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Ira

Alfonso Dos Santos y Vasconcelos, inmigrante portugués llegado a Venezuela hacía ya más de cuatro décadas era un hombre cuya vida era plena. Con su propio esfuerzo se había convertido en un empresario poderoso y, sobre todo, muy rico.

Dos Santos llegó con la tercera oleada de emigrantes que llegaron de Europa a finales de los sesenta, cuando aún no era Venezuela el paraíso tropical-saudí en que se convertiría algunos años después.
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Luxuria

No insista, porque no me siento culpable. Tal vez avergonzado, pero arrepentido no y quiero contárselo todo, trataré de no omitir detalles. No tiene que gritarme. Voy a decirlo todo. A ver...

Después de tomarme unas ocho o diez cervezas, el alcohol estaba ya haciendo su trabajo en mi cerebro. Medio adormilado, sentado en una silla en la barra de ese bar, me dedicaba a mirar las burbujas que subían a través del dorado líquido, mi mente estaba completamente distraída, me hallaba perdido en mi propia ebriedad, pensando sin pensar y viendo todo sin mirar nada.
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Avaritia

Miguelina Montes pasaba de los setenta años, sus cabellos ya blanqueados por el tiempo siempre estaban amarrados con un moño tan apretado que parecía estarle halando dolorosamente la piel del rostro. Sus ojos quedaban achinados de tanto que aquel moño estiraba su envejecida piel. Su vestimenta se acomodaba a aquel rostro de manera extraña, vestía siempre faldas largas que arrastraban por el suelo a sus espaldas y caían sobre sus pies dejando sólo las puntas visibles. Los colores eran siempre obscuros. Cubría su pecho con blusas siempre en tonos grisáceos, algunas veces un estampado en flores - siempre rosas -, adornaba la tela de tan adusta vestimenta. Sus grandes tetas caían dentro de la tela llegando hasta su cintura, donde el fajín de la falda evitaba la salida de estas por la parte inferior de la blusa. No importaba que falda o que blusa utilizara, se veía eso si, que aquella ropa era vieja y muy usada, algunas de las blusas dejaban ver su piel marchita y sus tetas caídas debido a la transparencia que el desgaste producía en la tela.
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La princesa y el enfermo

Un malestar de esos que hacen que las articulaciones duelan, una irritación en la garganta y una pesadez horrible me mantenían en cama desde hacía unas horas. No tenía ganas de nada y la verdad una gran tristeza completaba mi ser de mala manera.

No acostumbro a tomar ningún tipo de medicamentos, así que entre toda esa destemplanza corporal y anímica me apresté a afrontar la desgraciada gripe como siempre lo hago. Algunas horas de sueño, serían suficientes para aliviarme. Sin embargo, desde la noche anterior una personita me acompañaba, algo que no había ocurrido antes. La noche anterior, le había dicho: –Madrecita, mejor ve a dormir con tus tías, estoy enfermo y si te quedas conmigo podrías enfermar tú también.

Ella me miró con esos ojitos que tanto dulce me regalan con su mirada y me respondió con una firmeza que me dejó encantado: – Papi, si me voy, ¿quién te va a cuidar?

Mi hijita de sólo cuatro añitos estuvo toda la noche conmigo y aunque tuve que arroparla, llevarla a hacer pipí a mitad de la noche y acurrucarla, porque esa noche estuvo haciendo frío. Nunca me sentí más cuidado y querido. Sonreí para mis adentros y miré a esa hermosa niñita que compartía mi cama durmiendo plácidamente.

Pensaba en todo eso y en las cosas que podría ser cuando creciera, tal vez sería médico, tal vez profesora, no sé, sólo dejaba mi cabeza divagar en esos pensamientos cuando sentí una manito apretar la mía.

–Papi, ya no estás tan caliente. Se te quitó la gripe—. Afirmó mientras me miraba desde sus ojitos recién abiertos y su cabellera enredada.
–Si mi princesa bella, tu me cuidaste de maravilla y eso me curó.– Le respondí.

Me sonrió con esa carita que tanta ternura me causa y luego sólo cerró sus ojitos para seguir durmiendo. ¿Si te cuida una princesa encantada como ella, podrías seguir enfermo? Yo no.

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Dedicado a Macyris Del Mar, mi princesita bella, quien ese día me cuidó como nunca nadie podrá hacerlo.

PD: Éste fin de semana por fin la volveré a ver después de tantos meses.
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El gran amor de mi vida

Amar a una mujer siempre es una experiencia fascinante, todas son diferentes, en formas, en maneras, en sabores y olores. Nunca podrá nadie decir que conoce a las mujeres, necio aquel que intente hacerlo y patán el que diga que lo ha hecho. A una mujer, a una dama, sin importar su condición sólo se la puede amar, la sola condición de ser mujer le da ese privilegio.

Espera, no me interrumpas, no te estoy tratando de conversar sobre un tema, tampoco quiero discutir sobre lo que pienso o siento, sólo me expreso ante ti para que sepas más sobre mí, sobre las cosas que me ocurren por dentro. Si te sirve, tómalo como una descarga. Si, ya se, estoy siendo grosero, pero déjame continuar por favor. ¿Si?, okay, gracias. Entonces sigo.

¿Que si he amado? ¡Claro!, muchas veces, muchísimas veces, y siempre me digo: – He encontrado al amor de mi vida. Puedo inclusive, agregar sin pecar de vulgar o misógino que todas las mujeres a las que he amado, han sido el amor de mi vida. No podría ser de otra manera, cada uno de esos amores ha sido único y cada una de ellas ha aportado experiencias maravillosas a mi vida.

¿Porqué me preguntas que si estoy loco? ¿Que sólo hay un solo gran amor en la vida? No, eso no lo comparto, siento que esta vez no estas en lo cierto. ¡Claro que estoy seguro de lo que digo! Déjame explicarlo así. Todas y cada una de esas mujeres con quienes he tenido la dicha de compartir un pedacito de mi vida no sólo han tomado algo de mí, más que eso, cada una de ellas me ha regalado una parte de si misma que atesoro y guardo celosamente.

Bueno, ya se que algunas no se han portado bien conmigo, pero eso no les quita lo mucho que me dieron. Es más, podría hacerte una lista de lo que me han dado y toda mi vida no alcanzaría para terminarla. Además, creo que tomas lo que digo refiriéndote sólo a las mujeres que han sido mis parejas. Ellas, las de ese grupo en particular son quienes más me han hecho sentir pleno, pero no sólo de ellas hablo. Te hablo de mi madre, mis tías, mis hermanas, mis primas, mis amigas…

No vale, no te rías, es en serio. ¿Acaso no amas tú a tu madre? ¡Exacto!, claro que la amas, entonces puedes decir que ella es un gran amor en tu vida. En fin, me estoy desviando del tema. Voy a centrarme más bien en el ámbito que parece interesarte más, las mujeres que he amado por ser mujeres, aquellas que me han amado por ser hombre.

Me dices que algunas se han portado mal, pero, pregunto yo ahora: ¿Qué es portarse mal?, ¿dejar de amarme?, ¿amar a otro?, ¿tomar su camino y seguir?, ¿compartir su amor? Creo que otra vez te equivocas, eso no es portarse mal, eso es sólo ser como son ellas, maravillosas, incomprensibles y sobre todo, llenas de emoción y sentimientos.

