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Carta para tí - 1

Hacía tiempo que no te escribía. No tenías que recordármelo, lo se porque dejé de escribir por propia decisión. No es que dejara de quererte, en lo absoluto, es que no me provocaba escribir. Igual jamás recibo respuesta. A veces siento que estoy sólo, que esto ocurre en uno sólo de los dos lados de la avenida.

No me juzgues mal, porque en todo caso no estoy haciéndote reproches. Nada más lejos de mis intenciones que venir a estas alturas del partido a recriminar tu distanciamiento, tu lejanía cada vez más palpable, pero me pediste que escribiera y así lo hago, aclarándote además que no te escribo porque me sienta presionado u obligado a hacerlo, lo hago porque lo pides y porque ya veía venir esa necesidad siempre creciente de decirte todo lo que siento, pienso y percibo respecto a nosotros.
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El hombre buenhogar

En una entrevista concedida en exclusiva para este blog, tuve el placer de entrevistar a la Dra. Yossie Soi Vishi Ta, hembrista acérrima, especialista en relaciones de pareja y teórica - palabra muy en boga últimamente en Venezuela - del comportamiento masculino moderno. Autora de más de veinte libros sobre la sexualidad humana, las relaciones hombre - mujer, hombre - hombre y mujer - mujer. Sus tratados, ensayos y artículos han sido publicados en cientos de revistas y diarios en todo el mundo. Sus obras han sido traducidas incluso al maracucho y el espanglish.
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La felicidad es una decisión

Ernesto hablaba y no parecía el mismo. Sus ojos brillaban y su voz tenía otro tono, el tono de alguien que no sólo sabía lo que estaba diciendo, sino que estaba plenamente convencido de la certeza de sus palabras. Escuché de el este corto monólogo que ahora con su permiso publico en su propia página.

Como te digo amigo, la felicidad es una decisión. En serio. Es como cuando quieres ir de viaje y decides ir a tal o cual ciudad. Es como decidir que carro comprar. Es como cuando eliges la pintura con la cual decorarás tu casa. Eso es la felicidad, una simple decisión, la felicidad no tiene que ver con situaciones, con la suerte ni con nadie que no seas tu mismo. Decidirte a ser feliz es sencillo, sólo hazlo.
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Superbia

El niño - de unos doce o trece años - cerró los ojos, apretándolos con tal fuerza que sintió dolor en las órbitas, sus manos eran dos pimientos rojos agarrotados por la fuerza conque las comprimía la una contra la otra, los dedos entrelazados. Sus dientes empezaron a rechinar y de la comisura de sus labios empezó a correr un delgado hilo de sangre, éste bajaba por su barbilla, goteando sobre su pecho. En un momento determinado, de escuchó un crujido sordo: uno de sus dientes había estallado debido a la presión que hacía mientras cerraba las mandíbulas. Su respiración era rápida, furiosa y gruesos goterones de sudor corrían por sus sienes y frente en tales cantidades que parecía que le hubieran bañado de pies a cabeza. El dolor que sentía en su espalda, en sus costillas y en sus piernas era horrible, pero ni un sonido escapaba de su boca y menos aún, ninguna lágrima era derramada por sus ojos.
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De amor y deseo

Amor y deseo son dos cosas diferentes; que no todo lo que se ama se desea, ni todo lo que se desea se ama

Miguel de Cervantes Saavedra

¿Cómo no amarte, cómo no dejar que mi corazón se retuerza en delirios por ti? ¿Cómo evitar que mi pulso se altere cuando te acercas, cómo detener todo el huracán de pasión que desatas dentro de mí? ¿Qué parezco no escucharte, qué no te presto atención? No puedo, no puedo hacerlo, tu revuelves mi interior, sólo la pasión, el amor desenfrenado, el deseo incontenible, las ansias, las ganas, la ternura, el cariño... ¿Te fijas?, me pones loco, empiezo a desvariar, no coordino mis ideas.

¿Pero es que acaso soy dueño de lo que siento? ¿Soy poseedor del poder para decidir sobre lo que mi alma anhela? ¿Puedo acaso controlar la turbación que causas en cada una de mis moléculas siempre que te percibo sin importar la distancia?
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Invidia

María Alejandra entró a la oficina a paso rápido, sus largas piernas cubiertas hasta la mitad de sus muslos por una hermosa falda rojo carmesí, eran todo un espectáculo. Delgada, de elegante caminar, alta, con una melena negra que revoloteaba aún cuando no hubiera brisa, una sonrisa perfecta y para rematar unos ojos azules como el mismísimo cielo coronaban a aquella hermosa mujer. Es María Alejandra además, una mujer extremadamente inteligente, que se había convertido en Gerente de nuestro departamento rápidamente. Por supuesto no había hombre dentro o fuera de la oficina que no tuviera gestos amables y palabras de halago hacia ella. Cuando ella entraba a cualquier lugar era centro de atención, sus gestos para con todos, su siempre presente sonrisa, su amabilidad, su… su todo. La odio, si, no puedo ni quiero evitarlo, ¿cómo no hacerlo? Tanta perfección me es repulsiva, tanta sonrisa me asquea, tanta belleza me hace detestarla infinitamente.
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Hoy me acordé de ti

Hoy me acordé de ti y se me ocurrió que podía escribirte algo bonito, algo rosa, algo que expresara lo que ocurrió entre ambos, sin embargo mi mente se desvió de ese propósito y al final sólo momentos lúbricos llegaron a mi.
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Ira

Alfonso Dos Santos y Vasconcelos, inmigrante portugués llegado a Venezuela hacía ya más de cuatro décadas era un hombre cuya vida era plena. Con su propio esfuerzo se había convertido en un empresario poderoso y, sobre todo, muy rico.

Dos Santos llegó con la tercera oleada de emigrantes que llegaron de Europa a finales de los sesenta, cuando aún no era Venezuela el paraíso tropical-saudí en que se convertiría algunos años después.
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Luxuria

No insista, porque no me siento culpable. Tal vez avergonzado, pero arrepentido no y quiero contárselo todo, trataré de no omitir detalles. No tiene que gritarme. Voy a decirlo todo. A ver...

Después de tomarme unas ocho o diez cervezas, el alcohol estaba ya haciendo su trabajo en mi cerebro. Medio adormilado, sentado en una silla en la barra de ese bar, me dedicaba a mirar las burbujas que subían a través del dorado líquido, mi mente estaba completamente distraída, me hallaba perdido en mi propia ebriedad, pensando sin pensar y viendo todo sin mirar nada.
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Avaritia

Miguelina Montes pasaba de los setenta años, sus cabellos ya blanqueados por el tiempo siempre estaban amarrados con un moño tan apretado que parecía estarle halando dolorosamente la piel del rostro. Sus ojos quedaban achinados de tanto que aquel moño estiraba su envejecida piel. Su vestimenta se acomodaba a aquel rostro de manera extraña, vestía siempre faldas largas que arrastraban por el suelo a sus espaldas y caían sobre sus pies dejando sólo las puntas visibles. Los colores eran siempre obscuros. Cubría su pecho con blusas siempre en tonos grisáceos, algunas veces un estampado en flores - siempre rosas -, adornaba la tela de tan adusta vestimenta. Sus grandes tetas caían dentro de la tela llegando hasta su cintura, donde el fajín de la falda evitaba la salida de estas por la parte inferior de la blusa. No importaba que falda o que blusa utilizara, se veía eso si, que aquella ropa era vieja y muy usada, algunas de las blusas dejaban ver su piel marchita y sus tetas caídas debido a la transparencia que el desgaste producía en la tela.