compañeras corrieron hacia la cocina, yo hice lo mismo. Al asomarme, veo a Luis - uno de los que hablaba hacía sólo unos minutos - tirado, revolcándose en el suelo mientras sus manos se apretaban contra su entrepierna, una gran mancha roja empezaba a teñir su pantalón.

Un frío temor recorrió mi espalda, salí corriendo, tenía que comunicarme urgentemente con mi hermana. Busqué mi celular y marqué su número. Del otro lado de la línea sólo una máquina respondió a mi llamado.

Salí de la oficina y cojí por las escaleras, bajé los tres pisos hasta la planta baja casi matándome. Salí a la calle y mi miedo se convirtió en temor, por todas partes se escuchaban gritos, quejidos, llantos, decenas de personas se retorcían, se encorvaban sobre si mismos, había mucha sangre por todas partes, más allá, una mujer convulsionaba mientras de su pecho brotaban ríos de sangre, mezclada con el maldito polímero.

Asombrado y aterrado veía aquí y allá a todas las víctimas de la cirugía plástica caer. Sentí algo que golpeaba mi espalda y me volteé por puro reflejo, lo que vi me hizo perder el conocimiento, un hombre frente a mi estallaba haciendo que sus vísceras dieran contra mi rostro.

Desperté enceguecido por una incandescente luz que deslumbraba en el límpido cielo. El sol brillaba en todo su esplendor, ya no había gritos, tampoco gemidos, llantos o quejas, todo era silencio. Me incorporé y quedé sentado sobre el duro cemento. Miré a mi lado y allí estaba aún el hombre que había estallado frente a mí. Temblando más por debilidad que por miedo me levanté. Por todas partes había cadáveres, hombres, mujeres y muchas, muchísimas adolescentes yacían lacerados, despedazados, simplemente hechos pedazos.

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Ya han pasado cuatro años desde aquel horrible día, la raza humana ya no es la misma, hemos aprendido a aceptarnos tal y como somos, algunos inclusive alcanzaron niveles de sabiduría que nos permitieron al resto entender lo que ocurrió.

Mi hermana vive con mi madre aún, para suerte suya, el médico que la operaría un día antes de la tragedia estalló como si de un globo se tratara, se había realizado no menos de quince operaciones.

No hubo un virus, tampoco se trató de malas prótesis o problemas con las operaciones de belleza. Todo había sido un designio de lo más alto, éramos por origen divino hermosos, nuestras almas lo eran, brillaban con luz propia. Tratar de alcanzar la perfección sólo hizo que el supremo enardeciera y así como el diluvio, la torre de Babel o la destrucción de Sodoma y Gomorra en esta oportunidad nos quiso dar una lección.
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Matarife

Dejé que la hoja del cuchillo corriera suavemente por su cuello y de inmediato un hilo rojo que caía a lo largo de toda la herida empezó a brotar.

La había amarrado de cabeza atada sus extremidades por sendas cuerdas de grueso nylon. Debo decir que no fue nada sencillo. Se defendió con patadas y mordiscos. Su furia era inmensa, sin embargo una fuerte patada la dejó tendida el tiempo suficiente para poder amarrarla fuertemente.

La sangre salía a borbotones y sus ojos vidriosos me miraron en ese justo momento. Me observaba aterrorizada, trató de emitir algunos sonidos, pero la sangre en su garganta y tráqueas, ahora cercenadas por mi certera cuchillada no se lo permitía.

Me senté tranquilamente sobre un banco de madera, saqué de mi bolsillo una cajetilla de cigarrillos y encendí uno mientras observaba como iba muriendo poco a poco. Estaba pálida, ya le quedaban sólo unos minutos. Su respiración se hizo entrecortada, ya no había terror, posiblemente sólo sus pulmones, corazón y cerebro funcionaban. El resto de los órganos de su informe cuerpo estaban muriendo por la falta de oxigenación.

Era maravillosa esa sensación de poder, de saberme poseedor de dar muerte cuando yo quisiera.

Exhalé una bocanada de humo directamente a su rostro, abrió los ojos nuevamente, pero ya no había expresión en ellos. Estaban apagados, grises, ningún sentimiento se apreciaba en ellos.

