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Sólo
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hablaron pajita
De amor y deseo
Amor y deseo son dos cosas diferentes; que no todo lo que se ama se desea, ni todo lo que se desea se ama
Miguel de Cervantes Saavedra
¿Cómo no amarte, cómo no dejar que mi corazón se retuerza en delirios por ti? ¿Cómo evitar que mi pulso se altere cuando te acercas, cómo detener todo el huracán de pasión que desatas dentro de mí? ¿Qué parezco no escucharte, qué no te presto atención? No puedo, no puedo hacerlo, tu revuelves mi interior, sólo la pasión, el amor desenfrenado, el deseo incontenible, las ansias, las ganas, la ternura, el cariño... ¿Te fijas?, me pones loco, empiezo a desvariar, no coordino mis ideas.¿Pero es que acaso soy dueño de lo que siento? ¿Soy poseedor del poder para decidir sobre lo que mi alma anhela? ¿Puedo acaso controlar la turbación que causas en cada una de mis moléculas siempre que te percibo sin importar la distancia?
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Sólo
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Invidia
María Alejandra entró a la oficina a paso rápido, sus largas piernas cubiertas hasta la mitad de sus muslos por una hermosa falda rojo carmesí, eran todo un espectáculo. Delgada, de elegante caminar, alta, con una melena negra que revoloteaba aún cuando no hubiera brisa, una sonrisa perfecta y para rematar unos ojos azules como el mismísimo cielo coronaban a aquella hermosa mujer. Es María Alejandra además, una mujer extremadamente inteligente, que se había convertido en Gerente de nuestro departamento rápidamente. Por supuesto no había hombre dentro o fuera de la oficina que no tuviera gestos amables y palabras de halago hacia ella. Cuando ella entraba a cualquier lugar era centro de atención, sus gestos para con todos, su siempre presente sonrisa, su amabilidad, su… su todo. La odio, si, no puedo ni quiero evitarlo, ¿cómo no hacerlo? Tanta perfección me es repulsiva, tanta sonrisa me asquea, tanta belleza me hace detestarla infinitamente.
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Hoy me acordé de ti
Hoy me acordé de ti y se me ocurrió que podía escribirte algo bonito, algo rosa, algo que expresara lo que ocurrió entre ambos, sin embargo mi mente se desvió de ese propósito y al final sólo momentos lúbricos llegaron a mi.
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Ira
Alfonso Dos Santos y Vasconcelos, inmigrante portugués llegado a Venezuela hacía ya más de cuatro décadas era un hombre cuya vida era plena. Con su propio esfuerzo se había convertido en un empresario poderoso y, sobre todo, muy rico.Dos Santos llegó con la tercera oleada de emigrantes que llegaron de Europa a finales de los sesenta, cuando aún no era Venezuela el paraíso tropical-saudí en que se convertiría algunos años después.
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Luxuria
No insista, porque no me siento culpable. Tal vez avergonzado, pero arrepentido no y quiero contárselo todo, trataré de no omitir detalles. No tiene que gritarme. Voy a decirlo todo. A ver...Después de tomarme unas ocho o diez cervezas, el alcohol estaba ya haciendo su trabajo en mi cerebro. Medio adormilado, sentado en una silla en la barra de ese bar, me dedicaba a mirar las burbujas que subían a través del dorado líquido, mi mente estaba completamente distraída, me hallaba perdido en mi propia ebriedad, pensando sin pensar y viendo todo sin mirar nada.
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Avaritia
Miguelina Montes pasaba de los setenta años, sus cabellos ya blanqueados por el tiempo siempre estaban amarrados con un moño tan apretado que parecía estarle halando dolorosamente la piel del rostro. Sus ojos quedaban achinados de tanto que aquel moño estiraba su envejecida piel. Su vestimenta se acomodaba a aquel rostro de manera extraña, vestía siempre faldas largas que arrastraban por el suelo a sus espaldas y caían sobre sus pies dejando sólo las puntas visibles. Los colores eran siempre obscuros. Cubría su pecho con blusas siempre en tonos grisáceos, algunas veces un estampado en flores - siempre rosas -, adornaba la tela de tan adusta vestimenta. Sus grandes tetas caían dentro de la tela llegando hasta su cintura, donde el fajín de la falda evitaba la salida de estas por la parte inferior de la blusa. No importaba que falda o que blusa utilizara, se veía eso si, que aquella ropa era vieja y muy usada, algunas de las blusas dejaban ver su piel marchita y sus tetas caídas debido a la transparencia que el desgaste producía en la tela.