Esas mujeres de mal comportamiento como dices, son las que me han hecho lo que soy, bueno o malo. Ellas me han enseñado a aceptarlas, me han enseñado a ser tierno, a demostrar lo que siento, a compartir las angustias de cosas que pueden ser nimias. Ellas son las que, como dije antes, me han dado muchísimo, me han dado momentos de ternura, me han regalado instantes de pasión desenfrenada, tiempos de prosperidad. Me han obsequiado con sus besos, sus caricias, sus suspiros y jadeos. Esas mujeres me han hecho feliz al sonreírme con ojos iluminados cuando les obsequio una flor. Son las que me hacen sentir valiente en una noche de tormenta porque buscan refugio en mis brazos. Son las que me hacen sentir fuerte porque necesitan de mi ayuda para mover un mueble.

Esas mismas mujeres que dices que me han tratado mal, me hicieron sentir valioso porque compartieron mis triunfos como si fueran de ellas y lloraron conmigo cuando alguna situación me causaba daño o dolor. Ellas me permitieron escucharlas, si, en serio, me dejaron escuchar sus cosas, me narraron sus tristezas, ilusiones y alegrías y pude así ser un mejor hombre y compañero.

No, no es cursilería ni tampoco la búsqueda de justificaciones. Y no me digas que es para argumentar mis fracasos, sabes que esa palabra no existe en mi vocabulario. Yo no he fracasado antes, no lo hago ahora y menos aún lo haré en el futuro. ¿Qué he cometido errores? Por supuesto, muchísimos, pero de eso se trata, ¿no? En todo caso, esas mujeres, los amores de mi vida, no tienen nada que ver con esos errores. Esos errores, esas fallas son mías, de nadie más. Es más, dejemos eso hasta aquí, yo te pedí que me escucharas, no que opinaras. Disculpa mi grosería, pero sino te lo digo así no me vas a dejar terminar.

Okay, como te decía – y disculpa mi insistencia –, todas esas mujeres han sido mis más grandes amores y lo han sido porque son especiales, aunque no he conocido a la primera mujer que no sea especial. ¿Sabes lo que significa abrazar a una mujer y temblar de emoción y placer? Bueno, yo si lo se, porque ellas me han brindado esa dicha.

Espera, déjame atender el teléfono. ¡Porqué será que siempre hay alguien inoportuno! ¿Eh?, no es el mío. Es tu teléfono. Yo espero, no hay problema…

¿Tienes que irte? Bueno, no se puede hacer nada. Luego continuamos. No te preocupes, en serio, yo no me enrollo. Estamos pendientes entonces. Saludos por allá. Me llamas y nos ponemos de acuerdo, eso, vale.

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Caliento un poco de café negro, me sirvo una gran taza de la humeante infusión y enciendo un cigarrillo. Con cada bocanada un amor aparece para luego darle paso a otro amor. Ninguno mejor que otro, todos muy especiales, eso si, todos mis grandes amores. No puedo quejarme, he sido feliz, ahora me siento feliz y seguramente seguiré feliz en el futuro.

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Quiero obsequiarles con un fragmento de un poema que mi abuelo siempre recitaba. No conozco el autor y tampoco conozco el texto completo del poema por lo que sólo les transcribo aquí lo que recuerdo.

Sembrar amor en mujer es como escribir en el agua,
echar nieve en una fragua o en el mar un alfiler.
Quererlas no puede ser, pero odiarlas es peor,
pues lo mejor es señor, para que causen placer,
quererlas de cierto modo que ni se quieran del todo
ni se dejen de querer.

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NOTA FINAL: La imagen que adorna el texto se llama "Amada mujer" y es de mi autoría.
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Una fábula urbana 3

Cuando el sargento Méndez vio a los tres hombres supo que estaba en problemas. Los panchos, como eran conocidos en la comandancia eran tres malhechores que se escudaban tras el uniforme y la placa para cometer toda clase de desmanes, desde encubrimiento de indeseables a cambio de contribuciones económicas – así les gustaba llamar a las extorsiones que acostumbraban aplicar a los delincuentes –, hasta la extorsión de comerciantes locales a cambio de protección.

Méndez saludó a Francisco Rosales con un gesto de desagrado. Por su parte Rosales devolvió el saludo con una sonrisa cínica. Sabía que Méndez le odiaba al igual que la mitad de los efectivos policiales de la comandancia. Hacía tiempo que esos gestos y malos tratos le traían sin cuidado. Su fama de hombre duro así como su manejo de información sobre casi todos los funcionarios le hacían un hombre poderoso.

Rosales le hizo una seña al gordo Ramírez para que éste revisara lo que había debajo del encerado que frente a ellos ocultaba el cuerpo de Camilo Pacheco de la mirada de los curiosos que pasaban por ahí. Cuando Casorla pudo escuchar a Méndez y Rosales hablar sobre lo ocurrido: – Y bueno Méndez, ¿qué pasó aquí? – Preguntaba Rosales mientras miraba el cuerpo de Camilo ya descubierto.
– Coño Rosales, yo estaba como a una cuadra de aquí cuando escuché los plomazos. Me vine corriendo y vi a éste carajo tirado con una pepa en la cabeza. – Respondió el sargento Méndez dándole a su voz un tono altisonante como le gustaba hacerlo cuando había un muerto de por medio.
– Seguro el guevón éste opuso resistencia a un atraco. – Respondió Rosales, Méndez hizo un gesto afirmativo al estar de acuerdo con el sargento.

Mientras tanto, Casorla se había agachado al lado del cadáver y observaba el rostro blanquecino. Con una mano tomó suavemente la quijada del muerto y la empujó cerrándola. Con la otra mano levantó la visera de su gorra y abriendo bien los ojos exclamó: – ¡A éste carajo yo lo conozco! El tipo está enredado con una carajita bien buena hija del viejo Chiporro.
– ¿Y quién carajos es Chiporro? – Preguntó Francisco Ramírez poniendo cara de idiota.
– ¡Cállate Ramírez!, déjame pensar. – Gritó Rosales mirando con desprecio al agente Ramírez. Luego, dirigiéndose a pequeño Casorla agregó: – ¿Cómo sabes eso Casorla?
– Ah, porque yo vivo donde vivía éste pajúo. El viejo Chiporro es un vecino que tiene una bodega. Es un viejo más buena vaina que’l coño y tiene una hija que está más buena que comé con los deos. Éste muerto estaba empeñado en tirársela. Lo que el no sabía es que la carajita es el culo del papi. – Explicó Casorla satisfecho de darle toda esa vital información a su superior. Hizo una pausa y añadió: – Lo que si le puedo decir mi sargento es que al muerto no lo conozco. Lo he visto en el barrio, pero no lo trato.

El sargento Rosales le hizo señas nuevamente a Ramírez y éste volvió a cubrir el cuerpo de Camilo Pacheco. Se alejó del grupo un de uno de los bolsillos de la camisa de su uniforme sacó un pequeño teléfono móvil. Digitó algunas teclas y se dispuso a hablar.