Tiré la colilla al piso y calló sobre el charco de sangre que se había formado. Tomé nuevamente el cuchillo y lo hundí profundamente en la herida. La cabra no se movió, ya estaba muerta. Un fuerte tirón rompió su cuello y logré desprender la cabeza. Mi trabajo del día había terminado. Ser matarife no siempre es fácil, no señor.
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Tres amores

Hoy ando un poco cursi, no soy de los que se dejan llevar por estos días de marketing y consumismo exacerbado. Eso de "día de los enamorados" o como le llaman ahora "día del amor y la amistad" no va conmigo. Si amo a una mujer se lo digo cada vez que puedo, si amo a un amigo se lo demuestro con mi solidaridad y estima, a mi familia se los expreso a cada momento.

Hoy, sin embargo, he recibido tres grandes demostraciones de amor, tres ejemplos de esas tres maneras de amar, decidí pues escribir tres historias, mismas que reflejan - desde mi muy particular punto de vista - lo que es el amor, o como lo concibo yo. Ustedes juzguen... o disfruten, como prefieran.

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Nervioso miraba a todos lados, te esperaba pero no te ubicaba. En el terminal cientos de personas caminaban de una lado a otro, algunos apuraban el paso, otros cargaban pesadas maletas. Aquí y allá se veía gente despidiéndose, otros se abrazaban cariñosamente cuando quien esperaban arribaba.

Habían pasado ya algunos años, no sabía como te verías, ¿estarías mal delgada o tal vez habrías ganado algunos kilos?. Tu cabello, largo o corto, cómo estarías vestida, pensaba muchas cosas, muchísimas. Mis manos sudaban, estaba muy nervioso.

Mi mirada iba de uno a otro sitio y fue cuando te vi. Tu también buscabas, mirabas en todas direcciones escrutando, me acerqué a ti con una gran sonrisa y abrí mis brazos, en ese momento nuestros ojos se encontraron. Sonreíste e imitaste mi gesto. Nos abrazamos después de todos esos años, en un gran abrazo de ternura, de necesidad, de protección, de amor. Nos miramos directo a los ojos durante algunos segundos, y ahí, en ese sitio mientras la gente caminaba a nuestro alrededor supe que te amaba.

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El bebé miró hacia arriba y vio los ojos de su madre cuya dulzura no cabía en todo el universo. Extendió sus pequeños bracitos y sus manitas se movieron como tratando de tomar miles de cosas. La madre tomó en las suyas las manitas necesitadas y las besó, luego una lagrima salió de su ojo y rodó por su mejilla, se dejó colgar y calló en el rostro del niño, esa lágrima era el riego del amor más grande que jamás existirá ese amor que se repite en miles de lugares en todo el mundo.

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Estabas allí acostado, el accidente no había sido trágico, pero el golpe te hizo perder la conciencia. Un hombre gritó y como pude respondí dándoles nuestra ubicación, el amasijo de hierros atrapaba mis piernas, no podía moverme, un inmenso dolor me hacía llorar, tomé tu mano y sentí como apretabas la mía débilmente.
- ¡Está vivo, ayúdenlo a él!, ¡a mi amigo primero! – luego de eso perdí el conocimiento.

Algunos días después, no se cuantos, abrí los ojos, y estabas ahí, una gruesa venda rodeaba parte de su cabeza, sonreíste y tomaste mi mano. – Ya estas bien, los médicos dicen que con terapia quedarás como nuevo – cerré mis ojos y quedé dormido otra vez. Tenías razón, no había pasado nada, seguíamos siendo amigos. Luego podríamos reír de todo esto.

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Tres historias cortitas, dedicadas a quienes aman, no importa cómo ni a quien. Hoy recibí como regalo una canción que dice mucho más de lo que mi imaginaria podría crear, una canción que expresa todo aquello que nunca nadie me había dicho. Recibí también una hermosa carta firmada por alguien a quien admiro muchísimo, quien me expresa su amistad de una manera tan hermosa que no podré menos que sonreir el resto de la vida. Por último, mi hijo me llamó y sólo dijo: Papá, te amo. Luego colgó.