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La princesa y el enfermo
Un malestar de esos que hacen que las articulaciones duelan, una irritación en la garganta y una pesadez horrible me mantenían en cama desde hacía unas horas. No tenía ganas de nada y la verdad una gran tristeza completaba mi ser de mala manera.No acostumbro a tomar ningún tipo de medicamentos, así que entre toda esa destemplanza corporal y anímica me apresté a afrontar la desgraciada gripe como siempre lo hago. Algunas horas de sueño, serían suficientes para aliviarme. Sin embargo, desde la noche anterior una personita me acompañaba, algo que no había ocurrido antes. La noche anterior, le había dicho: –Madrecita, mejor ve a dormir con tus tías, estoy enfermo y si te quedas conmigo podrías enfermar tú también.
Ella me miró con esos ojitos que tanto dulce me regalan con su mirada y me respondió con una firmeza que me dejó encantado: – Papi, si me voy, ¿quién te va a cuidar?
Mi hijita de sólo cuatro añitos estuvo toda la noche conmigo y aunque tuve que arroparla, llevarla a hacer pipí a mitad de la noche y acurrucarla, porque esa noche estuvo haciendo frío. Nunca me sentí más cuidado y querido. Sonreí para mis adentros y miré a esa hermosa niñita que compartía mi cama durmiendo plácidamente.
Pensaba en todo eso y en las cosas que podría ser cuando creciera, tal vez sería médico, tal vez profesora, no sé, sólo dejaba mi cabeza divagar en esos pensamientos cuando sentí una manito apretar la mía.
–Papi, ya no estás tan caliente. Se te quitó la gripe—. Afirmó mientras me miraba desde sus ojitos recién abiertos y su cabellera enredada.
–Si mi princesa bella, tu me cuidaste de maravilla y eso me curó.– Le respondí.
Me sonrió con esa carita que tanta ternura me causa y luego sólo cerró sus ojitos para seguir durmiendo. ¿Si te cuida una princesa encantada como ella, podrías seguir enfermo? Yo no.
--- o ---
Dedicado a Macyris Del Mar, mi princesita bella, quien ese día me cuidó como nunca nadie podrá hacerlo.
PD: Éste fin de semana por fin la volveré a ver después de tantos meses.
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Sólo
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hablaron pajita
El gran amor de mi vida
Espera, no me interrumpas, no te estoy tratando de conversar sobre un tema, tampoco quiero discutir sobre lo que pienso o siento, sólo me expreso ante ti para que sepas más sobre mí, sobre las cosas que me ocurren por dentro. Si te sirve, tómalo como una descarga. Si, ya se, estoy siendo grosero, pero déjame continuar por favor. ¿Si?, okay, gracias. Entonces sigo.
¿Que si he amado? ¡Claro!, muchas veces, muchísimas veces, y siempre me digo: – He encontrado al amor de mi vida. Puedo inclusive, agregar sin pecar de vulgar o misógino que todas las mujeres a las que he amado, han sido el amor de mi vida. No podría ser de otra manera, cada uno de esos amores ha sido único y cada una de ellas ha aportado experiencias maravillosas a mi vida.
¿Porqué me preguntas que si estoy loco? ¿Que sólo hay un solo gran amor en la vida? No, eso no lo comparto, siento que esta vez no estas en lo cierto. ¡Claro que estoy seguro de lo que digo! Déjame explicarlo así. Todas y cada una de esas mujeres con quienes he tenido la dicha de compartir un pedacito de mi vida no sólo han tomado algo de mí, más que eso, cada una de ellas me ha regalado una parte de si misma que atesoro y guardo celosamente.
