Yo, Ernesto: febrero 2008

lunes 25 de febrero de 2008

La desagradable historia de Amalia Contreras - 4ta parte

El agua caliente caía sobre mi cuerpo y el vapor llenaba la habitación mientras me bañaba. Después de un buen rato, más por disfrute que por higiene propiamente dicha, terminé mi ducha y salí. Me acerqué al espejo que se hallaba adosado a la pared sobre el lavamanos. Saqué de mi estuche de viaje mi vieja navaja, regalo de mi abuelo, la crema de afeitar y empecé el rito de la rasuración. Me hallaba concentrado en esos menesteres cuando el sonido de mi teléfono móvil me asustó haciendo que la afilada navaja deslizara sobre mi piel provocando que un pequeño hilo de sangre se marcara alarmante en mi cuello. No era algo grave, pero lo blanco de la espuma de afeitar y de la decoración de la sala de baño hacían que el carmesí de la sangre destacara sobre todo el ambiente.

Tomé una pequeña toalla y la coloqué sobre la herida, salí rápidamente a la habitación y contesté el celular: — Hello, Casas here. — Dije en mi inglés de horrible acento británico.
— Buenas tardes Sr. Casas, le habla Amalia Contreras, disculpe que me haya adelantado a la hora que habíamos pautado, pero aproveché el escaso tráfico de esta hora para acercarme hasta el hotel. Estoy en la recepción, le espero. Tómese el tiempo que necesite. Cuando baje por favor llámeme a éste número para ubicarnos.

Finalizada la perorata colgó la llamada. Quedé con el teléfono en la mano y con una cara de perdido que seguro hubiera hecho reír a cualquiera. Si claro, yo la llamo, dije para mis adentros.

Tiré el teléfono sobre la cama y me di la vuelta para entrar nuevamente al baño y terminar de afeitarme cuando el teléfono volvió a sonar. — ¿Hello? Respondí otra vez.
— Señor Casas, es Amalia Contreras nuevamente, estoy muy apenada, ni siquiera le dejé hablar. Por favor discúlpeme, estaré esperándole.

Volvió a cortar la llamada y nuevamente me dejó sin poder decir nada. Debo confesar que por un segundo me molesté, luego sólo me causó gracia y sonreí. No conocía a Amalia Contreras pero ya me caía bien.



Veinte minutos después estaba marcando los números del teléfono de Amalia Contreras, caminaba por el pasillo del hotel hacia el ascensor mientras el aparato me devolvía los típicos timbres fríos y sin sentido de las llamadas en espera. Luego de unos segundos escuché la voz de Amalia: — ¿Señor Casas? Estoy del lado izquierdo de la recepción, en los sillones que dan hacia la calle. Estoy vestida...

No dejé que terminara la frase, la interrumpí sin mucha cortesía: — Señorita Amalia, espere por favor, no me cuelgue. Estoy bajando en el ascensor. Disculpe usted mi tardanza, sólo déjeme expresarle mi agradecimiento por la amabilidad que ha tenido al venir a buscarme. — Dije un tanto divertido. Del otro lado de la línea sólo había silencio.
— ¿Sigue en la línea señorita Contreras? — Pregunté eliminando el Amalia y poniendo voz de preocupación. Ahora si me estaba divirtiendo. El ascensor ya llegaba a la planta baja.
— Si, si señor Casas, sigo en línea. Disculpe, es que me sentí avergonzada, la verdad fui muy grosera y no le di oportunidad de decir nada en las llamadas que le hice hace rato.

La voz de Amalia se escuchaba abochornada, salí del ascensor y miré en todas direcciones, a mi derecha a unos diez pasos estaba el gran mueble que hacía de recepción, me acerqué. En el teléfono, Amalia seguía excusándose y yo me divertía escuchándola y buscándola con la mirada. Justo donde me había dicho, sentada sobre un gran sofá de cuero color vinotinto estaba Amalia. Su piel, aunque blanca, destacaba al ser más oscura que lo visto en aquellas tierras, además sus ademanes, propios de quienes tenemos sangre latina, delataban a la dama con la que debía verme.