¿Para qué pedir más?, ¿para qué desear otras cosas? Ya lo tengo todo. A ti mujer, gracias por esa canción, a ti amiga en la distancia, gracias por lo que me has regalado, a tí hijo, vaya toda la energía de la que soy capáz de generar para que mi vida siempre esté preñada de estos pequeños grandes detalles. Yo también te amo.

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NOTA: La imagen fue tomada de Miliarium.
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La nota de suicidio

Entre las miserias de nuestra vida en la tierra, el suicidio constituye el más preciado don que Dios ha concedido al hombre. Plinio el viejo

¿Qué hacer, qué escribir? Necesitas dejar una nota donde explicas el porque de tu decisión. Sin embargo, sin embargo no saber que decir o mejor dicho, no sabes como decirlo.

Sentado en esa silla vieja, frente a ti sólo el pequeño y deteriorado escritorio, encima de este una hoja de papel suelta, un bolígrafo y el oxidado revolver de tu padre. Al lado de éste cinco balas, la sexta está en la única recámara ocupada del arma. ¿Para qué más?, sólo una bastará para terminar lo que decidiste hacer hace ya algún tiempo.
| Sólo 5 hablaron pajita

Carta pública: 1er. intento de ser el peor

A todos mis compatriotas blogueras y blogueros en cualquier parte del universo que se encuentren, sin distingo de credo, nacionalidad, género, estado civil, afinidad política o si les gustan las galletas dulces o saladas.

Considerando que es menester de éste cyberciudadano dar inicio oficialmente a su campaña electoral a los fines de ser electo como el Peor Blog Marihuanero (sigo sin entender que tiene que ver la marihuana en todo esto).

Considerando que debo pues lucirme haciendo gala de mis peores escritos para que sean leídos por todas y todos aquellos que sin oficio alguno se dedicarán a entregar sus votos virtuales en pos de alcanzar la meta antes señalada.

Considerando que me es difícil, por no decir imposible, escribir con errores ortográficos y que por ende quedo descalificado de antemano de tan excelso premio.

Considerando que no soy ni pretendo ser “fresa” en modo alguno lo que acarrea que sea descalificado de esa otra categoría.

Considerando que quienes me postularon para éste honorable premio consideraron que no podía entrar en la categoría de Peor bloguero más feo (eso tampoco pude entenderlo).

Considerando que no se me ocurre nada realmente desagradable, despreciable, sin valor alguno moral o éticamente, nada que pueda ser considerado lo peor.

Considerando que soy más bien malo para esto de manejar mi propia imagen.

Considerando que fui sacado a patadas de la categoría de Peor plantilla (esto fue realmente una injusticia, más aún cuando he dicho en oportunidades anteriores lo mucho que detesto a Blogger Beta – que ya no es beta).

Considerando que ya he escrito bastante paja y que considero que quien haya llegado aquí es porque realmente no tiene nada que hacer sino darme su voto.

Pido a todas las blogueras y todos los blogueros de éste planeta, aquellas y aquellos que son de aquel que ya no es planeta (¿era Plutón o Urano?), y a todas y todos aquellos que viven en el infinito y más allá (perdóname Buzz Lightyear) se sirvan darle a éste humilde servidor su voto para poder lucirme marihuaneando eternamente en estos limbos virtuales y poder así lograr mi sueño – más bien alucinación – de ser un escritor respetable y admirado.

Comuníquese y publíquese en el Palacio Bloguero Legislativo a los trece días del mes de febrero del año dos mil siete, treinta y cinco del nacimiento de nuestro máximo prócer virtual – osea yo –, y décimo séptimo de la reunificación alemana.

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La imagen es personal y la chica - quien en realidad es mi abuela - nada tiene que ver en éste rollo, se les agradece a los morbosos no meterse con ella.
| Sólo 26 hablaron pajita

Él y yo, una historia absurda (¿?)

Él siempre está hablando, habla muchísimo. Habla sobre sus cosas, sobre lo que siente, sobre lo que le ha ocurrido, sobre sus aventuras – como él llama a sus vivencias –, habla sobre sus amores, sobre sus anhelos. De verdad habla mucho. Sin embargo, debo decir en su favor que no es cansón, al contrario, resulta divertido. Por otra parte, siempre está diciéndome que me ama, eso me turba, me hace sentir bien, me halaga, pero me turba. Constantemente me expresa sus sentimientos y las cosas que provoco en él. Le sonrío y con eso el se siente feliz.

