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| Sólo 3 hablaron pajita

Superbia

El niño - de unos doce o trece años - cerró los ojos, apretándolos con tal fuerza que sintió dolor en las órbitas, sus manos eran dos pimientos rojos agarrotados por la fuerza conque las comprimía la una contra la otra, los dedos entrelazados. Sus dientes empezaron a rechinar y de la comisura de sus labios empezó a correr un delgado hilo de sangre, éste bajaba por su barbilla, goteando sobre su pecho. En un momento determinado, de escuchó un crujido sordo: uno de sus dientes había estallado debido a la presión que hacía mientras cerraba las mandíbulas. Su respiración era rápida, furiosa y gruesos goterones de sudor corrían por sus sienes y frente en tales cantidades que parecía que le hubieran bañado de pies a cabeza. El dolor que sentía en su espalda, en sus costillas y en sus piernas era horrible, pero ni un sonido escapaba de su boca y menos aún, ninguna lágrima era derramada por sus ojos.
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Invidia

María Alejandra entró a la oficina a paso rápido, sus largas piernas cubiertas hasta la mitad de sus muslos por una hermosa falda rojo carmesí, eran todo un espectáculo. Delgada, de elegante caminar, alta, con una melena negra que revoloteaba aún cuando no hubiera brisa, una sonrisa perfecta y para rematar unos ojos azules como el mismísimo cielo coronaban a aquella hermosa mujer. Es María Alejandra además, una mujer extremadamente inteligente, que se había convertido en Gerente de nuestro departamento rápidamente. Por supuesto no había hombre dentro o fuera de la oficina que no tuviera gestos amables y palabras de halago hacia ella. Cuando ella entraba a cualquier lugar era centro de atención, sus gestos para con todos, su siempre presente sonrisa, su amabilidad, su… su todo. La odio, si, no puedo ni quiero evitarlo, ¿cómo no hacerlo? Tanta perfección me es repulsiva, tanta sonrisa me asquea, tanta belleza me hace detestarla infinitamente.
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Ira

Alfonso Dos Santos y Vasconcelos, inmigrante portugués llegado a Venezuela hacía ya más de cuatro décadas era un hombre cuya vida era plena. Con su propio esfuerzo se había convertido en un empresario poderoso y, sobre todo, muy rico.

Dos Santos llegó con la tercera oleada de emigrantes que llegaron de Europa a finales de los sesenta, cuando aún no era Venezuela el paraíso tropical-saudí en que se convertiría algunos años después.
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Luxuria

No insista, porque no me siento culpable. Tal vez avergonzado, pero arrepentido no y quiero contárselo todo, trataré de no omitir detalles. No tiene que gritarme. Voy a decirlo todo. A ver...

Después de tomarme unas ocho o diez cervezas, el alcohol estaba ya haciendo su trabajo en mi cerebro. Medio adormilado, sentado en una silla en la barra de ese bar, me dedicaba a mirar las burbujas que subían a través del dorado líquido, mi mente estaba completamente distraída, me hallaba perdido en mi propia ebriedad, pensando sin pensar y viendo todo sin mirar nada.
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Avaritia

Miguelina Montes pasaba de los setenta años, sus cabellos ya blanqueados por el tiempo siempre estaban amarrados con un moño tan apretado que parecía estarle halando dolorosamente la piel del rostro. Sus ojos quedaban achinados de tanto que aquel moño estiraba su envejecida piel. Su vestimenta se acomodaba a aquel rostro de manera extraña, vestía siempre faldas largas que arrastraban por el suelo a sus espaldas y caían sobre sus pies dejando sólo las puntas visibles. Los colores eran siempre obscuros. Cubría su pecho con blusas siempre en tonos grisáceos, algunas veces un estampado en flores - siempre rosas -, adornaba la tela de tan adusta vestimenta. Sus grandes tetas caían dentro de la tela llegando hasta su cintura, donde el fajín de la falda evitaba la salida de estas por la parte inferior de la blusa. No importaba que falda o que blusa utilizara, se veía eso si, que aquella ropa era vieja y muy usada, algunas de las blusas dejaban ver su piel marchita y sus tetas caídas debido a la transparencia que el desgaste producía en la tela.