El sargento Méndez observó toda la escena en silencio. Al escuchar que uno de los panchos conocía al muerto sintió un escalofrío en la espalda. Pequeñas gotas de sudor empezaron a brotar en su frente y mejillas. Miraba a Rosales que seguía hablando por teléfono pero la distancia no le permitía escuchar lo que decía.

Pasaron dos o tres minutos que a Méndez le parecieron una eternidad. El sargento Rosales terminó la llamada, guardó el teléfono. Miró al policía con rostro de rata y éste último se acercó. Luego el sargento le dijo algunas cosas a Casorla directamente al oído. Méndez sentía que su corazón iba a estallar, los nervios le traicionaba. Aquellos tres hombres eran conocidos por sus trampas, y acciones delictivas bajo el amparo del cuerpo policial. Tenían el poder y los contactos suficientes para acabar con su carrera si cometía algún error. Decidió tranquilizarse. Ellos no podían saber del dinero que tenía el muerto encima. Además, sólo debía decir que cuando llegó todo estaba como lo habían encontrado. El temor dio paso a la rabia, en sus veintidós años de servicio nunca había cometido un error, su hoja de vida estaba limpia y esos tres malhechores podían dañarlo todo.

– ¿Qué pasa Méndez? – preguntó Rosales sin mirarle. Observaba como Casorla levantaba nuevamente el encerado que cubría el cadáver de Camilo Pacheco.
– ¿Qué, ah?, ¿a mi? Nada, no me pasa nada mi sargento –. Respondió Méndez. Había cometido dos graves errores, su voz le había traicionado y además se había dirigido a Méndez como si éste fuera su superior. Aún cuando ambos tenían el mismo rango, el sargento Méndez era más antiguo que Rosales y esto le daba superioridad jerárquica. Rosales no dejó escapar esos dos detalles. Apartó su vista de Casorla que revisaba la ropa de Pacheco y miró directamente a Méndez para, con toda intención, preguntar: – ¿No revisaste al muerto? –. Su voz era fría, sin ápice de expresividad. Era algo que había aprendido en la calle, si había algo que atemorizaba a cualquiera era un tono de voz neutro, sin emoción alguna.

Méndez había calló en la trampa, las palabras de Rosales le helaron la sangre. Ahora sabía que éste tenía conocimiento del dinero. Con voz aún más temblorosa respondió: – Si, si, si claro, lo revisé, pero no tenía nada encima. Ni siquiera cartera cargaba. Pa’ mi que el que lo quebró le quitó lo que cargaba encima –. Aquella respuesta y el tartamudeo

– Aquí está la cartera, pero sólo hay siete lucas y un poco e’ papeles –, se escuchó la voz de Casorla, que agachado seguía metiendo sus manos en la ropa del difunto Camilo Pacheco. Los ojos de Rosales se clavaron en los del sargento Méndez, las gotas de sudor que habían brotado de su frente corrían ahora encima de su nariz y sus mejillas.
– Como, que no lo revisé bien, ¿no mi sargento? – Atinó a decir.
– Pues así parece Méndez. Pero tranquilo, luego resolvemos, aquí llegó la gente de patología. – Dijo Rosales con una sonrisa entre dientes.

El sargento Méndez sintió que las piernas le fallaban. Pasó su mano encima del rostro secándose el sudor que corría copioso hacia su barbilla. Estaba en problemas, en graves problemas y lo sabía. Tenía que tranquilizarse y buscar alguna salida. Su cabeza empezó a dar vueltas tratando de encontrar una idea que le permitiera salir de aquel atolladero en el que se había metido sin querer. Si estos idiotas no hubieran llegado, el estaría de lo más tranquilo con la plata en el bolsillo y sin problemas. Se sentía temeroso, confundido y con mucha rabia. Todo esto pasaba por su mente cuando sintió le tomaron por el brazo. Era el Ramírez, el policía gordo.

– Móntate en la unidad Méndez – le dijo, luego agregó: – Nosotros te llevamos.

Méndez sonrió nervioso y se montó en la unidad patrullera. No sabía que ocurriría. Minutos después los cuatro hombres circulaban por una de las más grandes avenidas de la ciudad.

Continuará...
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Una fábula urbana 2

Luego de las explicaciones dadas en mi post anterior, continúo con la historia que comencé a narrar en Una fábula urbana 1. A modo de aclaratoria y para evitar malos entendidos, los personajes que se mencionan, así como las situaciones descritas son producto sólo de mi imaginación. Cualquier similitud con situaciones o personas reales es sólo coincidencia.

Hecha pues la aclaratoria, les hago entrega de la segunda parte de esta historia.

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A dos cuadras de donde mataron a Camilo, desayunaba en un puesto de empanadas, el sargento Luis Méndez. Cuando escuchó el disparo instintivamente llevó su mano hacia el revolver que colgaba en su correaje atado a su pierna. Tomó un último bocado, dejó un billete de cinco mil bolívares y se dispuso a caminar hacia donde oyera la detonación.

Mientras andaba, informaba a la comandancia, través de su radio portátil, su ubicación, lo que había escuchado y lo que hacía. Del aparato de radio una voz deformada por la estática le respondió: - Afirmativo agente, copiado el . Se envían refuerzos.

Al llegar a la escena del crimen, un círculo de curiosos y morbosos rodeaba el cadáver de Camilo. Los apartó y volvió a radiar: – Cadáver, hombre de treinta años aproximadamente. Solicito técnicos forenses, ambulancia y apoyo para operativo de búsqueda -. Sonó un ruido en su aparto radiotransmisor y de inmediato la voz de una operadora del otro lado: – Afirmativo copiado el 10-4. Unidad móvil en camino con refuerzos, espere instrucciones.

Un poco aburrido por las órdenes recibidas, el sargento Méndez no esperó a la patrulla que se dirigía hacia él, pensando en que sólo estaba a pocos metros de lo que escuchara hacía sólo unos minutos, decidió hacer caso omiso a las órdenes y caminó directamente hacia donde estaban ya reunidas un grupo de personas rodeando al cadáver de Camilo Pacheco. Cuando llegó detrás de las personas que se encontraban en la parte externa del círculo de gente, empezó a apartar a los más próximos abriéndose paso hacia el centro del círculo. Algunos se molestaron, pero al ver que se trataba de un policía sólo hacían mala cara y terminaban de quitarse del camino del agente del orden.

En medio de la gente se encontraba un cuerpo rodeado por un gran charco de sangre que empezaba a formar costras coaguladas. Su rostro estaba desencajado por la sorpresa de la muerte. La posición en que se hallaba sobre el suelo era algo fuera de lo normal – por lo menos para quien no esté acostumbrado a ver cadáveres –. Con las rodillas sobre el suelo como si estuviera rezando, Camilo se hallaba volteado sobre si mismo, su espalda sobre el suelo, un brazo encima de sus genitales y el otro a un lado de su cabeza. La sangre que brotaba del agujero por donde saliera la bala empezaba a secarse, una extraña mueca que parecía más una sonrisa adornaba la cara del muerto por último, sus ojos entrecerrados miraban al vacío, sus pupilas dilatadas sin ver nada, sin observar nada. El sargento Méndez empezó a levantar la voz pidiéndole a la gente que se alejara de la escena. No quería que aquellos estúpidos civiles alteraran la escena de ese asesinato. Era extraño, pero el policía ni siquiera se sorprendió un poco cuando se encontró con los restos de Camilo Pacheco. Estaba tan acostumbrado a la muerte que aquel cuerpo era sólo uno más en el gigantesco montón de muertos que habían pasado frente a sus ojos.