Bueno, ya se que algunas no se han portado bien conmigo, pero eso no les quita lo mucho que me dieron. Es más, podría hacerte una lista de lo que me han dado y toda mi vida no alcanzaría para terminarla. Además, creo que tomas lo que digo refiriéndote sólo a las mujeres que han sido mis parejas. Ellas, las de ese grupo en particular son quienes más me han hecho sentir pleno, pero no sólo de ellas hablo. Te hablo de mi madre, mis tías, mis hermanas, mis primas, mis amigas…
No vale, no te rías, es en serio. ¿Acaso no amas tú a tu madre? ¡Exacto!, claro que la amas, entonces puedes decir que ella es un gran amor en tu vida. En fin, me estoy desviando del tema. Voy a centrarme más bien en el ámbito que parece interesarte más, las mujeres que he amado por ser mujeres, aquellas que me han amado por ser hombre.
Me dices que algunas se han portado mal, pero, pregunto yo ahora: ¿Qué es portarse mal?, ¿dejar de amarme?, ¿amar a otro?, ¿tomar su camino y seguir?, ¿compartir su amor? Creo que otra vez te equivocas, eso no es portarse mal, eso es sólo ser como son ellas, maravillosas, incomprensibles y sobre todo, llenas de emoción y sentimientos.
Esas mujeres de mal comportamiento como dices, son las que me han hecho lo que soy, bueno o malo. Ellas me han enseñado a aceptarlas, me han enseñado a ser tierno, a demostrar lo que siento, a compartir las angustias de cosas que pueden ser nimias. Ellas son las que, como dije antes, me han dado muchísimo, me han dado momentos de ternura, me han regalado instantes de pasión desenfrenada, tiempos de prosperidad. Me han obsequiado con sus besos, sus caricias, sus suspiros y jadeos. Esas mujeres me han hecho feliz al sonreírme con ojos iluminados cuando les obsequio una flor. Son las que me hacen sentir valiente en una noche de tormenta porque buscan refugio en mis brazos. Son las que me hacen sentir fuerte porque necesitan de mi ayuda para mover un mueble.
Esas mismas mujeres que dices que me han tratado mal, me hicieron sentir valioso porque compartieron mis triunfos como si fueran de ellas y lloraron conmigo cuando alguna situación me causaba daño o dolor. Ellas me permitieron escucharlas, si, en serio, me dejaron escuchar sus cosas, me narraron sus tristezas, ilusiones y alegrías y pude así ser un mejor hombre y compañero.
No, no es cursilería ni tampoco la búsqueda de justificaciones. Y no me digas que es para argumentar mis fracasos, sabes que esa palabra no existe en mi vocabulario. Yo no he fracasado antes, no lo hago ahora y menos aún lo haré en el futuro. ¿Qué he cometido errores? Por supuesto, muchísimos, pero de eso se trata, ¿no? En todo caso, esas mujeres, los amores de mi vida, no tienen nada que ver con esos errores. Esos errores, esas fallas son mías, de nadie más. Es más, dejemos eso hasta aquí, yo te pedí que me escucharas, no que opinaras. Disculpa mi grosería, pero sino te lo digo así no me vas a dejar terminar.
Okay, como te decía – y disculpa mi insistencia –, todas esas mujeres han sido mis más grandes amores y lo han sido porque son especiales, aunque no he conocido a la primera mujer que no sea especial. ¿Sabes lo que significa abrazar a una mujer y temblar de emoción y placer? Bueno, yo si lo se, porque ellas me han brindado esa dicha.
Espera, déjame atender el teléfono. ¡Porqué será que siempre hay alguien inoportuno! ¿Eh?, no es el mío. Es tu teléfono. Yo espero, no hay problema…
¿Tienes que irte? Bueno, no se puede hacer nada. Luego continuamos. No te preocupes, en serio, yo no me enrollo. Estamos pendientes entonces. Saludos por allá. Me llamas y nos ponemos de acuerdo, eso, vale.
--- o ---
Caliento un poco de café negro, me sirvo una gran taza de la humeante infusión y enciendo un cigarrillo. Con cada bocanada un amor aparece para luego darle paso a otro amor. Ninguno mejor que otro, todos muy especiales, eso si, todos mis grandes amores. No puedo quejarme, he sido feliz, ahora me siento feliz y seguramente seguiré feliz en el futuro.