Entregué las llaves al recepcionista sin decir palabra y tomé un caramelo que se hallaba en un gran cuenco de cristal encima del mostrador. Caminé hacia donde estaba sentada Amalia Contreras, quien seguía dándome explicaciones y disculpas por su comportamiento. Me detuve frente a ella y corté la llamada.

Por un instante pareció quedar estupefacta: — ¡Aló, aló! Señor Casas, ¿sigue en línea? — Preguntó hablándole al aparato.
— Si señorita Contreras — dije obviando nuevamente su nombre —, aquí estoy. Es un placer conocerla. — Agregué extendiendo mi mano para saludarla.

Su ojos me miraron fijamente y una ola de rubor empezó a subir por su cuello en dirección a sus mejillas.

— Señor Casas, yo...
— No se preocupe, tome este caramelo en señal de amistad. — Dije interrumpiéndola por segunda vez. — Imagino que su trabajo debe ser bastante ajetreado. No hay nada que disculpar de mi parte. — Terminé, tratando de mostrar mi mejor cara.

Amalia Contreras me regaló entonces una sonrisa, una sonrisa que aún hoy después de tantos años sigue incrustada en mi memoria como una de las imágenes más hermosas que haya visto jamás.

— Tenga, le he traído un caramelo para recalcar mis palabras. — Continué. — Ahora, si me lo permite, le invito un café acá mismo en el hotel. No es tan bueno con un cafecito recién colado, pero creo que para conocernos es un buen inicio.
— Pero es que ya es la una y tantos, la reunión es a las tres. — Dijo ella aún un poco ruborizada.
— ¡Exacto!, tenemos entonces una hora y algo más para conversar y así ponernos al día sobre los asuntos a tratar en la reunión. Además, me sentiría apenado si no me acepta esa taza de café. No se hable pues, más de este asunto. ¿Le parece?

Amalia trató de excusarse nuevamente y como pude evité tal situación. Su pena por algo tan trivial me había causado muy buena impresión y sin saber exactamente el porque quería conocerla un poco más. Fue así como unos minutos después, tomábamos un negro y humeante café mientras conversábamos.

[Continuará...]

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miércoles 6 de febrero de 2008

La desagradable historia de Amalia Contreras - 3ra parte

Al regresar de la luna de miel, quince días después de su matrimonio Amalia pidió el divorcio, se lo comunicó a su familia y les pidió además que lo aceptaran, que nada tenía que ver con Antonio, les explicó de mil maneras que aquel hombre maravilloso no tenía la culpa de aquella decisión. Les pidió, además, que no hicieran preguntas. Aquel asunto era sólo de su particular interés y no quería dar explicaciones a nadie.

El padre de Amalia, se llenó de un sordo rencor hacia el que fuera su yerno. Tal fue el odio que empezó a albergar en su corazón que éste terminó por consumirlo. Sólo fueron necesarios cinco años para que el señor Contreras, el febril hombre de negocios, se extinguiera destruido por ese oscuro sentimiento. Por su parte, la madre de Amalia, guardó muy dentro suyo una honda tristeza y se avocó a proteger a su hija, nunca preguntó, pero la duda la corroía. Se convirtió, al final en una mujer temerosa que jamás superó aquel impasse que la vida le jugaba. Los hermanos de Amalia, fueron los únicos a quienes aquella tragedia no les afectó, asumieron que Antonio era un hombre que no era tal. Tanta caballerosidad, buenos modales y educación les indicaban eso. Jamás cambiaron con su hermana ni tampoco la importunaron con preguntas propias de gente común. De alguna manera, aquel comportamiento mantuvo en pie a Amalia, puesto que la caída de sus padres había sido casi tan catastrófica para ella como su propia y oculta tragedia.