Algunos voluntarios, todos hombres de cierta corpulencia, empezaron a ayudar al oficial de policía a apartar a la gente. En todo caso ya habían transcurrido más de cinco minutos desde que Camilo Pacheco abandonara intempestivamente este mundo. La gente ya había visto lo que deseaba ver. La mayoría siguió su camino, otros se quedaron en las cercanías comentando lo ocurrido. Unos hablaban de lo que habían visto, otros sólo escuchaban y la gran mayoría, acostumbrados ya a la violencia de la ciudad olvidaron todo algunos minutos más tarde.

Méndez estaba nervioso, alguno que otro curioso seguía mirando de soslayo la escena y la patrulla estaba a punto de regresar. Necesitaba actuar rápido si deseaba obtener algo de aquel estúpido que le había interrumpido el desayuno. Gritó en dirección a los obreros de la construcción, los que hasta hacía sólo pocos minutos eran compañeros de Camilo. Pidió que le trajeran un trapo, un pedazo de tela, algo que permitiera cubrir el cuerpo de la víctima.

A los pocos minutos un hombre se acercó con algo parecido a un encerado. Ese material utilizado en la industria para cubrir materiales. El hombre ayudó al policía a cubrir el cadáver y luego se retiró por pedido del uniformado. Apenas se hubo alejado el obrero, Méndez levantó el encerado y se acomodó de tal manera que nadie pudiera verle. Con la mano libre revisó rápidamente los bolsillos de la chaqueta, la camisa y los pantalones del difunto. Empezaba a perder esperanzas cuando tocó algo que de inmediato le sacó una gran sonrisa. En el bolsillo trasero del pantalón el oficial Méndez encontró un gran fajo de billetes. Sus ojos brillaron de alegría. Rápidamente metió el dinero entre la camisa de su uniforme y la sudadera que llevaba puesta. Del otro bolsillo del pantalón retiró la cartera, la revisó, sólo había siete mil bolívares. Esta vez no hubo sonrisa, sólo una gesto que pareció de burla y desprecio. Revisó luego los documentos de identificación y se dijo a si mismo: – ¿En qué estabas metido pajarito? Ese plomo no fue de gratis.

Méndez dejó caer el encerado nuevamente sobre el cuerpo y cuando se incorporaba vio como la unidad móvil que le enviaran de refuerzo se estacionaba frente a él. Habían llegado con las sirenas apagadas, algo fuera de lo normal, pero que en ese momento no notó. De la patrulla se bajaron tres uniformados, el chofer, un hombre algo gordo y de una pronunciada barriga, más parecía un vendedor de fritangas que un policía, era el distinguido Francisco Ramírez. Del lado del copiloto bajó el sargento Francisco Rosales, un truhán que no era amigo de nadie, con la mala intención siempre presente y de costumbres tan bajas que hasta sus compañeros rufianes sentían hacia este caballero una notoria inquina. Por último, apareció desde atrás del vehículo oficial un agente bajito, luciendo un gran bigote, se trataba de Francisco Casorla, un individuo de mirada torva, sonrisa de roedor y de una crueldad que ya era famosa en todo el cuerpo policial. Incluso se contaba en las tertulias que acostumbraba a afilar el lado interno de las esposas para causar excoriaciones y cortes en las muñecas de los detenidos.

Continuará...
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Una fábula urbana 1

Hace tiempo que no hago un pequeño intro para muchos de mis escritos y a veces siento que es necesario hacerlos. Como sabrán quienes me leen, he venido presentando una inconsistencia bastante acentuada en los últimos dos meses. Esto se debe a mis nuevas ocupaciones, sin embargo, he tratado de mantener el blog vivo. Sobre todo porque siento un grato sentimiento de empatía con quienes me comentan y aún con quienes no lo hacen.

Bloguear se ha convertido en una catarsis en una relajación de sentidos y sentimientos.

Espero ahora, que éste nuevo relato, que publicaré en dos partes, sea de vuestro completo agrado.

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El papi cogió la nueve milímetros firmemente y la dejó caer con todas sus fuerzas sobre el rostro del muchacho frente a él. Se escucharon algunos huesos rotos y de inmediato una gran mancha de sangre cubrió la cara del hombre que gemía y lloraba. Calló sobre la acera desnuda y otro golpe rompió su frente al chocar contra el duro concreto.

Wilson miraba a un lado mostrando una desdentada sonrisa. Su pequeña mano sostenía un revolver calibre treinta y ocho lo bastante grande y pesado como para dificultarle al niño su manipulación.

El sujeto en el suelo tosía escupiendo sangre y algunos pedazos de sus destrozados dientes. El golpe que le diera el papi le había roto la quijada y algunos dientes. Trató de decir algo, pero una patada en el estómago le hizo perder el conocimiento. Calín, el tercero de los atacantes rió de buena gana por la agresión a la que estaba siendo sometido el enemigo común.

Los tres chiquillos se miraron los unos a los otros y se sintieron felices. Tenían el poder, sus armas, el alcohol y la droga que corría en su sangre les daban a los tres esa sensación. Con un pie descalzo Wilson tocó el rostro ensangrentado del hombre en el suelo.

– Éste pajúo se tiró tres – dijo sin mucha emoción mientras hacía un gesto levantando ambas manos. – ¿Y ahora, nos piramos? – concluyó. Sus ojos miraron al papi, quien era el jefe.

El papi contaba sólo con dieciséis años, pero tres muertos encima le convertían en el jefe de la banda más peligrosa de La Bombilla, peligroso barrio del éste de Caracas. La prensa les había bautizado como los piedreros. Unos doce muchachos entre los nueve y los diecisiete años formaban la banda. Eran los mayores distribuidores de crack del municipio y los más violentos también. Doce asesinatos en el último año y medio, innumerables atracos, hurtos y muchos heridos eran parte del currículo de ese grupo de niños y adolescentes.

En el suelo se hallaba el tuerto, un mozuelo de piel negra como el azabache, un corte de cabello al mejor estilo regueatonero. Un jean algo roído por el uso, unos zapatos deportivos de una conocida marca, de esos que usan los jugadores de básquetbol y una franela con un motivo también deportivo eran su vestimenta. Fue sorprendido saliendo de la casa de la tía, una conocida jovencita de costumbres bastante liberales con los varones de la comunidad. Era el jefe de una banda rival y cuando el papi, Wilson y Calín lo vieron ni siquiera lo pensaron. Lo encañonaron y sin darle tiempo a nada lo desarmaron. La pequeña pistola siete sesenta y cinco que portaba fue el premio que recibió Calín por haber sido quien lo avistara, además, fue quien lo enfrentó sin más armas que su valor y el montón de droga que hacían bullir su cerebro y su corazón.

– ¿Tu eres gafo? Dijo Calín algo molesto. – No ves que’l guevón ese se desmayó. Vamo’a esperal pa’terminá e’ jodelo.