No se si será un conformista, no lo creo, pero es que cualquier tontería que hago le llena de una alegría que podría ser falsa – si me dejo llevar por mi desconfianza -, sin embargo creo que son tantas esas expresiones que no pueden ser simuladas.

Yo le quiero, es un amigo, un compañero, un amante, un gran cariño. Apareció de la nada y se ha convertido en un rayito de luz en mi vida. Es capaz de hacerme sentir muchas cosas, yo que me considero una mujer dura, que soy capaz de enfrentar muchas cosas, me siento ante él completamente desnuda, no se como lo hace, pero siempre logra saber lo que pienso o siento y si no atina completamente se acerca mucho a la verdad.

A veces, de repente, calla. Me mira directamente a los ojos y pregunta: – ¿Qué te ocurre? – otras veces sólo me ve – siempre directo a los ojos – y me dice: – Háblame, soy yo quien siempre está diciendo cosas y me gusta escucharte. Cuando eso ocurre, entonces me libero, puedo hablar con él por mucho tiempo y siempre escucha atento, realmente debo interesarle a éste hombre. Puedo contarle mis cosas, hablarle de mi trabajo, de mi hogar, de mis problemas. Él oye todo sin decir palabra, hace muchas muecas, eso si, pero escucha interesadamente hasta que hago alguna pausa para darle cabida. Allí empieza entonces a darme palabras de aliento si el decaimiento me abate, palabras de valor cuando no me siento capaz de enfrentar algo, palabras de cariño cuando me siento triste, palabras de amor cuando las necesito, me orienta cuando pierdo el rumbo... Me presta tanta atención que puedo hablarle de cosas de mujeres sin sentir que hablo con alguien que no entiende.

En la intimidad lo beso, el tiembla, tiembla como una hoja seca, tanto así me desea. Es capaz de decirme que me ama hasta mil veces por minuto, yo le correspondo con una sonrisa y él me devuelve el gesto con ojos de enamorado. Él me recorre con sus manos, me besa desde los pies hasta la punta del último cabello. Me explora, me busca en cada rincón de mi misma. Es un amante tierno, divertido, porque hasta haciendo el amor me hace reír. Siempre se burla de si mismo, payasea. Yo sólo me dejo llevar.

Me llama varias veces al día, conversamos de todo, de lo que nos ha sucedido, de lo que sentimos, de lo que deseamos, nos contamos chistes y nos burlamos el uno del otro. A veces cuando hay oportunidad podemos conversar hasta que nuestros móviles quedan descargados. Cuando las circunstancias no nos lo permiten, entonces nos enviamos mensajes de texto

¿Amarle?, una vez se lo dije, estaba ebria. Luego nunca más lo he hecho, no creo que vuelva a hacerlo, por lo menos no en muchos años. No deseo lastimarle, pero así son las cosas. No es que no le quiera, pero amarle va más allá de lo que yo misma puedo permitirme. Mis razones son irrelevantes, es que así sucede y listo.

Él no me presiona, no me empuja, pero se que está tratando de llevarme por un camino del que no se si quiero salir. ¿Qué podrá ocurrir en un futuro entre nosotros?. No lo se, pero ambos estamos de acuerdo en que mientras esto dure será maravilloso para los dos y siempre lo disfrutamos al máximo.

Él se ha venido metiendo poco a poco en mis cosas, y no puedo – o no quiero – evitarlo, no lo se. Aquí es cuando mi feminidad me traiciona, empiezo con todo ese enredo, esa indecisión, ese tira y encoge. No se si eso le afecte a él, no lo se, pero hasta ahora si fuera así él no lo demuestra.

Ser mujer es difícil, quererle a él es difícil, dejar de quererle también. Debo dejar esto hasta aquí, me está llamando, debo contestar...

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NOTA: La imagen que adorna éste post fue tomada de InterarteOnline, es una pintura al óleo de Jorge Campaña Barranco y se titula: Amante.