--- o ---
Quiero obsequiarles con un fragmento de un poema que mi abuelo siempre recitaba. No conozco el autor y tampoco conozco el texto completo del poema por lo que sólo les transcribo aquí lo que recuerdo.
Sembrar amor en mujer es como escribir en el agua,
echar nieve en una fragua o en el mar un alfiler.
Quererlas no puede ser, pero odiarlas es peor,
pues lo mejor es señor, para que causen placer,
quererlas de cierto modo que ni se quieran del todo
ni se dejen de querer.
echar nieve en una fragua o en el mar un alfiler.
Quererlas no puede ser, pero odiarlas es peor,
pues lo mejor es señor, para que causen placer,
quererlas de cierto modo que ni se quieran del todo
ni se dejen de querer.
--- o ---
NOTA FINAL: La imagen que adorna el texto se llama "Amada mujer" y es de mi autoría.
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1 solito
Una fábula urbana 3
Cuando el sargento Méndez vio a los tres hombres supo que estaba en problemas. Los panchos, como eran conocidos en la comandancia eran tres malhechores que se escudaban tras el uniforme y la placa para cometer toda clase de desmanes, desde encubrimiento de indeseables a cambio de contribuciones económicas – así les gustaba llamar a las extorsiones que acostumbraban aplicar a los delincuentes –, hasta la extorsión de comerciantes locales a cambio de protección.Méndez saludó a Francisco Rosales con un gesto de desagrado. Por su parte Rosales devolvió el saludo con una sonrisa cínica. Sabía que Méndez le odiaba al igual que la mitad de los efectivos policiales de la comandancia. Hacía tiempo que esos gestos y malos tratos le traían sin cuidado. Su fama de hombre duro así como su manejo de información sobre casi todos los funcionarios le hacían un hombre poderoso.
Rosales le hizo una seña al gordo Ramírez para que éste revisara lo que había debajo del encerado que frente a ellos ocultaba el cuerpo de Camilo Pacheco de la mirada de los curiosos que pasaban por ahí. Cuando Casorla pudo escuchar a Méndez y Rosales hablar sobre lo ocurrido: – Y bueno Méndez, ¿qué pasó aquí? – Preguntaba Rosales mientras miraba el cuerpo de Camilo ya descubierto.
– Coño Rosales, yo estaba como a una cuadra de aquí cuando escuché los plomazos. Me vine corriendo y vi a éste carajo tirado con una pepa en la cabeza. – Respondió el sargento Méndez dándole a su voz un tono altisonante como le gustaba hacerlo cuando había un muerto de por medio.
– Seguro el guevón éste opuso resistencia a un atraco. – Respondió Rosales, Méndez hizo un gesto afirmativo al estar de acuerdo con el sargento.
Mientras tanto, Casorla se había agachado al lado del cadáver y observaba el rostro blanquecino. Con una mano tomó suavemente la quijada del muerto y la empujó cerrándola. Con la otra mano levantó la visera de su gorra y abriendo bien los ojos exclamó: – ¡A éste carajo yo lo conozco! El tipo está enredado con una carajita bien buena hija del viejo Chiporro.
– ¿Y quién carajos es Chiporro? – Preguntó Francisco Ramírez poniendo cara de idiota.
– ¡Cállate Ramírez!, déjame pensar. – Gritó Rosales mirando con desprecio al agente Ramírez. Luego, dirigiéndose a pequeño Casorla agregó: – ¿Cómo sabes eso Casorla?
– Ah, porque yo vivo donde vivía éste pajúo. El viejo Chiporro es un vecino que tiene una bodega. Es un viejo más buena vaina que’l coño y tiene una hija que está más buena que comé con los deos. Éste muerto estaba empeñado en tirársela. Lo que el no sabía es que la carajita es el culo del papi. – Explicó Casorla satisfecho de darle toda esa vital información a su superior. Hizo una pausa y añadió: – Lo que si le puedo decir mi sargento es que al muerto no lo conozco. Lo he visto en el barrio, pero no lo trato.
El sargento Rosales le hizo señas nuevamente a Ramírez y éste volvió a cubrir el cuerpo de Camilo Pacheco. Se alejó del grupo un de uno de los bolsillos de la camisa de su uniforme sacó un pequeño teléfono móvil. Digitó algunas teclas y se dispuso a hablar.