La ventana de la tía se abrió un poco y tres cañones apuntaron en esa dirección. – ¡Epa tranquilos, tranquilos pues! – les gritó nerviosa pero sin miedo. La tía sabía que por muy fuerte que fuera la pálida no la lastimarían. Todos los malandros del barrio sabían que la tía además de darles sus favores íntimos, les protegía. Además, conocía a muchos pacos y sabía como hablar con ellos para quitárselos de encima. Esas cualidades hacían de la tía una mujer que a sus veintidós años era respetada y apreciada por los malhechores y pillastres de toda la barriada. – ¡Si lo van a quebrá denle rápido!, no dejan dormir -. Dicho esto cerró su ventana y se acostó como si nada.

– ¡Cuando le guindemos el flux a éste vamos a echalnos unas culdas contigo tía, no te duermas! – Exclamó Calín emocionado por lo que la tía podía ofrecerles. - ¡Ok, ok! – fue la respuesta que se escuchó desde el interior del rancho de la tía.

Los tres chicos se sentaron entonces alrededor del tuerto a esperar que despertara. Luego de algunos minutos, algo apurado por lo que deseaba de la tía, el Calín se levantó mientras decía: – Nojoda, vamo’a dale. Vamo’a quebrá a éste marico y vamo pa’onde la tía -. Wilson que también estaba aburrido dijo a su vez: – Coño el mío, vamo’a soná a este mamagüevo y nos rumbeamos la dura con la tía.

Papi miró a sus dos compinches y puso cara de pocos amigos. Quería matar al tuerto tanto como ellos, estaba tan apurado y deseoso como ellos, pero quería que la muerte del tuerto fuera una señal para otros, incluyendo a su propia gente. Ser jefe era excelente, pero mantenerse en ese puesto no sólo era difícil sino muy peligroso. Tenía que hablar con mucho tacto para que el par de drogadictos que le acompañaban no reaccionaran contra él. Dejó que pasaran unos segundos sin siquiera mirarles, segundos que se hicieron una eternidad. Luego, pausadamente, sin prisa y con un movimiento bien estudiado apuntó al Calín directo a la cara con su nueve. Luego, hablando casi para si mismo les dijo a ambos: - Vamo a esperá un pelo más. Si no se levanta lo paramo nosotros y luego lo quiebro. ¿Hay peo con eso? – Concluyó, esta vez mirando fijamente a los ojos de sus amigotes.

Estos no dijeron nada, Calín no pudo evitarlo y empezó a temblar. Volvió a sentarse y bajó el rostro. Odiaba al papi, pero sabía de lo que éste era capaz. Wilson en cambio no le dio la menor importancia al asunto. Sólo quería tirarse a la tía y sabía que sin importar la hora, ésta les estaría esperando con unas cuantas botellas de anís. Metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó un cigarrillo, lo encendió y empezó a fumar mientras imaginaba las cosas que haría con la tía.

Frente a ellos, el cuerpo del tuerto seguía completamente inmóvil, sólo un leve movimiento de sube y baja en sus costillas permitía darse cuenta de que respiraba.

Después de pocos minutos, el papi tomó la decisión. Poner a esperar a sus compinches no era bueno, además, el también empezaba a aburrirse. Se levantó y preguntó: – Calín, ¿quieres tirar con la tía?

Calín miró a su jefe con ojos brillantes y una gran sonrisa. – ¡De bolas! – exclamó como respuesta.

- Güeno, tonce, échale una meada al marico ese a ve si se levanta de una vez. Me tiene medio arrecho ya con la güevoná de estar durmiendo. Vamo’a sonalo de una.

Como impulsado por un resorte, Calín se levantó y bajándose un poco los pantaloncillos que cargaba dejó soltar un grueso chorro de orina sobre la cara del tuerto.

La reacción del caído no pudo ser más ridícula para quien hacía sólo unos minutos era uno de los hombres más peligrosos del barrio La Bombilla. Empezó a buscar el líquido que caía sobre su rostro tratando de beberlo, las heridas en su boca ardían y la conmoción de los golpes le hizo pensar que era agua. Sólo cuando escuchó las risas de sus ejecutores escupió.

El Wilson no paraba de carcajearse y lo mismo le ocurría al Calín. Sólo el papi mantenía una actitud seria aunque hubiera podido reír de buena gana.

El papi hizo un gesto con la mano a sus compinches y estos callaron sus risas de inmediato. Luego, casi parsimoniosamente, se levantó. El tuerto supo que estaba ya muerto, miró al papi directo a los ojos y un gesto de mucha soledad se dibujó en su golpeado y sangrante rostro. Quiso decir algo, pero su mandíbula fracturada sólo le hizo emitir un quejido gutural.

Más de veinte disparos rompieron el silencio en el callejón nueve. Luego el silencio. Aunque los vecinos de las viviendas junto al sitio donde asesinaron al tuerto escucharon todo lo ocurrido, nadie dijo nada. Sólo el llanto de un bebé se escuchó durante algunos minutos. Después de un rato más del más puro silencio, el sonido estridente de un regueatón llenó toda la zona. En casa de la tía se celebraba con anís, marihuana y crack. Esa noche Wilson hizo con ella todo lo que se le ocurrió, aprovechando la borrachera del Calín, el papi abrazado a dos jovencitas de unos quince años dormía la borrachera y al día siguiente, bien entrada la tarde, Calín despertó tendido en el piso de tierra del rancho, pegado el rostro a sus propios vómitos.

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Eran las cinco de la mañana cuando Camilo Pacheco fue despertado por su mujer para ir al trabajo. Era Camilo Pacheco un negro alto de unos treinta y tantos años, trabajaba como albañil en la construcción de un nuevo centro comercial. Aún cuando su casa quedara sólo a unos cincuenta metros de donde mataron al tuerto, en casa de Camilo nadie se dio por enterado. Se desayunó un par de arepas rellenas con fiambre frito tomó su acostumbrada taza de café negro y se despidió de su mujer. Al salir de su casa, unos pocos escalones más abajo, Camilo Pacheco encontró al tuerto, un fuerte olor a orina, un gran charco de sangre y un montón de casquillos adornaban la escena. Pacheco miró en todas direcciones y algo temeroso se agachó, revisó los bolsillos del muerto y sacó de allí una faja de billetes que le hicieron sonreír. – Se armó un limpio – pensó. Guardó el dinero en su bolsillo rápidamente, miró nuevamente a todos lados y se alejó.

Bajó las escaleras, esperó unos diez minutos hasta que pasó el vehículo Toyota chasis largo de la ruta local que le llevaría hasta la parte baja del barrio, ahí tomaría una camionetica que lo dejaría en la estación del metro para luego marchar hasta la construcción donde trabajaba. Salió de la estación del subterráneo, estaba deseoso de llegar a la construcción para poder contar el dinero que le había quitado al malandro.