Antonio, el que fuera un hombre de alto perfil en su empresa y quien siempre destacó en todo lo que hacía fue encontrado algunos años después tirado sobre unos periódicos en un callejón de Caracas. Se había ahogado en sus propios vómitos. Desde su noche de bodas y hasta el día de su muerte sólo se dedicó a beber, abandonó el trabajo y se olvidó de todo y de todos. No era tristeza, ni siquiera un corazón roto lo que le había matado, era una rabia contra si mismo por no haberse acostado con Amalia. Antonio se había dado cuenta de que jamás la quiso, sólo la deseó y el no haber descargado su ansias carnales por aquella hembra, era lo que, finalmente, le había llevado a la tumba.

En cuanto a Amalia, se fue del país nuevamente buscando nuevos horizontes. No fue muy difícil conseguir donde irse, con su belleza y el currículo que la apoyaba rápidamente logró ubicarse en una gran trasnacional. Se dedicó de lleno al trabajo y empezó aquel juego de engatusar hombres, los enamoraba, sacaba de ellos todo lo que podía, los llevaba hasta el límite del deseo y luego los abandonaba. No es que ninguno le atrajera, era simplemente que había tomado la decisión de no amar nunca más y menos aún, dejarse llevar por el deseo de estar en la cama con nadie. Había pues, decidido que su vida sería el trabajo, su amor el dinero y el sexo sólo un pensamiento que terminaría por desaparecer de su cabeza.




Fue esa la época en la que conocí a Amalia, trabajaba yo como asesor independiente. Diversas compañías en todo el mundo contrataban mis servicios. Mis labores consistían en recibir proyectos de inversión, estudiarlos y hacer las recomendaciones que considerara necesarias para mejorar y optimizar las ganancias de tales proyectos.

Debo acotar que tales tareas me resultaban aburridas, leer documentos, cuadros estadísticos, presupuestos de obras y de inversión, análisis técnicos y económicos no eran precisamente lo más divertido del mundo. Sin embargo era mi trabajo, me resultaba bastante sencillo de realizar y, además, me reportaba ingentes ingresos. Por otra parte, no tenía jefes directos, viajaba constantemente y eso me permitía conocer mucha gente en todas partes del mundo.

En el verano del dos mil cinco, una pequeña corporación danesa contrató mis servicios para el desarrollo de una aplicación que controlara y gestionara fluidos de perforación petrolera en taladros pequeños y medianos. Después de unos pocos días se había cerrado el trato y fue así como empezó todo.




La tarde que la conocí me hallaba en el hotel Vesterbro en el número 1620 de la Vesterbrogade 23-29. Revisaba el proyecto de fluidos en mi portátil cuando sonó mi teléfono móvil. Una voz más parecida a la de una máquina contestadora me habló al otro lado de la línea con un inglés gutural propio del acento escandinavo: - ¿El señor Alejandro Casas?
- Buenos días, si el mismo habla. ¿En que puedo ayudarla?
- Le estamos llamando de XXXX, la reunión fue pautada para esta tarde a las tres en punto. Para hacer más cómoda su estadía le hemos asignado a nuestra gerente de negocios internacionales, la señorita Amalia Contreras. Ella le llamará para darle detalles.
- Muy bien, muchas gracias. - No había terminado mi frase cuando ya mi interlocutora había colgado la llamada.

Amalia Contreras, no tenía idea de quien era, pero identificar un nombre de origen hispano me alegró el día. Llevaba ya dos días en Copenhague y aunque mis primeros paseos por el centro de la ciudad fueron bastante entretenidos, ver hombres y mujeres de rubias cabelleras, esbeltos cuerpos y hermosos rostros vikingos había terminado por ser harto aburrido.

Eran casi las doce del mediodía, decidí tomar un baño caliente y afeitarme para estar preparado para la cita, no es que me tomara mucho tiempo mi aseo personal, pero siempre terminaba dando vueltas de un lado a otro tratando de que nada se me pasara por alto.

[Continuará...]

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