El sargento Méndez observó toda la escena en silencio. Al escuchar que uno de los panchos conocía al muerto sintió un escalofrío en la espalda. Pequeñas gotas de sudor empezaron a brotar en su frente y mejillas. Miraba a Rosales que seguía hablando por teléfono pero la distancia no le permitía escuchar lo que decía.
Pasaron dos o tres minutos que a Méndez le parecieron una eternidad. El sargento Rosales terminó la llamada, guardó el teléfono. Miró al policía con rostro de rata y éste último se acercó. Luego el sargento le dijo algunas cosas a Casorla directamente al oído. Méndez sentía que su corazón iba a estallar, los nervios le traicionaba. Aquellos tres hombres eran conocidos por sus trampas, y acciones delictivas bajo el amparo del cuerpo policial. Tenían el poder y los contactos suficientes para acabar con su carrera si cometía algún error. Decidió tranquilizarse. Ellos no podían saber del dinero que tenía el muerto encima. Además, sólo debía decir que cuando llegó todo estaba como lo habían encontrado. El temor dio paso a la rabia, en sus veintidós años de servicio nunca había cometido un error, su hoja de vida estaba limpia y esos tres malhechores podían dañarlo todo.
– ¿Qué pasa Méndez? – preguntó Rosales sin mirarle. Observaba como Casorla levantaba nuevamente el encerado que cubría el cadáver de Camilo Pacheco.
– ¿Qué, ah?, ¿a mi? Nada, no me pasa nada mi sargento –. Respondió Méndez. Había cometido dos graves errores, su voz le había traicionado y además se había dirigido a Méndez como si éste fuera su superior. Aún cuando ambos tenían el mismo rango, el sargento Méndez era más antiguo que Rosales y esto le daba superioridad jerárquica. Rosales no dejó escapar esos dos detalles. Apartó su vista de Casorla que revisaba la ropa de Pacheco y miró directamente a Méndez para, con toda intención, preguntar: – ¿No revisaste al muerto? –. Su voz era fría, sin ápice de expresividad. Era algo que había aprendido en la calle, si había algo que atemorizaba a cualquiera era un tono de voz neutro, sin emoción alguna.
Méndez había calló en la trampa, las palabras de Rosales le helaron la sangre. Ahora sabía que éste tenía conocimiento del dinero. Con voz aún más temblorosa respondió: – Si, si, si claro, lo revisé, pero no tenía nada encima. Ni siquiera cartera cargaba. Pa’ mi que el que lo quebró le quitó lo que cargaba encima –. Aquella respuesta y el tartamudeo
– Aquí está la cartera, pero sólo hay siete lucas y un poco e’ papeles –, se escuchó la voz de Casorla, que agachado seguía metiendo sus manos en la ropa del difunto Camilo Pacheco. Los ojos de Rosales se clavaron en los del sargento Méndez, las gotas de sudor que habían brotado de su frente corrían ahora encima de su nariz y sus mejillas.
– Como, que no lo revisé bien, ¿no mi sargento? – Atinó a decir.
– Pues así parece Méndez. Pero tranquilo, luego resolvemos, aquí llegó la gente de patología. – Dijo Rosales con una sonrisa entre dientes.
El sargento Méndez sintió que las piernas le fallaban. Pasó su mano encima del rostro secándose el sudor que corría copioso hacia su barbilla. Estaba en problemas, en graves problemas y lo sabía. Tenía que tranquilizarse y buscar alguna salida. Su cabeza empezó a dar vueltas tratando de encontrar una idea que le permitiera salir de aquel atolladero en el que se había metido sin querer. Si estos idiotas no hubieran llegado, el estaría de lo más tranquilo con la plata en el bolsillo y sin problemas. Se sentía temeroso, confundido y con mucha rabia. Todo esto pasaba por su mente cuando sintió le tomaron por el brazo. Era el Ramírez, el policía gordo.
– Móntate en la unidad Méndez – le dijo, luego agregó: – Nosotros te llevamos.
Méndez sonrió nervioso y se montó en la unidad patrullera. No sabía que ocurriría. Minutos después los cuatro hombres circulaban por una de las más grandes avenidas de la ciudad.
Continuará...
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