Mientras caminaba pensaba en lo que haría con el dinero. Armaría una rumba, donde hubiera mucha caña, algo de bazuco, le echaría un tremendo polvo a su mujer y luego, con lo que sobrara compraría un aire acondicionado nuevo o un equipo de sonido más grande y más potente. Siguió caminando y pensando, cambió de idea. Mejor buscaría una excusa para irse con Soledad, la hija del dueño de la bodega a pasar un fin de semana en la playa. Esa carajita estaba bien buena y él sabía que ella le tenía tantas ganas como las que el le tenía a ella. Si, eso haría, además, tirarse a esa geva era algo que muchos en el barrio envidiarían el culo de soledad era un trofeo muy deseado por los varones en la barriada. Camilo sonreía mientras todas esas cosas pasaban por su cabeza, estaba tan concentrado que no se dio cuenta de que al pasar por el terreno baldío que estaba más abajo de la construcción un zagaletón empezó a seguirle con paso rápido. Cuando lo escuchó ya era muy tarde, sintió el frío acero sobre su nuca, detrás de él una nerviosa voz le ordenó: - ¡Quédate quieto güevón, esto es un atraco! Si volteas te sueno. Dame todo lo que tengas.

Camilo sintió que un sudor frío recorría toda su espalda. Trató de decir algo pero su voz no le salía. Quiso llevar sus manos a los bolsillos para entregar al malandro todo lo que tenía pero estas no le obedecieron.

El malandro insistió: – ¿Qué pasa pue’? ¿Te la das de arrecho es la vaina? O me das todo o esta noche toman café en tu casa pajúo. Su voz quería sonar feroz pero el temor podía ser percibido claramente. Camilo siguió sin moverse, el terror le tenía paralizado. No pasaron más de uno o dos segundos, hubo un estruendo y luego silencio. La bala atravesó la nuca de Camilo, chocó contra uno de los huesos de la quijada y salió por su pómulo izquierdo. El cuerpo sin vida calló al suelo como un fardo lleno de arena. Cuando los obreros, sus compañeros de trabajo, salieron de la obra a ver que ocurría sólo vieron el cuerpo tendido en el suelo. En su bolsillo aún estaba el dinero que horas antes perteneciera al tuerto.

Ya Camilo no poseería el trasero de Soledad, tal y como iba a ocurrir ese fin de semana y nunca conocería a Jhonny Camel, el hijo que su mujer llevaba en el vientre y que llegaría a ser, por cuestiones del destino, el alcalde más joven del municipio y luego, cambiando la historia de la nación, el primer servidor público importante preso por delitos de corrupción.


Continuará...
| Sólo 6 hablaron pajita

Una conversación entre mujeres

Luego de la descarga de mi último post, vuelvo a lo mío, a lo que me gusta. Le dejo aquí una nueva historia, espero que la disfruten.

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– Él siempre está hablando, habla muchísimo. Habla sobre sus cosas, sobre lo que siente, sobre lo que le ha ocurrido, sobre sus aventuras, como le gusta decir al referirse a sus vivencias. Habla sobre sus hijos, sobre sus anhelos, sus sueños, sus amores pasados –. La joven mujer hizo una pausa para tomar un trago del café que humeante reposaba frente a ella en una taza tan caliente como la infusión que contenía. Luego, mirando a su amiga directo a los ojos continuó:

– De verdad habla mucho. Debo decirte en su favor, eso sí, que no es tedioso, al contrario, resulta divertido –. Mientras hablaba gesticulaba, su rostro mostraba muchas expresiones, sus manos no dejaban de moverse. – Por otra parte, siempre está diciéndome que me ama, eso me turba. Admito que me hace sentir bien, ¿a qué mujer no le gusta que le digan que la aman? – La amiga sonrió por toda respuesta.

La que hablaba prosiguió: – Me halaga, pero me desconcierta. Constantemente me expresa sus sentimientos y las cosas que provoco en él. Lo único que me sale de dentro es sonreírle. Según él, sólo eso gesto le hace feliz –. Calló y tomó otro sorbo de café. Un corto silencio pareció detener el tiempo por un instante.

– Sabes que no soy complicada, que no me dejo enrollar por tonterías. Pero no se que hacer –. Dijo la mujer rompiendo el silencio. Su amiga la interrumpió un momento: – ¡Hay amiga! Estas más enredada que quien sabe que cosa. Además tú eres casada, recuerda eso.

La otra pareció no prestar mayor atención al comentario de su amiga. Simplemente se limitó a seguir con su descarga: – No se si será un conformista, no lo creo, pero es que cualquier tontería que hago le llena de una alegría tal que parece falsa –. Luego aclaró: – Ya sabes que siempre me dejo llevar por mi desconfianza, – hizo un gesto de duda – sin embargo creo, que son tantas esas expresiones, que no pueden ser simuladas –. Bebió otro sorbo de café, lo dejó un momento en su boca, lo saboreó disfrutando el sabor. Luego prosiguió:

– Yo le quiero ¿sabes?, es un amigo, un compañero, un amante, un gran cariño… –. La otra abrió los ojos llevándose las manos al rostro. Con un gesto detuvo a la que hablaba. Movió la cabeza hacia un lado y otro negándose a si misma lo que acababa de escuchar.

– ¿Acabo de escuchar bien? – Preguntó, y sin dejar que la otra respondiera exclamó: – ¡Amante!, acabas de decirme que es tu amante. O sea que te has acostado con él. ¿Te volviste loca? Puedes destruir tu matrimonio, y las consecuencias, lo que dirá la gente. Si, debes haberte vuelto loca –. Hubiera continuado disparando frases a diestra y siniestra, pero la que hablaba primero la atajó.

– Eso puedo aclararlo luego, para mi no es relevante –. El rostro de la primera parecía de enojo.
– Lo siento Natalia, tienes razón. Ya veo porque me decías que era urgente que conversáramos. Sigue por favor –. Dijo la amiga apenada.

Natalia prosiguió un tanto alterada: – Bueno, como decía, él apareció de la nada y se ha convertido en un rayito de luz en mi vida. Es capaz de hacerme sentir muchas cosas. ¿Te imaginas?, yo que me considero una mujer dura, que soy capaz de enfrentar muchas cosas, me siento ante él completamente desnuda, no se como lo hace, pero siempre logra saber lo que pienso o siento y si no atina completamente se acerca mucho a la verdad –. Sus manos cogieron la cartera que colgaba en el respaldar de la silla. Buscó dentro y sacó un yesquero y una caja de cigarrillos. Encendió uno y aspiró profundamente. Luego reanudó su palabrerío:

– A veces, de repente, calla. Me mira directamente a los ojos y me pregunta: ¿qué te ocurre?, otras veces sólo me queda viendo, siempre directo a los ojos para luego decirme: háblame, soy yo quien siempre está diciendo cosas y me gusta escucharte –. Se detuvo un momento, volvió a aspirar su cigarrillo, exhaló el humo y siguió: – Cuando eso ocurre, entonces me libero, puedo hablar con él por mucho tiempo y siempre escucha atento, realmente debo interesarle a éste hombre. Puedo contarle mis cosas, hablarle de mi trabajo, de mi hogar, de mis problemas. ¡Hasta de mi matrimonio! Él oye todo sin decir palabra, escucha interesadamente hasta que hago alguna pausa para darle cabida. Allí empieza entonces a darme palabras de aliento si el decaimiento me abate, palabras de valor cuando no me siento capaz de enfrentar algo, palabras de cariño cuando me siento triste, palabras de amor cuando las necesito, me orienta cuando pierdo el rumbo... Me presta tanta atención que puedo hablarle de cosas de mujeres sin sentir que hablo con alguien que no entiende.

– ¡Natalia, hay chica! Ese hombre te tiene completamente ida –. Interrumpió nuevamente la amiga. Su rostro era de preocupación pero sus ojos tenían una chispa de complicidad y picardía que hacían que Natalia se sintiera tranquila. Por algo eran las mejores amigas.

– ¿Y tu crees que no lo se Daniela? Estoy bien consciente de eso. Y no pienses que no he pensado en las consecuencias. Ya hasta temo dormir, no vaya a ser que hable dormida y mi esposo se entere de todo –. El rostro de Natalia se tornó triste. Se notaba que la preocupación no la dejaba en paz.

Daniela tomó la mano de su amiga dándole seguridad y consuelo. Luego le dijo: – ¿Y porqué mejor no terminas todo? Eso de tener un amante es demasiado arriesgado.

– He querido hacerlo Dani, he querido hacerlo una y mil veces, pero no puedo vale. Él es tan especial, me siento tan bien en su compañía. Además, es un amante tan tierno, tan pródigo, tan imaginativo –. Aspiró otra bocanada de su cigarrillo y se quedó mirando la columna de humo. Un tierno gesto de satisfacción se dibujó en su rostro. Daniela supo entonces que su amiga estaba metida en un tremendo paquete.

– Ah no Natalia, tienes que contarme. Me estas dibujando a alguien maravilloso. ¿Cómo es el sexo entre ustedes?, no me dejes con la duda.

Natalia sintió que sus mejillas se ruborizaban. Bajó la mirada mostrando una sonrisa cómplice a su confidente para responderle seguidamente: – En la intimidad lo beso, él tiembla, tiembla como una hoja seca, tanto así me desea. Es capaz de decirme que me ama hasta mil veces por minuto, yo le correspondo con una sonrisa y él me devuelve el gesto con ojos de enamorado. Él me recorre con sus manos, me besa desde los pies hasta la punta del último cabello. Me explora, me busca en cada rincón de mi misma. Es delicado, paciente. Es, es hasta divertido, porque hasta haciendo el amor me hace reír. Siempre se burla de si mismo, payasea. Yo sólo me dejo llevar.

– ¿Y tu esposo Natalia, qué sucede con él?

La pregunta tornó el rostro de Natalia en un cuadro de zozobra y desazón. Daniela había tocado un punto delicado. La cara de su amiga así lo decía. Como tratando de disculparse dijo: – Disculpa manita, si no quieres no me respondas. Se que debe ser bien difícil…

– No te preocupes –. La interrumpió Natalia. Suspiró hondo, apagó lo que restaba del cigarrillo en la taza del café ya vacía y prosiguió: – Sabes que mi relación con Omar es buena. Económicamente estamos bien, estamos por comprar una casa estamos haciendo la diligencia para tener un bebé este año. Sabes además que me quiere muchísimo y que con él no me faltará nada.

Daniela miró fijamente a su amiga. Ésta bajó nuevamente el rostro. Daniela se sintió triste por su amiga. No sabía que decir, que aconsejarle. Se sintió inútil. Abrió la boca para decir algo, pero Natalia empezó a hablar nuevamente. Esta vez, sin embargo, no miró a su amiga.

– Él me llama varias veces al día, en ocasiones lo hace más de seis veces. Conversamos de todo lo que se nos ocurre. De lo que nos ha sucedido en nuestros trabajos, de lo que sentimos, de lo que deseamos, nos contamos chistes y nos burlamos el uno del otro –. Mientras hablaba, las facciones de Natalia volvieron a cambiar. Daniela así lo notó. Su había continuaba hablando: – A veces cuando hay oportunidad podemos conversar hasta que nuestros móviles quedan descargados. Cuando las circunstancias no nos lo permiten, entonces nos enviamos mensajes de texto.

– ¿Lo amas? – Preguntó de sopetón Daniela.
Natalia tardó unos segundo en responder, muy seria dijo: – ¿Amarle?, una vez se lo dije, estaba ebria. Luego nunca más lo he hecho, no creo que vuelva a hacerlo, por lo menos no en mucho tiempo. No deseo lastimarle, pero así son las cosas. No es que no le quiera, pero amarle va más allá de lo que yo misma puedo permitirme –. Hizo una pausa, miró muy seria a Daniela y agregó: – Mis razones las guardo sólo para mí, no me preguntes más al respecto. Punto.

Al terminar de responder levantó la mano e hizo una seña al mesonero. Éste se acercó, tomó la taza y el cenicero. Luego preguntó si deseaban algo más. Natalia pidió otro café. Daniela imitó a su amiga. El mesonero se alejó de la mesa dejándolas otra vez a solas.

– ¿Y él no te dice nada? ¿Se conforma así nada más? Eso me intriga –. Preguntó Daniela, luego agregó: – Es raro, es como si no le importara nada.

– Él no me presiona, no me empuja, pero se que está tratando de llevarme por un camino del que no se si quiero salir. ¿Qué podrá ocurrir en un futuro entre nosotros? No lo se, pero ambos estamos de acuerdo en que mientras esto dure será maravilloso para los dos y siempre lo disfrutamos al máximo –. Respondió Natalia, luego agregó: – Él se ha venido metiendo poco a poco en mis cosas, y no puedo, o no quiero, evitarlo, no lo se. Aquí es cuando mi feminidad me traiciona, empiezo con todo ese enredo, esa indecisión, ese tira y encoge. ¿Le afectarán esas cosas a él? No lo se, pero si es así, no me lo demuestra –. Los ojos de Natalia mostraban el desasosiego que la embargaba.

– No se que decirte amiga –. Daniela seguía sin poder dar una palabra de ayuda a su amiga. Su cabeza era un hervidero de pensamientos y sensaciones.

Natalia cogió otro cigarrillo y lo encendió. Luego prosiguió donde había quedado como si Daniela no estuviera ahí:
– Hace unos días conversábamos y le dije del viaje que voy a hacer junto a Omar en unas semanas, el que te mencioné el otro día, ¿recuerdas? – Daniela asintió mientras su amiga continuaba. – Después de que se lo dije se quedó callado unos momentos, luego sólo me dijo de lo más alegre que le encantaba la idea de que me fuera de viaje con mi esposo. Que el viaje nos haría mucho bien –. Aspiró profundamente el cigarrillo y prosiguió: – ¡Está loco!, y lo peor es que me está volviendo loca a mí. ¿Tú sabes lo que es esa vaina chica? Decirme que se siente feliz porque me voy de viaje con mi esposo.

– ¡Tranquila Natalia, amiga! Estas subiendo la voz –. Dijo Daniela tomando de las manos a su amiga. Iba a continuar hablando, pero en ese momento llegó el mesonero con el café que habían pedido. Natalia hizo un gesto asintiendo, estaba apenada.

Ambas guardaron silencio mientras el hombre ponía el par de tazas de humeante café frente a cada una. Colocó un cenicero limpio en la mesa. Sonrió amablemente y se retiró de nuevo.

Las dos mujeres echaron azúcar a sus respectivos cafés. Natalia dos cucharadas y Daniela un poco más de dos. Mientras revolvía la azúcar Daniela rompió el silencio preguntando: – ¿Y luego, luego que ocurrió?

Natalia suspiró antes de responder: – Eso es lo peor amiga. Porque después de esa reacción me miró con unos ojos que no he podido borrar de mi cabeza. Aunque su cara me mostraba una gran sonrisa y sus palabras me animaban, su mirada era de soledad, de tristeza. Estuvo así un rato hasta que no se aguantó, o por lo menos eso creo.

– ¿No se aguantó qué cosa? – Preguntó Daniela ansiosa.

– Bueno, después de un rato de estarme diciendo lo bien que me haría el viaje y de lo feliz que sentía me preguntó que cuánto tiempo estaría por fuera –. Respondió Natalia a la pregunta de su amiga. Sin embargo, Daniela siguió inquiriendo:
– ¿Y tu qué le respondiste?

Luego de tragar el sorbo de café que acababa de tomar Natalia respondió: – Bueno, sus ojos me dijeron mucho, sólo le dije la verdad, que el viaje duraría algo más de un mes. Cónchale amiga, lo que si no pude hacer fue verle a la cara. Si lo hacía de seguro suspendería mi viaje.

Esta vez fue Daniela quien suspiró. Miró a su amiga con gran ternura y dijo: – Te entiendo, te entiendo mucho más de lo que imaginas –. Luego agregó: – ¿Y luego de eso que ha ocurrido?

– Después de esa conversación hemos coincido unas pocas veces, siento que está algo frío, éste viaje se ha convertido en una especie de encrucijada. Nuestra relación seguramente cambiará en un antes y después de mi viaje. No se que hacer, el viaje es impostergable y aún cuando el pueda sentirlo, no puedo ni quiero evitar mi partida. Muchas cosas debo pensar, aclarar dudas, ordenar mis ideas –. Natalia dijo esas últimas palabras salieron cargadas de sentimiento. Luego concluyó:

– Quererle es difícil, dejar de quererle también. ¿Qué hago? Esa pregunta llega a mi cabeza una y otra vez.

En ese momento sonó un teléfono. Rápidamente Natalia abrió su cartera, sacó el móvil, miró la pequeña pantalla de cristal líquido y mirando con ojos de felicidad a su amiga dijo: – Terminamos la conversación más tarde o en otra ocasión –. Luego agregó con una sonrisa pícara: – Me está llamando, debo contestar...
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La isla del capitán - y 4

He aquí la última entrega de la historia del capitán Antonio José Martín De Los Santos y Martínez. Falta mucho del material original del libraco que encontré en la playa, pero las hojas se encontraban tan deterioradas que no pude leerlos. He enviado todo el material a un especialista para ver si puede salvarse.

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Día 168: Ya han transcurrido 10 días desde que me hube casado con las tres francesas. Aprovecho el poco tiempo del que dispongo para escribir estas líneas. Noche tras noche, cada una se ha turnado para ejercer su rol de esposa conmigo. Parecen animales de presa, no he dormido casi nada en todos estos días. En las mañanas debo salir temprano con la excusa de cazar o buscar alimentos, de lo contrario me veo en la obligación de continuar con mis labores maritales. Hoy en la mañana no pude más. Mi cuerpo está extenuado, debilitado por la falta de sueño y el exceso de actividad diaria. Creo que los alimentos que consumo no me prestan el sustento que requiero. Collete propuso dejarme descansar por un día y correr los turnos de cada una los días que sean necesarios para mi recuperación. Aprovecharé los días que me den para recuperarme completamente.

Día 170: Hoy me siento más cansado aún que en días anteriores. Mis tres compañeras aprovechan las ausencias de las otras para yacer conmigo. Como caballero no puedo negarme a sus requerimientos, aún a costa de mi menguada salud.

Día 172: Esta mañana he huido de la cueva, en un descuido de mis tres consortes, quienes se encontraban discutiendo por mi estado de salud, he aprovechado para escapar. Con las pocas fuerzas que me quedan he logrado llegar al viejo campamento donde encontrara a Michelle y Antoinette. Aquí no hay alimentos y no tengo fuerzas para buscarlos. Creo que esto será lo último que escriba y deseo que quede plasmado en papel que he hecho todo lo que ha estado en mis manos para cumplir mi deber, primero salvando la vida de mis tres esposas y luego acatando mis deberes como consorte de las damas que hasta hoy me han acompañado.

Día 176: No se si la numeración de mi historia esté correcta. He estado dormido durante unos cuantos días. Desperté rodeado por mis tres esposas, Las hermanas Michelle y Antoinette y la bella Collete de Gonesse. Las tres me han mostrado las más variadas maneras de alegría y contento por mi recuperación. Sin dejarme hablar, han prometido y jurado que me dejarán descansar, que variarán sus turnos conyugales para evitar mi deterioro físico. Quise responderles pero en mi rostro sólo se dibujó una mueca que quiso ser sonrisa. Luego volví a dormir.

Día 178: Ayer estuve todo el día en cama, mis tres esposas no se han despegado de mi lado, me han atendido y mimado cual infante. Aún cuando me siento mucho mejor el temor me embarga, todas me observan libidinosamente y están pendientes de las salidas de las otras. Sigo sin poder hablar y el poco aliento que tengo lo uso para escribir este diario, el cual se acerca a su fin. De eso estoy seguro. Por otra parte, un profundo sentimiento de tristeza me embarga, no por mi próxima partida, sino por vivir lo que muchos hombres pudieran desear en cualquier parte y morir a causa de ello.

Día 180: Mis esposas no han dejado mi cuerpo en paz. Los dos últimos días han sido realmente horribles. Luego de discutir entre ellas, decidieron que lo mejor era yacer conmigo sin importar las consecuencias. Se turnan una detrás de la otra, me dejan descansar unas pocas horas y luego continúan. Me han estado alimentando con agua de coco, algo de pescado y mucho vino. No se que han hecho para conseguir alimentos, ninguna sabe cazar y menos aún pescar. Se que no me queda mucho tiempo.

Día 181: Esta mañana desperté y tuve conciencia de que me quedan pocas horas de vida. Esto que el posible lector tiene ahora en sus manos es mi último acto razonable como hombre. Las escucho reír fuera de la cueva, están celebrando, la euforia que las embarga me hace entender que están llenas de vino como botas. Una de ellas se ha asomado, no puedo distinguir su rostro, pero su aprecio su mirada torva y una sonrisa desencajada. Ya no siento miedo o temor, tampoco siento arrepentimientos o sentimientos de culpa. Tristeza, sólo una honda tristeza embarga mi corazón. Una vez que yo muera ellas me seguirán. No tienen la capacidad para sobrevivir solas. Han entrado las veo acercarse y cierro los ojos, ya no hay nada que contar.

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La narración del capitán De Los Santos termina con esas palabras. El libraco no contiene nada más. Hay algunos vacíos aquí y allá en páginas que no pude transcribir debido al deterioro. No se que habrá ocurrido, mi imaginación estuvo tentada a terminar la historia, pero preferí que cada quien haga sus propias conjeturas sobre De Los Santos y sus tres esposas, Michelle, Antoinette y Collete.